Dwight H. Johnson, el rostro de los soldados olvidados

Este soldado afroamericano, condecorado con la Medalla de Honor por su valor en Vietnam, acabó siendo tiroteado en una tienda de Detroit.

Dwight H. Johnson
Dwight H. Johnson (segundo por la izquierda) durante la ceremonia de entrega de la Medalla de Honor. Imagen: Wikimedia Commons

Vamos a hablar del sargento Dwight H. Johnson.

Sí, Dwight H. Johnson, puede que no os suene. Su nombre podría ser el de una persona cualquiera, y de hecho lo era. Un nombre que no se ve impreso en los libros de historia y que se hunde bajo las tormentosas olas del anonimato. Un nombre más y una cara más en medio de una grandísima lista en la que pocos logran destacar y prevalecer. Pero la tragedia y el azar lo convirtieron en un caso memorable, la personificación que alzaría la voz y daría visibilidad a un problema que la sociedad estadounidense de su momento ni quería ver ni quería escuchar: qué hacer con los soldados rotos que volvían a casa después de una guerra.  

 

De Detroit a ‘Nam

Dwight Hal Johnson nació en Detroit (Michigan) el 7 de mayo de 1947. Era un joven afroamericano alto y fuerte que se crió en un barrio bastante conflictivo de la ciudad, en casas de protección oficial y con la única presencia de su madre y su hermano pequeño, ya que su padre los abandonó antes de que él naciera.

Como por entonces el servicio militar era obligatorio en los Estados Unidos, una forma de que los 'niños' se hicieran 'hombres', Johnson fue enviado a Fort Knox en 1966 y recibió entrenamiento y formación durante alrededor de un año. En 1967, siguiendo la estela iniciada por orden del presidente Lyndon B. Johnson dos años antes, Dwight fue llamado a filas y enviado a combatir en la Guerra de Vietnam como parte de las tropas regulares. El joven de Detroit llegó a Vietnam como Especialista de Quinta Clase en la Compañía B, 1er Batallón, 69 Regimiento armado, 4º División de Infantería.

En Vietnam, Dwight Johnson se convirtió en conductor de tanques dentro de una unidad de blindados que solía actuar como apoyo para la infantería. El 15 de enero de 1968 vivió el momento más destacado de su experiencia bélica. La unidad de Dwight avanzaba Dak To, en la provincia de Kontum, para ayudar a un pelotón de soldados estadounidenses que se encontraba bajo intenso fuego enemigo y no podía avanzar ni retroceder. En el camino, fueron sorprendidos por una emboscada norvietnamita y el tanque de Dwight quedó inutilizado, sin posibilidad de moverse. En lugar de permanecer (relativamente) a salvo en el interior del blindado, Dwight H. Johnson decidió salir y enfrentarse al enemigo con su pistola del calibre 45. Cuando se quedó sin munición, regresó al tanque y volvió a la carga con un arma automática e hizo este viaje de ida y vuelta de nuevo, tomando en esta ocasión la ametralladora pesada del calibre 50 incorporada en el tanque para mantener a raya al enemigo y forzarle a retroceder. Antes de abandonar su posición, Dwight recogió a un soldado herido y lo llevó hasta un vehículo con el que pudieron evacuarlo y atenderlo.

El por entonces sargento volvió a los Estados Unidos ese mismo 1968 y fue galardonado, junto a otros cuatro compañeros, con la Medalla de Honor, uno de los mayores reconocimientos que pueden otorgarse a un soldado estadounidense. Dwight recibió la medalla del mismísimo prediente Lyndon B. Johnson y en la citación se destacaba “su conspicua valentía e intrepidez a riesgo de su propia vida y más allá de la llamada del deber”.

Guerra de Vietnam
Un grupo de soldados estadounidenses descasna junto a un tanque en la Guerra de Vietnam. Imagen: Getty Images

 

La vuelta a casa (y las secuelas de la guerra)

Dwight H. Johnson había sobrevivido a Vietnam sin apenas un rasguño y su valor y servicio habían sido reconocidos públicamente. Ahora, el problema estaba en que tenía que sobrevivir a haber sobrevivido, retomar su vida como si nada hubiera pasado y aprender a seguir adelante con las horribles imágenes y experiencias que su paso por la guerra le habían dejado y que le acompañarían de por vida.

Conseguir un trabajo parecía tarea imposible. Parte de la sociedad, que rechazaba la guerra, lo rechazaba a él por haber sido soldado y los días se hacían largos y las noches terroríficas. Durante un breve periodo de tiempo, Dwight volvió a sentirse seguro al reingresar en el ejército y trabajar en puestos de reclutamiento y haciendo apariciones públicas como ejemplo de soldado comprometido con la defensa del estilo de vida americano y contra el comunismo (no sabemos si es lo que él pensaba, pero sí lo que se vendía). Por desgracia, ni siquiera esa vida le llenaba y Dwight comenzó a no cumplir sus tareas y a faltar a las reuniones y apariciones que tenía programadas. Se le ordenó acudir a una evaluación médica y la conclusión fue clara: Dwight estaba sumido en una profunda depresión causada por el entonces llamado síndrome de Vietnam.

Asociado posteriormente con el Trastorno de Estrés Postraumático, fue una de las muchas heridas invisibles que miles de soldados estadounidenses llevaron a casa tras su paso por Vietnam. El trastorno surge tras haber vivido una experiencia tan dura como fue esta guerra, con el miedo constante a un ataque sorpresa y el sentimiento de desilusión y derrota que provocó, que suele derivar en ansiedad, pesadillas, imágenes intrusivas en forma de flashbacks, comportamientos violentos, tristeza, sensación de desamparo… A esto hay que sumar que la sociedad estadounidense no se volcó con los soldados que venían a casa, lo que aumentó su sentimiento de rechazo y abandono.

Las dificultades para encontrar trabajo arrastraron a Dwigh hacía un sumidero de deudas que ahondó todavía más en su depresión. El 29 de abril de 1971, poco antes de las once y media de la noche, Dwight H. Johnson entró en una tienda para comprar algo de comida para su hijo. La versión oficial afirma que, desesperado, Dwight sacó un arma e intentó atracar la tienda, hiriendo al propietario y recibiendo él cuatro balazos en el cuerpo en respuesta. Otras versiones, sin embargo, defienden que Dwight llevaba el arma encima pero no intentó atracar la tienda, sino que el propietario abrió fuego al malinterpretar sus intenciones. En cualquier caso, el veterano de Vietnam murió en la mesa de operaciones a las cuatro de la madrugada del día 30.

Dwight Johnson fue enterrado con honores en el Cementerio Nacional de Arllington, que lleva siendo el lugar de reposo de combatientes estadounidenses desde la Guerra de Secesión y donde también descansan los restos del presidente John F. Kennedy, entre muchos otros.

 

Un problema de raíces profundas

Tras la muerte de su hijo, la madre de Dwight reconoció que se preguntaba si Skip (mote cariñoso con el que se refería a él) ‘estaba cansado de vivir pero necesitaba a alguien que apretase el gatillo’. Dwight Hal Johnson fue uno de los tantísimos soldados que vieron cómo su sacrificio era ignorado y la propia sociedad por la que supuestamente habían luchado y sangrado les daba la espalda.

Lo más llamativo es, especialmente tratándose de un país tan probelicista y militarista como Estados Unidos, que este desprecio no fue algo puntual de Vietnam sino sistemático. Tras la Guerra de Independencia (1776-1781), muchos hombres de color que habían combatido del lado de las colonias fueron devueltos a sus amos como esclavos o tratados como ciudadanos de tercera sin apenas derechos. La Guerra Civil estadounidense convirtió a decenas de miles de soldados en vagabundos y despojos sociales, tullidos y cascarones rotos que no encontraban el sitio que les correspondía en esa nueva América. Tras la Segunda Guerra Mundial, muchos jóvenes que habían combatido en Europa terminaron por fundar el germen de los actuales clubes de moteros, grupos de renegados que rechazan una sociedad que no los quiere. La Guerra de Irak (2003-2011) dejó a los soldados secuelas muy parecidas a las de los combatientes de Vietnam.

Puede que el nombre de Dwight H. Johnson esté escrito en una lápida de Arlington, pero son muchos los hombres y mujeres que cargan la misma losa que él.

Tumba de Dwight H. Johnson
Un soldado muestra sus respetos ante la tumba de Dwight H. Johnson (2013). Imagen: Wikimedia Commons
Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

Continúa leyendo