¿Cómo se vivía en la retaguardia de la Primera Guerra Mundial?

Un tercio de los ocho millones de muertos en la Primera Guerra Mundial fueron civiles. La ciudadanía se esforzaba en sobrevivir ante un abastecimiento escaso de alimentos.

Con los hombres en el frente, la falta de obreros en la industria era cada vez más preocupante. La necesidad de aumentar la producción de las fábricas de armamento se alivió con mano de obra femenina.

Las mujeres entraron masivamente en las fábricas de municiones, se encargaron de los trabajos más duros en el campo y del sector servicios en las ciudades: medios de transporte, servicio postal, atención de heridos, etc. El trabajo fuera del hogar marcó un punto de inflexión en la lucha por la emancipación femenina.

También algunos niños contribuyeron, inconscientemente, al esfuerzo bélico. En el otoño de 1917, aparecía un aviso en los colegios del Reino Unido: “Se están organizando grupos de escolares y de Boy Scouts para recoger castañas de Indias. Esta recolección es una campaña solidaria invaluable para la guerra y es muy urgente”. Animados por la propina que recibirían por colaborar, lograron recoger 3.000 toneladas que se emplearon para fabricar acetona, un componente esencial del propulsor sin humo para proyectiles y balas conocido como “cordita”.

La lucha contra el hambre

Otro ingenioso producto se usó para curar las heridas de miles de soldados. A finales de 1916, cuando el algodón escaseaba, dos escoceses, el cirujano Charles Walker Cathcart y el botánico Isaac Bayley Balfour, redescubrieron las propiedades de una planta: el esfagno o musgo de turbera, el doble de absorbente que el algodón y con propiedades antisépticas. Reino Unido pasó de producir 200.000 vendajes o compresas de esfagno al mes en 1916 a un millón en 1918.

Para poder mantener el alto coste de la guerra, los estados beligerantes se vieron obligados a hacer frente a enormes necesidades presupuestarias, el déficit alcanzó cifras astronómicas, hubo que recurrir a créditos externos y a la emisión de deuda pública: apareció en escena la inflación.

La cuestión del abastecimiento fue un grave problema para todos los contendientes. La falta de comida, ropa y combustible se hizo patente enseguida. Afectaba al frente, pero en especial a la retaguardia. La lucha de la población civil no era contra un enemigo visible sino contra uno invisible: el hambre. En los primeros días de la contienda, en vistas de lo que se avecinaba, muchas mujeres asaltaron tiendas y almacenes acaparando productos alimentarios que no tardarían en desaparecer del mercado. Durante cuatro años, la calidad de vida se vio gravemente deteriorada debido a la escasez, que conllevó la inevitable subida de precios, el racionamiento y el mercado negro. La situación fue particularmente grave en Alemania, a causa del bloqueo aliado.

El hambre se cebó especialmente en este país, donde la carestía de los alimentos batió récords y pronto empezaron a faltar los productos esenciales. Perseguida por la inanición, la población se mostraba cada vez más desesperada y surgieron las primeras revueltas exigiendo “Pan y paz”. Empecinado en ganar, el gobierno germano decidió aumentar la producción bélica y movilizar obligatoriamente a los varones de 16 a 70 años. “Quien no trabaje, no come”, llegó a sentenciar Hindenburg, el jefe del Estado Mayor. Sus planes dejaban indefensos a todos los civiles “improductivos”: niños, mujeres embarazadas, enfermos...

Todo empeoró tras la horrible cosecha de 1916, en el llamado “invierno de los nabos”. La mayor parte de las patatas, básicas en la dieta alemana, se perdieron, y este tubérculo fue sustituido por el nabo, que aporta muchas menos calorías. Eso habría mermado las fuerzas del ejército germano, precipitando así su derrota.

La población civil se enfrentaba desnutrida y desmoralizada al tercer invierno de guerra.

El gobierno estableció cartillas de racionamiento para los principales alimentos, entre ellos pan, café y mantequilla. Para dar ejemplo, el Káiser y su familia recibieron su propios cupones sumándose, de manera figurada, al esfuerzo de la nación.

 

Unas raciones raquíticas

Mucha gente solo tenía a su alcance el pienso del ganado y cientos de personas hacían cola de las 4 de la mañana hasta la tarde para conseguir los alimentos racionados. Con temperaturas inferiores a los 0ºC, la situación alcanzó la magnitud de una tragedia. Algunas mujeres murieron mientras esperaban la ridícula ración y se dieron casos de “edema alimentario”. Sus síntomas eran la hinchazón de brazos y piernas, y la muerte a los pocos días; la causa, unos sustitutivos alimenticios altamente tóxicos. Al racionamiento de alimentos se sumaba la falta de carbón y materiales de construcción. La revuelta social estaba cantada. Y las huelgas, incluidas las de los trabajadores de la industria bélica, terminarían paralizando el país.

Debido a la mala calidad de la alimentación, los problemas serios de salud afectaron a gran parte de la población. La desnutrición fue especialmente grave en los niños y proliferaron las enfermedades epidémicas: tifus, tuberculosis, cólera, gripe... También tuvieron bastante protagonismo las enfermedades venéreas. Algunas prostitutas francesas fueron condecoradas por contagiar la sífilis a soldados alemanes. Hay que tener en cuenta que hasta la Segunda Guerra Mundial no se contó con antibióticos.

 

Más información sobre el tema en el artículo Sobrevivir en la retaguardia de Laura Manzanera.Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a 100 años del fin de la I Guerra Mundial.

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