El 6.º Ejército. La derrota total de Alemania

La historia militar acumula pocos episodios tan aciagos como el de la desintegración del 6.º Ejército alemán: 250 000 hombres aniquilados en la batalla más sangrienta de la humanidad.

La historia militar acumula pocos episodios tan aciagos como el de la desintegración del 6.º Ejército alemán: 250 000 hombres aniquilados en la batalla más sangrienta de la humanidad. Quienes murieron lo hicieron entre escombros y nieve, en una agónica lucha de meses. Quienes sobrevivieron soportaron cautiverio, hambruna y, en muchos casos, una muerte lenta por desnutrición o congelación. Solo un 2 por ciento del flamante 6.º Ejército que cruzó la frontera soviética en junio de 1941 regresó a Alemania.

En 1939 nadie podía imaginar el fin que aguardaba a una de las unidades de la Wehrmacht más reciente y mejor equipada. El 6.º Ejército procedía del 10.º Ejército y se formó oficialmente el 10 de octubre de 1939 tras participar en la invasión de Polonia. El primer oficial al mando fue el mariscal Walter von Reichenau, un oficial procedente de la aristocracia prusiana cuya ambición le había conducido a ser uno de los más leales embajadores de Hitler en el Estado Mayor. Militó activamente en el partido nazi contraviniendo las órdenes que velaban por la neutralidad del Ejército con anterioridad a la llegada al poder del nacionalsocialismo.

Prisioneros alemanes
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Reichenau se convirtió desde 1933 en un oficial comprometido con el nazismo y asumió como propio su ideario antibolchevique y antisemita. Durante la invasión a Polonia, en el momento de mayor gloria personal, lideró un victorioso paseo militar y él mismo atravesó a nado el río Vístula como ejemplo para sus hombres.

Poco después, el 10.º Ejército pasó a denominarse 6.º Ejército, aunque no hubo cambios estructurales en la cadena de mando. El inicio de la ofensiva en el frente occidental despertó en Reichenau una secreta oposición a Hitler, al que creía equivocado en su concepción de la guerra. Aquel entendía el conflicto iniciado como una oportunidad para limpiar el este de Europa de la influencia soviética, pero no un combate entre países occidentales con los que Alemania compartía cultura y un modelo de civilización.

Pese a este recelo clandestino, nada alteró su aura ascendente como uno de los militares de referencia del Führer y como tal protagonizó una nueva campaña triunfal, primero en Holanda y Bélgica y luego en Francia. Fue a Von Reichenau a quien el Rey Leopoldo III rindió Bélgica. La suma del compromiso político y la épica militar elevaron su prestigio hasta el máximo ámbito de reconocimiento castrense. El 19 de julio de 1940 fue ascendido a Mariscal de Campo en una ceremonia que presidió Adolf Hitler.

Junto a Reichaneu figuraba siempre un oficial discreto, jefe de su Estado Mayor, que había destacado más como organizador y gestor que como estratega. Se llamaba Friedrich Wilhelm Ernst Paulus y estaba llamado a encarnar el fin de la invencibilidad de la Wehrmacht.

Antes de que ello ocurriera, Reichenau y Paulus —ascendido a teniente general en junio de 1940— formaban un dúo compacto de experiencia y técnica militar avalado por los éxitos logrados hasta entonces. Juntos participaron en el diseño de la Operación Barbarroja y juntos lideraron el 6.º Ejército el 22 de junio de 1941, cuando Alemania cruzó la frontera soviética por tres frentes.

Vida y destino

El 6.º  Ejército estaba integrado en el Grupo de Ejércitos Sur al mando del Mariscal Gerd von Rundstedt. Debía invadir la Unión Soviética desde Ucrania, conquistar Kiev y el resto del territorio ucraniano, y profundizar el avance hasta el Volga y el Cáucaso, donde Alemania esperaba abastecerse de los yacimientos petrolíferos.

De los 800 000 hombres que integraban el Grupo de Ejércitos Sur, unos 240 000 pertenecían al 6.º Ejército, conformado por 15 divisiones. El avance inicial cumplió las expectativas previstas, con la conquista sin demasiada oposición de las ciudades asignadas como Kiev o Járkov. Sin embargo, el mando de Reichenau también se vio involucrado en las primeras matanzas masivas de judíos que los Einsatzgruppen perpetraban en la retaguardia. No solo se efectuaban en territorio bajo su control, sino que las órdenes de Reichenau facilitaron su labor con medios, munición y transporte. Únicamente se conoce una queja en ese sentido del alto mando, cuando el exceso de asesinatos amenazaba las provisiones de munición del Ejército. Reichenau ordenó entonces que se destinara un máximo de dos balas para acabar con la vida de cada judío. Esta colaboración permitió crímenes masivos como el del barranco de Babi Yar, en Kiev, en el que 30 000 judíos fueron asesinados.

El 30 de noviembre de 1941, Von Reichenau fue ascendido a comandante jefe del Grupo de Ejércitos Sur, reemplazando al Mariscal de Campo Gerd von Rundstedt. Por recomendación suya, su jefe de Estado Mayor, Friedrich Paulus fue nombrado para sucederle al frente del 6.º Ejército.

Una mañana de enero de 1942, Reichenau salió a correr a pesar de una temperatura extrema de casi 40 grados bajo cero. Sufrió un derrame cerebral y falleció pocos días después en Alemania, tras sufrir un aterrizaje de emergencia el avión enviado por el propio Hitler para intentar salvar su vida en un hospital militar alemán.

Paulus asoció desde entonces su nombre al del 6.º Ejército, al que inicialmente guio con acierto durante 1942 hasta sucumbir en la ciudad de Stalingrado meses después. Fue ascendido a mariscal en las horas finales de la batalla en un intento desesperado de Hitler por asegurarse su lealtad. Junto al ascenso incluyó la incitación al suicidio cuando advirtió que ningún mariscal alemán había sido capturado vivo por el enemigo. El llamamiento resultó estéril. La sombra de la derrota ya dominaba el ánimo del defensor de Stalingrado.

Su rendición el 31 de enero de 1943 y la capitulación de las últimas tropas el 2 de febrero puso fin a la batalla, pero no a una tragedia que quedó grabada de forma indeleble en la historia del siglo XX. El 6.º Ejército había sido literalmente borrado del escenario en pocas semanas. Para mayor humillación, las últimas tropas que se rindieron el 2 de febrero lo hicieron entre las ruinas de una fábrica de tractores llamada Octubre Rojo. El simbolismo del triunfo soviético frente al invasor fascista emergió de las cenizas de la ciudad mártir.

Genocidio en el Volga

Pese a la confusión de datos en el caos de la derrota, los historiadores asumen como válidas varias cifras que ofrecen la dimensión real de la tragedia.

En el verano de 1942, Paulus avanzó hacia Stalingrado con 250 000 hombres, 500 tanques y 7000 cañones. En febrero de 1943, 91 000 soldados fueron hechos prisioneros y únicamente regresaron con vida a Alemania, años después, entre 5000 y 6000.

El conjunto de las víctimas del Eje, sumadas las más de 150 000 alemanas a varios miles de rumanos, italianos y húngaros, se estima que se aproxima a las 200 000. En el bando soviético las cifras son también inexactas. Los cálculos más conservadores hablan de 300 000 víctimas, si bien otros estudios multiplican este número hasta el millón de muertes.

El destino agónico de los supervivientes no fue menos inclemente que el que habían soportado durante los meses de combate, frío y hambre en la ciudad. Al poco de la rendición, el grueso del contingente de prisioneros inició una marcha a pie de varios días hasta el Campo 108 o campo de prisioneros de Beketovka. Unos 3500 prisioneros permanecieron en Stalingrado realizando labores de reconstrucción y limpieza.

Las condiciones extenuantes de la marcha, la propia debilidad de la mayoría, las heridas y enfermedades, así como un frío gélido, provocaron una tasa de mortandad próxima al 50 por ciento antes de llegar al campo. De una manera similar a como los alemanes harían después al evacuar campos de exterminio como el de Auschwitz, en esta marcha de la muerte el ejército soviético era implacable con los rezagados y débiles. Quienes no podían seguir el ritmo eran inmediatamente ejecutados. Se calcula que unos 40 000 soldados perecieron por cualquiera de estas causas antes de llegar a Beketovka.

Una vez allí, las condiciones seguían siendo insufribles, singularmente por la desnutrición y las bajas temperaturas. Los casi 50 000 prisioneros que ingresaron en Beketovka debían sobrevivir con apenas unos gramos de pan negro cocinado con serrín, patatas y, en el mejor de los casos, remolacha y cereal aguado. Beketovka había sido un centro escolar, pero durante la batalla las instalaciones habían quedado dañadas. Muchos espacios tenían huecos en las paredes y techos. Toda la carpintería de madera y puertas se había utilizado para calentarse, y, en la práctica, vivir allí no era muy distinto de hacerlo en la intemperie. No existían camas, jergones ni literas. Los prisioneros dormían hacinados en el suelo, procurándose cierto calor entre la multitud de cuerpos pálidos y ateridos por temperaturas que en la madrugada del invierno podían superar los 20 grados bajo cero.

Unas semanas después, los médicos realizaron una inspección general y certificaron que el 70 por ciento de los prisioneros sufría algún tipo de enfermedad seria o grave. Las más habituales eran la difteria, la distrofia muscular, enfermedades respiratorias e incluso el tifus.

Cada mañana era habitual contabilizar más de cien fallecidos entre los soldados que la noche anterior habían mostrado mayor debilidad. Los cadáveres no se enterraban. Se desnudaban, se apropiaban de los mínimos objetos personales que pudieran haber conservado y se les amontonaba unos sobre otros en macabros muros humanos de varios cuerpos de altura, que el frío congelaba y preservaba de la podredumbre. Un testigo estimó que esta línea de cadáveres ocupaba 90 metros de largo y dos de alto.

Se dieron casos de canibalismo y los robos eran frecuentes, alentados por los propios guardias soviéticos, que se divertían comprobando la deshumanización de quienes habían integrado el ejército que más lejos había llegado en la incursión alemana. El organismo que gestionaba el campo, el temido NKVD, por instrucción expresa de Lavrenti Beria y el propio Stalin, no mostró compasión alguna. Por el contrario, consideró a los prisioneros rehenes de la superioridad soviética y cargó contra ellos la revancha de su odio. Las leyes internacionales sobre el cuidado de los prisioneros de guerra era una utopía en el infierno blanco de Beketovka. Las dimensiones reducidas del campo 108 obligaron al traslado progresivo de los supervivientes a gulags más remotos, desde Siberia a Astracán. En los meses sucesivos, los restos del 6.º Ejército fueron diseminados en grupos y enviados a los campos de Lunovo, Suzdal, Krasnogorsk, Yelabuga, Bekedal, Usman, Astrakán, Basianovski, Oranki y Karaganda, donde eran destinados a trabajos forzados.

La liberación de estos cautivos no se inició hasta la fundación de la República Democrática Alemana en 1949 y se aceleró tras la muerte de Stalin en 1953. Los supervivientes de Stalingrado fueron, entre los prisioneros de la Wehrmacht, quienes sufrieron más años de cautiverio y los últimos en ser deportados. En 1955 se permitió el regreso a Alemania del último contingente de prisioneros.

De los 91 000 soldados capturados en Stalingrado, únicamente regresaron con vida entre 5000 y 6000. Fueron los últimos testigos de la aniquilación del 6.º Ejército.

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