Corruptos, los herederos del Príncipe de Maquiavelo

El filósofo italiano, en 'El Príncipe' (1532), describió la corrupción, el uso del sexo para medrar en política, la ambición de poder a cualquier precio...

Berlusconi y Andreotti

En la misma época en que escribió El Príncipe, Maquiavelo redactó Discursos sobre la primera década de Tito Livio, donde aparece a menudo la palabra corruzione (corrupción) no tanto en el sentido de malversación de fondos o robo, sino como falta de virtud cívica, como uso del poder por el poder en sí y no por el bien común. Pocos personajes en la época moderna encarnan tan a la perfección esa sed desmedida de poder como el siete veces primer ministro italiano Giulio Andreotti (1919-2013), curiosamente apodado "el Príncipe" (para sus enemigos, "el Príncipe de las Tinieblas"). Tuvo otros varios sobrenombres: "el cardenal externo", por su vinculación con la curia vaticana, "el Divo", por su soberbia... Al frente de la Democracia Cristiana desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Andreotti ocupó el centro de la vida política de Italia hasta que, en 1992, cuando aspiraba al cargo de presidente de la República, cayó en desgracia por el escándalo judicial conocido como Tangentópolis, que se llevó por delante a los viejos partidos.

Una de sus más maquiavélicas frases –"El poder desgasta... a quien no lo tiene"– resume su trayectoria, determinada por tres intereses prioritarios: los de la Iglesia católica, los de la OTAN y los suyos propios. Andreotti se alió con quien hiciera falta para impedir que los comunistas llegaran al gobierno y para mantenerse en el poder: instrumentalizó a las bandas de ultraderecha a través de los servicios secretos, estableció un acuerdo de alternancia con el socialista Bettino Craxi... Su gran "pacto con el diablo" fue su relación con la Mafia siciliana. Comenzó en 1972, cuando se valió de la facción de su partido en la isla –infiltrada por el crimen organizado y dirigida por Salvo Lima, hijo de un mafioso– para que lo aupara a la presidencia del Gobierno a cambio de proteger a los banqueros que blanqueaban el dinero del narcotráfico. En 1992, la operación Manos Limpias del fiscal Antonio Di Pietro acabó con Craxi (procesado y huido a Túnez) y con "el Divo". Años después, éste fue condenado por sus complicidades mafiosas en el asesinato del periodista Mino Pecorelli, aunque no pasó un solo día en la cárcel.

Maurizio Viroli, en su biografía La sonrisa de Maquiavelo (Tusquets, 2002), presenta al pensador florentino bajo un nuevo prisma: serio en la vida pública, pero entregado al desenfreno erótico en el ámbito privado. No se puede decir lo primero –serio como político– de Silvio Berlusconi, el beneficiario de la caída de la Democracia Cristiana y el PSI en Italia; pero en cuanto a lo segundo, no ha habido nadie más maquiavélico en la reciente Historia de Italia. Que se lo pregunten a "Ruby Robacorazones", el elegante apodo –como todo en Berlusconi– de la marroquí Karima El Mahrou, que lo llevó ante los tribunales por prostitución de menores en 2011, en un proceso que causó gran escándalo y fue el principio del fin de Il Cavaliere. El inicio como campeón del populismo de este exitoso empresario, dueño de un imperio televisivo y mediático, fue su victoria electoral en marzo de 1994, que logró a base de pragmático maquiavelismo: su partido, Forza Italia, se presentó en Lombardía coaligado con la independentista Liga Norte y en el resto de Italia junto a la neofascista Alianza Nacional, enemiga acérrima de aquélla.

Un gobierno con tan frágil estructura no tardó en romperse y en diciembre Berlusconi pasó a la oposición. Volvió a ser primer ministro en dos períodos más, de 2001 a 2006 y de 2008 a 2011, marcando con su estilo chabacano, su clientelismo y sus escándalos de corrupción la agenda política italiana e internacional de la primera década del siglo XXI. En 2013, tras ser condenado por fraude fiscal, se vio obligado a tirar la toalla, pero ya estaba tocado por el "caso Ruby" y otros similares. Y es que, pese a que ha sido comparado con Mussolini por su mezcla de aire bufo y autoritarismo, la perdición de Berlusconi fue imitar al emperador Tiberio. Igual que éste, en el siglo I, dirigía los destinos de sus súbditos desde Villa Jovis, su palacio veraniego en la isla de Capri, entre orgías sin fin, el líder de Forza Italia hizo tristemente célebre Villa Certosa, su finca de recreo en Cerdeña. Allí se desarrollaban las fiestas bautizadas como bunga bunga, en las cuales políticos y empresarios obtenían favores sexuales de prostitutas y de jóvenes deseosas de convertirse en veline (azafatas televisivas) o meteorine (chicas del tiempo), algunas de ellas presuntamente menores de edad.

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