Eduardo VIII y Wallis Simpson: el amor antes que la corona

La relación entre el rey Eduardo VIII y la divorciada Wallis Simpson creó un gran revuelo en la época y la figura de Wallis fue demonizada como la culpable de todo.

Eduardo VIII y Wallis Simpson
Imagen: Wikimedia Commons.

La de los Windsor es una de las familias reales más conocidas del mundo y una de las más queridas por su propia gente. En innumerables ocasiones, Gran Bretaña ha demostrado tal devoción por sus monarcas y descendientes que la oposición hacia un rey parece algo muy improbable (si no imposible) dentro de los ricamente decorados muros de Buckingham. Pero hubo un caso extraordinario en el que la integridad y continuación de la monarquía británica llegó a tambalearse por culpa del amor prohibido entre Eduardo VIII y Wallis Simpson.

 

La dura vida del príncipe heredero

Eduardo Alberto Christian Jorge Andrés Patricio David nació el 23 de junio de 1894. Como primogénito del rey Jorge V y María de Teck sobre él recaía la responsabilidad de tomar la corona cuando su padre falleciera o abdicara. De él se dice que era una persona de carácter endeble y muy influenciable y que la durísima disciplina cuasi militar a la que le había sometido su padre desde muy niño le había ocasionado graves carencias afectivas que arrastraría hasta su madurez.

Su padre ascendió al trono en 1910 y Eduardo, príncipe de Gales desde ese momento, fue sometido a un creciente número de deberes y responsabilidades. Siguiendo la tradición, el heredero recibió entrenamiento militar en la Armada Real y participó en la Primera Guerra Mundial en el cuerpo de la Guardia de Granaderos como oficial, pero se le permitió entrar en combate. En la década de 1920 Eduardo se ganó fama de conquistador al mantener relaciones sentimentales con varias mujeres de la alta sociedad (muchas de ellas casadas) y emprendió una ruta internacional en la que visitó los territorios del Imperio Británico y durante la Gran Depresión visitó algunas de las zonas más empobrecidas de Gran Bretaña para mostrar su apoyo a las clases bajas e intentar combatir el desempleo. Este nuevo trato, mucho más humano y cercano, hizo que Eduardo se ganase el cariño y la admiración de todo el país.

En 1930 el rey le entregó a su hijo mayor Fort Belvedere, una mansión propiedad de la corona desde el siglo XVIII. Eduardo hizo de aquel lugar, apartado y que podía llamar suyo, un refugio en el que las normas y la rigidez de la realeza se relajaban por un tiempo. El Fuerte, como él llamaba a su guarida, se convirtió en el lugar perfecto para reunirse con su círculo de amigos (incluyendo a aquellos que no serían bien recibidos en las recepciones reales). Allí fue donde conoció, en 1930, a la estadounidense Wallis Simpson con quien empezó una relación furtiva y de la que acabó perdidamente enamorado.

 

El rey y la divorciada

Cuando se conocieron, Wallis era una divorciada que se había vuelto a casar, independiente y para nada acorde con las regias normas de conducta y moralidad que solían exigirse a los miembros de la familia real. En 1936 Jorge V murió y Eduardo subió al trono, momento en el que quiso ganarse la aprobación de la corona y del gobierno para, una vez el segundo divorcio de Wallis fuese oficial, poder tomarla como esposa y convertirla en reina. La realidad le golpeó de frente ya que ni sus familiares, ni la Iglesia de Inglaterra ni los políticos de más alto rango parecían estar dispuestos a aceptar a una extranjera divorciada como futura consorte de su rey. El primer ministro Stanley Baldwin intentó disuadirle afirmando que su relación con Wallis Simpson ponía en peligro la integridad de todo el sistema monárquico.

Aunque muchos medios europeos sí se habían percatado de la curiosa amistad entre Eduardo VIII y Wallis Simpson, Gran Bretaña se mantuvo en una especie de ignorancia forzosa hasta el 3 de diciembre de 1936. Ese día, el Parlamento y todos los periódicos se hicieron eco de la noticia y la respuesta fue mayoritariamente en contra de la relación hasta el punto de que la palabra ‘abdicación’ apareció por primera vez en el tema 24 horas después de que se conociera la noticia. Eduardo VIII presentó su abdicación el 10 de diciembre, el Parlamento la aprobó al día siguiente y esa noche el rey retransmitió un mensaje de despedida a su pueblo en el que decía “ser imposible llevar la pesada carga de responsabilidad y cumplir con mis deberes como rey como desearía sin la ayuda y el apoyo de la mujer a la que amo”.

 

Exilio entre algodones

Sintiéndose traicionado por su propia familia, Eduardo y Wallis salieron de Gran Bretaña esa misma noche y pasaron unos meses viviendo en Austria, desde donde viajaron a Francia para casarse en junio de 1937. Ese mismo año la casa real británica le concedió el título de duque de Windsor pero se negó a reconocer el rango de ‘alteza real’ a Wallis Simpson, lo que supuso un mayor distanciamiento entre Eduardo y su hermano Jorge VI.

Todavía queridos por el pueblo llano (que había visto en su historia una especie de cuento de hadas) y siendo objeto de interés allá por donde pasaran, la pareja se dedicó a viajar por toda Europa disfrutando de una vida de lujos y adulaciones. En 1937 visitaron Alemania y fueron recibidos con todos los honores e incluso se entrevistaron con el mismísimo Adolf Hitler, con quien parece que hicieron buenas migas. Su simpatía por quien se convirtió en el gran enemigo de los británicos en 1949 causó a Eduardo serios problemas y, tras una breve etapa en Francia, viajó a Madrid donde oficiales alemanes le propondrían participar en un complot con el que recuperaría el trono y derribarían el gobierno de Churchill.

Eduardo rechazaría el plan y sería enviado a las Bahamas como gobernador hasta el final de la guerra (puede que para evitar tentaciones). A su regreso se instalaría en París y apenas visitaría Inglaterra, siendo una especie de carga incómoda para la familia real. La primera vez que Eduardo y Wallis fueron invitados a un acto oficial fue en 1967.

Eduardo murió en 1972 y su esposa Wallis Simpson en 1986. Ambos están enterrados juntos en Frogmore, en los terrenos del castillo de Windsor.

Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

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