De la República española a la Unión Soviética: el Oro de Moscú

¿Fue el envío de las reservas del Banco de España a la URSS la única opción viable que le quedó al gobierno republicano ante el avance de los sublevados y la no intervención de las democracias occidentales? Hoy, el debate sigue vivo.

La neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) había convertido a España en un socio comercial privilegiado de todos los países beligerantes. Madrid era un refugio seguro y, gracias a ello, la banca llegó a acumular hasta setecientas toneladas en monedas por valor, al cambio actual, de unos astronómicos ochocientos mil millones de euros. La titularidad de este “tesoro”, no obstante, no correspondía al gobierno de la República. Su propietario era el propio Banco de España, por entonces una sociedad privada en manos de accionistas, por más que semejante riqueza fuera consecuencia de sucesivos superávits acumulados por los diferentes gobiernos nacionales en aprovechamiento de la coyuntura de una época de bonanza. Con el estallido de la guerra, la protección de estos ingentes recursos se convirtió en uno de los mayores quebraderos de cabeza del gobierno presidido por José Giral. El avance hacia Madrid de los sublevados parecía imparable, y Giral necesitaba urgentemente divisas para poder financiar una respuesta bélica a la altura de las circunstancias.

Así, el 4 de agosto de 1936, el gobierno firmó un decreto que permitía la intervención directa en la cúpula del Banco de España y destituyó a toda la plana mayor, mayoritariamente simpatizante con la causa de los sublevados, que fue reemplazada por otra formada por consejeros y ejecutivos afines al gobierno. Era el primer paso para hacerse con el control de la única arma que podía inclinar la balanza de la guerra en favor de los republicanos. Tanto es así, que la intervención del Banco de España fue diseñada en el seno del Consejo de Ministros convocado al día siguiente de la sublevación franquista. No había tiempo que perder. El oro del Banco de España era el factor que podía decantar el resultado de la contienda hacia uno u otro lado. La batalla por el control de las finanzas era tan cruenta como la que se desarrollaba en el frente.

Franco, naturalmente, no se quedó de brazos cruzados y, en el empeño de estigmatizar las instituciones que, tras el levantamiento, quedaban bajo control republicano, contraatacó creando un segundo Banco de España, con sede en Burgos, que administraba las reservas de las delegaciones de la institución ubicadas en territorio sublevado. Se trataba de un pulso de legitimidades en clave interna, pero también en busca de proyección internacional.

El gran botín, sin embargo, estaba en Madrid y Franco no podía hacer nada para evitar que esas toneladas de oro cimentaran la capacidad de resistencia del régimen que intentaba desmantelar.

El gobierno de Giral reaccionó diseñando un plan para poner a salvo el oro sacándolo de España, en dirección a uno de los pocos países que habían manifestado explícitamente sus simpatías hacia el régimen republicano: la Francia de Léon Blum (1872-1950).

En realidad, era una simpatía de “baja intensidad”. A finales de agosto de 1936, veintisiete estados europeos auspiciaron un Pacto de No Intervención con el que se lavaban formalmente las manos ante el conflicto que acababa de desatarse en España.

Un pacto de cumplimiento desigual

Francia y un Reino Unido temeroso del desencadenamiento de una revolución a la soviética en el sur de Europa también suscribieron el acuerdo, que incluía la prohibición de vender armas a ninguno de los dos bandos en pugna. No obstante, Alemania e Italia comenzaron a vulnerarlo a las primeras de cambio prestando ayuda directa a los sublevados, a los que proporcionaron aviones y material bélico de primera calidad.

Esto colocaba al general Francisco Franco en clara ventaja frente a una República que no encontraba fisuras a las que agarrarse en el Pacto y que buscaba socios y aliados a la desesperada y sin demasiado éxito. Fue una suerte, de hecho, que Francia accediera a prestar al menos una ayuda parcial y condicional. La única esperanza del gobierno republicano era exprimir el oro del Banco de España para comprar armamento, siempre que encontrara una contraparte dispuesta a vendérselo.

 

Más información sobre el tema en el artículo El Oro de Moscú de Roberto Piorno. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Enigmas de la Guerra Civil española.

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