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Diez españoles que triunfaronen el extranjero

Artistas, científicos y pensadores de todas las épocas.

Picasso
Pablo Picasso / Getty

Séneca

4 a.C.- 65

Aunque nacido en Corduba –actual Córdoba–, en la entonces provincia romana de la Bética, parece que el hispano Lucio Anneo Séneca, de familia acomodada e hijo de un procurador imperial experto en retórica, se fue a vivir aún siendo niño a Roma bajo la protección de la hermanastra de su madre, su tía Marcia. Sus contactos le procuraron una buena formación –pasó un tiempo en Alejandría, Egipto– y pronto haría carrera como filósofo estoico y gran orador y escritor. Pero si lo que hoy perdura de él es su obra literaria, en vida fue famoso como político. Miembro del Senado, ocupó numerosos altos cargos hasta llegar a ser el tutor y consejero nada menos que del emperador Nerón. Caído en desgracia ante este, fue ‘invitado’ a suicidarse.

 

Adriano

76-138

El segundo emperador ‘andaluz’ –el primero fue Trajano, tío suyo y natural de Itálica (actual Santiponce, Sevilla)– pudo nacer en la misma Itálica o en Roma: no hay acuerdo al respecto, pero su linaje hispano es incuestionable. Tercero de los “cinco emperadores buenos”, Adriano destacó por su afición a la filosofía estoica y epicúrea, la poesía y las bellas artes, su impulso a las obras públicas (el Muro de Adriano, en Gran Bretaña) y la expansión territorial del Imperio –este alcanzó en su reinado su máxima extensión– y, cómo no, su relación amorosa con el bellísimo joven bitinio Antínoo.

 

Alejandro VI

1431-1503

Bautizado como Roderic Llançol i de Borja en su Xàtiva (Valencia) natal y conocido como Rodrigo Borgia, descendía de una familia noble originaria de Borja (Zaragoza). Fueron esos lazos familiares, junto con su desmedida ambición y su falta de escrúpulos, los que lo llevaron al papado: su tío, el pontífice Calixto III –Alfonso de Borja para los amigos–, le ayudó a ascender por la curia a la velocidad del rayo entre sobornos, pactos y zancadillas. El papa Borgia resultó un alumno aventajado. Al margen de su leyenda negra, fue un intrigante que acumuló un inmenso poder político en Roma, colocó en lo más alto a sus cuatro hijos (legítimos; tuvo al menos 7 más), Juan, César, Lucrecia y Jofré, y acabó muriendo de su propia medicina: envenenado.


Pablo Picasso

1881-1973

Es un lugar común que Francia se lo pone muy difícil al éxito de los foráneos, pero que, una vez que lo consiguen, pasa a adoptarlos como si no tuvieran otra patria de origen. Eso ocurre con el artista plástico más importante e influyente del siglo XX: para los franceses, Picasso no nació en Málaga en 1881, sino en París en 1900, fecha de su primera visita, con motivo de la Exposición Universal, a la Ciudad de la Luz. El genial y prolífico pintor y escultor, creador junto con Braque del cubismo, vivió allí intermitentemente hasta que la Guerra Civil y su adscripción al comunismo hicieron de Francia su lugar de residencia definitivo. Icónico, mujeriego, seductor, de una vitalidad y creatividad sin límites aparentes, Picasso abordó el dibujo, el grabado, la ilustración de libros, la cerámica, el diseño de vestuario... Murió en la localidad francesa de Mougins.


Fortunio Bonanova

1895-1969

El verdadero nombre de este singularísimo personaje –actor de cine y teatro, barítono de zarzuela y ópera, dramaturgo y novelista– era Josep Lluís Moll y nació en Palma de Mallorca. Su primera vocación fue la operística: tras formarse en Madrid, París y Roma, giró con éxito por América, donde se casó y formó compañía con la famosa cantante cubana Pilar Arcos. Militó luego como escritor en el ultraísmo junto a Borges y Huidobro –firmó el famoso Manifiesto Ultra de 1921–; dirigió, produjo e interpretó en México el film mudo Don Juan , saltó de allí a EE UU con una exitosa compañía de zarzuela... y acabó siendo, según Cabrera Infante, el mejor actor secundario de Hollywood: Ciudadano Kane, Sangre y arena, El cisne negro, Por quién doblan las campanas, Perdición, Fiesta, El fugitivo...

Cristóbal Balenciaga

1895-1972

En el mundo de la moda, cuando tu apellido pasa a ser signo de identificación suficiente y autónomo de un producto o marca, sabes que has triunfado. No les ocurre a muchos: Chanel, Dior, Givenchy... y, por supuesto, Balenciaga. Nacido en Getaria (Guipúzcoa) en el seno de una familia humilde –su padre, pescador; su madre, costurera–, soñó con ser modista desde niño y a los 13 años encontró en la marquesa de Casa Torres a la mecenas que necesitaba. Tras unos modestos comienzos, la Guerra Civil lo llevó a París, donde abrió tienda (todo un pionero) en 1937 y se convirtió a partir de 1950 en una estrella: Garbo, Dietrich, Grace Kelly o Jackie Kennedy, entre otras, popularizarían sus vanguardistas diseños.

 

Luis Buñuel

1900-1983

El cineasta español más conocido internacionalmente junto con Berlanga y Almodóvar no dirigió en España, paradójicamente, más que cuatro de sus 32 películas: el documental Las Hurdes (1933), Viridiana (1961, coproducida con México), Tristana (1970, con Francia e Italia) y su canto del cisne, Ese oscuro objeto del deseo (1977, hispanofrancesa igualmente). Los avatares creativos y políticos –la Guerra Civil, otra vez– llevaron a México, EE UU y finalmente Francia a este maño de Calanda (Teruel), socarrón, irreverente, herético –“Soy ateo, gracias a Dios”–, autor con Dalí del primer film surrealista (Un perro andaluz, 1929), primer director español en ganar el Óscar–por la producción francesa El discreto encanto de la burguesía (1972)– y tan sordo como otro genial aragonés, su admirado Goya.


Severo Ochoa

1905-1993

El segundo –y hasta la fecha, último– español en recibir un Premio Nobel de ciencias (el primero fue Santiago Ramón y Cajal, en 1906) vino al mundo en Luarca (Asturias). Sobrino del político republicano Álvaro de Albornoz, se inició como médico y biólogo a la sombra de Juan Negrín, el fisiólogo que llegaría a ser el último presidente del Gobierno de la Segunda República española. También de convicciones progresistas, en 1936 Ochoa tomó junto a su mujer, Carmen García Cobián, la ruta del exilio: primero al Reino Unido y de allí a Estados Unidos, donde se afincó, nacionalizó y realmente devino el gran científico al que se le otorgaría (a medias con Arthur Kornberg) el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1959 por sus trabajos en el campo de la genética y la bioquímica. Ni siquiera tras la muerte de Franco quiso recuperar la nacionalidad española, aunque regresó a su país de origen en 1985 y murió en Madrid.

 

Catalina de Aragón

1485-1536

La menor de las hijas de los Reyes Católicos y primera esposa del sanguinario rey de Inglaterra Enrique VIII, que la repudió –con la excusa de no darle hijos varones– para casarse con Ana Bolena, lo que provocó el cisma de la Iglesia anglicana, ha pasado a la historia como víctima del conflicto (fue desterrada de por vida por su exesposo en el castillo de Kimbolton). Pero fue mucho más que eso. Nacida en Alcalá de Henares, desde niña mostró una avidez intelectual inusitada que la convirtió en una de las mujeres más cultas e inteligentes de su tiempo; mecenas del humanismo renacentista y amiga de Erasmo, Vives y Tomás Moro, su enemigo Cromwell dijo de ella con admiración: “De no ser por su sexo, podría haber desafiado a todos los héroes”.


Eugenia de Montijo

1826-1920

“Eugenia de Montijo, ¡qué pena, pena, que te vayas de España para ser reina!”. No parece que la aristócrata granadina María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox-Portocarrero y Kirkpatrick sintiera la pena de la célebre copla cuando se instaló en París como esposa del entonces presidente de la Segunda República Francesa y luego emperador Napoleón III Bonaparte. La boda causó no poco escándalo –la ausencia de ‘sangre real’ en una consorte era entonces inusual–, pero la emperatriz Eugenia, ambiciosa, inteligente y amante del lujo, se ganó a los franceses. Tuvo verdadera influencia política –instigó la desastrosa invasión de México y la exitosa construcción del Canal de Suez– y social: fue ella quien puso de moda el veraneo en Biarritz.

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