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Comandantes cara a cara: la esvástica contra la estrella roja

No es fácil encontrar en la historia de la humanidad un episodio de resistencia colectiva como el que afrontaron los habitantes de Leningrado entre el 8 de septiembre de 1941 y el 27 de enero de 1944. Estos fueron los protagonistas de ambos bandos.

Leningrado

Quienes lo vivieron padecieron un asedio que puso a prueba la capacidad del ser humano para sobrevivir en las condiciones más extremas y reveló la determinación de un pueblo inconquistable.

Civiles contra estrategas

Todo comenzó pocos meses antes, cuando el 22 de junio de aquel 1941 dio comienzo la Operación Barbarroja y un tridente de ejércitos alemanes atravesó la frontera rusa con destino a Leningrado, Kiev y Moscú: tres ciudades que, al norte, al sur y en el centro de la Gran Madre Patria constituían los principales objetivos estratégicos de una colosal iniciativa militar, con la que Alemania extendía por el oriente la Segunda Guerra Mundial.

 

Leningrado no era una ciudad cualquiera. Fundada en 1703 por el zar Pedro el Grande como San Petersburgo, fue capital del Imperio ruso durante más de 200 años y cuna de la revolución bolchevique. Ese valor simbólico y su importancia como segunda ciudad del país, junto a una posición estratégica privilegiada en el mar Báltico y su fortaleza militar y fabril, hacían de la ciudad un objetivo militar de primer orden.

Antes de llegar a su destino, el Grupo de Ejércitos Norte comandado por el general Von Leeb ya había desistido de ocupar la ciudad en beneficio de un sitio asfixiante donde se reservaba al hambre y al frio la misión de abrir las puertas a unas tropas alemanas que se las prometían muy felices. Mientras, el Ejército Rojo encomendó a los habitantes de Leningrado la tarea de fortificar la ciudad y resistir a toda costa. De nada sirvieron las previsiones abominables del Estado Mayor de la Wehrmacht, que encargó al nutricionista Ziegelmayer un estudio sobre los días en los que a partir de las raciones existentes comenzaría a morir la población, calculando la senda de inanición que permitiría ocupar la ciudad mediante la progresiva extinción de sus defensores.

La realidad es que a pesar del cerco de hierro al que fue sometida y unos inviernos dantescos, Leningrado aguantó, aun a costa de perder por el hambre, el frío y las enfermedades a cerca de un millón de personas de los casi tres que habitaban la Perla del Báltico al inicio de la contienda. Cierto es que la dimensión de la tragedia ha reservado para la historia a un protagonista indiscutible de aquel episodio de la segunda gran guerra: el pueblo de Leningrado. Hasta el punto de que los generales que encabezaron a los ejércitos contendientes han pasado a un discreto segundo plano, muy distinto del que ocupan en los libros quienes dirigieron las operaciones en momentos cumbres de esa misma guerra como el Desembarco de Normandía.

Aun así, difuminados por ese gentío moribundo y heroico, el asedio de la ciudad fue también el tablero en el que algunos de los grandes generales de ambos bandos tuvieron la ocasión de enfrentarse y, en algunos casos, de nutrir algunas páginas extraordinarias de la historia militar contemporánea.

A lo largo de casi 900 días fueron muchos los comandantes que, a uno y otro lado, dirigieron las operaciones, aunque destacan cuatro de ellos por encima de los demás: Von Leeb, que del lado alemán cerró el cerco sobre la ciudad; Von Küchler, que le sustituyó desde enero de 1942 hasta el fin del asedio; Zhúkov, que estableció las condiciones para la resistencia; y Góvorov, quien desde abril de 1942 llevó el peso de la defensa durante casi dos años.

A ellos es de justicia reconocerles lances memorables de estrategia y audacia durante aquellos años en los que enfrentaron sus mejores armas contra un extraordinario enemigo, aportando como artilleros de corazón toda su inteligencia al servicio de una victoria que solo podía caer de un lado.

Von Leeb

Wilhelm Ritter von Leeb nació el 5 de septiembre de 1876 en la ciudad bávara de Landsberg am Lech y falleció el 29 de abril de 1956.

A él se debe el cerco de Leningrado, que afrontó con la perspectiva del artillero que siempre llevó dentro, desde que sirviera como tal en China en la Rebelión de los Bóxers, entre los siglos XIX y XX, o como capitán de batería en el 10.º Regimiento de Artillería de Campo radicado en Erlangen.

Tras su participación en la Primera Guerra Mundial, continuó sus días en el ejército alemán y, curiosidades del destino, contribuyó a impedir el intento de golpe de Estado que un joven Adolf Hitler intentó en 1923, lo que le granjeó la desconfianza del Führer hasta que el extraordinario currículo que atesoraba le hizo integrarse de pleno en la maquinaria militar nacionalsocialista, participando en algunos de sus principales golpes de efecto en los primeros años de la segunda gran guerra, como la invasión de los sudetes checos en 1938.

Desde ese prestigio bien ganado, Hitler le entregó la responsabilidad de dirigir la invasión de la Unión Soviética al frente de las unidades del sector norte, que debían acabar con la resistencia en el Báltico, destruir las bases navales del enemigo en aquel sector y llegar hasta Leningrado.

Una misión que Von Leeb cumplió sobradamente, aunque no con la diligencia y en los términos que el Führer esperaba, ya que el empeño del supremo líder nazi era sitiar la ciudad para rendirla por hambre y aplicar un ejemplo estremecedor para otras. Por su parte, Von Leeb intentó siempre lanzar un ataque que venciera militarmente la resistencia del Ejército Rojo.

Su osadía y una nueva discrepancia con el Führer, que se negó a una retirada táctica de las tropas ante la primera gran contraofensiva rusa, le abocaron al relevo y a su sustitución por von Küchler en enero de 1942. Para ello, se hizo uso de esa consolidada tradición del ejército germano que permitía salvar el honor a cambio de una dimisión cuando no del suicidio: Von Leeb abandonó voluntariamente la dirección del Grupo de Ejércitos Norte alegando una pretendida enfermedad. Acabada la guerra con el rango de mariscal de campo, fue juzgado en Núremberg y condenado a tres años de prisión, aunque no llegó a cumplirlos.

Tras un camino cuajado de victorias, a Von Leeb le corresponde el éxito de haber completado en un tiempo record el sitio de Leningrado, auxiliado por las tropas finlandesas al mando del mariscal Mannerheim, que encabezó la expedición encargada de recuperar para su país el territorio ganado unos años antes por la Unión Soviética, para extender al norte de la ciudad una franja de seguridad.

Von Küchler

Georg von Küchler nació en Hanau el 30 de mayo de 1881 y falleció en Garmisch-Partenkirchen el 25 de mayo de 1968. Al igual que Von Leeb, acabó su carrera militar como mariscal de campo. Perteneció a lo más granado del ejército profesional alemán anterior a la Segunda Guerra Mundial y al nazismo, en este caso desde una convencida militancia. Como su antecesor, se incorporó a la milicia en el arma de artillería y participó desde su mismo inicio en algunos de los hechos más importantes de la primera expansión alemana durante la contienda, como la invasión de Polonia o la ocupación de los Países Bajos y Bélgica, lo que le llevó a la victoria en ciudades portuarias de primera magnitud como Rotterdam o Amberes. Finalizada la guerra, también rindió cuentas durante los Juicios de Núremberg, donde fue condenado a 20 años de prisión.

Sucesor de Von Leeb al frente del Grupo de Ejércitos Norte, al que hasta entonces pertenecía como general en jefe del XVIII Ejército, Küchler llevó el peso de mantener atenazada la ciudad báltica y enfrentar los distintos empeños soviéticos por liberarla que el general Góvorov llevo a cabo durante casi dos años hasta conseguirlo.

A Von Küchler le tocó asumir la máxima responsabilidad en Leningrado justo cuando la situación parecía darse la vuelta, toda vez que la ofensiva soviética de principios de 1942 embolsó a más de 100 000 soldados alemanes liberados finalmente gracias al desplazamiento del resto de fuerzas sitiadoras que acudieron en su ayuda, lo que, a la postre, permitió aplastar a diecisiete divisiones de infantería rusa.

Un éxito que el Führer premió ascendiéndolo a mariscal de campo, la máxima categoría militar en el ejército alemán desde la que tuvo que responder a un amplio frente de 800 kilómetros del que formaba parte un agonizante Leningrado.

Fueron años extraordinariamente duros, también para las fuerzas alemanas en contienda, y sus 40 divisiones debieron hacer cada vez mayores esfuerzos para frenar a un Ejército Rojo crecido por las victorias en otros sectores, hasta que, a mediados de enero de 1944, Góvorov acabó en pocos días con la resistencia en el Frente de Leningrado, lo que también dio al traste con la carrera militar de Von Küchler precisamente un 27 de febrero, el mismo día en el que, 44 años antes, comenzaba su trayectoria como alférez del ejército germano. Destituido y sustituido por Walter Model, llegó a conocer la conspiración que aspiraba a acabar con Hitler, aunque no participó en ella por mucho que compartiera sus últimos objetivos.

Gueorgui Zhúkov

Gueorgui Zhúkov llegó al mundo el 1 de diciembre de 1896 en la ciudad de Strelkovka (Rusia) y falleció el 18 de junio de 1974 como uno de los grandes artífices del triunfo de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial.

Al amparo de su apodo de mariscal de la Victoria, participó en todos los grandes hitos reseñables de la contienda: desde la defensa de las ciudades de Moscú y Leningrado hasta las significativas batallas de Stalingrado y Kursk, sin olvidar la liberación de Bielorrusia o la derrota final del ejército alemán en la batallade Berlín. Su intervención durante el cerco de Leningrado fue tan episódica como también trascendental, especialmente a lo largo del corto espacio de tiempo que desde septiembre de 1941 le llevó a ocuparse de la defensa de la ciudad y durante el que trabajó en una triple dimensión: evitar que el cerco llegara hasta sus mismas puertas, proteger a los evacuados y prepararse para un largo asedio en el que los civiles tendrían un papel central. En esa trascendental tarea llegó a ordenar la ejecución de aquellos oficiales incapaces de cumplir su misión, a organizar un regimiento habilitado para disparar a cualquiera que se retirara de la línea de defensa y a sembrar de minas amplias áreas de terreno para evitar una desbandada.

Retirado de Leningrado para proteger Moscú, Zhúkov se mantuvo siempre ligado a la ciudad báltica mientras estuvo sitiada y se hizo presente en ella cuando resultó necesario. Su perfil contundente ha trascendido hasta nuestros días, sin duda, como un ejemplo de liderazgo resolutivo y claramente exigente, en el que todo se subordina finalmente a la victoria, si bien su extraordinario genio militar no vio continuación tras la guerra, ya que en el mes de junio de 1946, Stalin no dudó en presentar cargos contra él por haber exagerado sus méritos de guerra, lo que le llevó a un puesto secundario en la ciudad de Odesa.

Leonid Góvorov 

Leonid Aleksandrovich Góvorov vio la luz el 22 de febrero de 1897 y perdió la vida el 19 de marzo de 1955. Oficial de artillería, intervino como tal en la guerra de 1939-1940 contra Finlandia, con la que Rusia le ganó terreno al país finés.

Fue el principal contendiente de Von Küchler en el Frente de Leningrado y, como él, alcanzó el grado de mariscal de campo. Su acertado empleo de los cañones a su disposición le proporcionó buena parte de sus éxitos militares en su duelo particular con otro artillero de corazón como era su oponente germano.

Desde que asumió la comandancia absoluta del Frente de Leningrado en julio de 1942, la trayectoria de Góvorov está jalonada de sucesivas victorias que, con mayor o menor alcance, desembocaron en la liberación final de la ciudad.

Entre las principales operaciones encabezadas por el gran general artillero destaca la que, entre el 13 y el 18 de enero de 1943, permitió abrir un amplio corredor terrestre que alivió apreciablemente el asedio, permitiendo el establecimiento de una línea ferroviaria, que multiplicó los suministros. Estos llegaban principalmente hasta entonces a través del Camino de la Vida, una vía que discurría sobre el lago Ladoga, cuyas agua congeladas permitían el tránsito rodado para auxiliar a los sitiados.

Entre las iniciativas de todo orden que se sucedieron durante sus años al frente de las operaciones en Leningrado, resulta indispensable citar la conexión subacuática que permitió suministrar combustible a la ciudad o las misiones desarrolladas por submarinos de pequeñas dimensiones que llegaban hasta la costa en disimulados transportes ferroviarios.

El último acto

Góvorov fue el artífice de la liberación de Leningrado, que desplazó el frente a 65 kilómetros de la ciudad. Aquello, para un artillero de pro como era él, no podía celebrarse de mejor manera que con las 20 salvas corales de los 324 cañones que fueron dispuestos para la ocasión.

Aquel 27 de enero, finalmente, acabó uno de los episodios indispensables para entender la Segunda Guerra Mundial, donde la ciudad, cuna de la civilización, se acaba transformando en el paradigma de todos los horrores, hasta desnaturalizarse y buscar el amparo de otras que, sometidas al mismo infierno, también buscan consuelo. Y, quizá por ello, San Petersburgo esté hoy hermanada con las ciudades alemanas de Dresde y Hamburgo, dos enclaves que sufrieron como pocos la devastación de unos bombardeos feroces en la misma contienda. Leningrado fue este tablero de ajedrez donde los estrategas militares de uno y otro bando dispusieron sus mejores recursos tácticos al servicio de la victoria. Donde, silenciadas las armas, vuelve cada invierno un recuerdo como aquel sudario blanco que cubrió la ciudad. Haciendo honor a su nombre, se mantuvo firme como una piedra y la memoria contemporánea, a veces distraída, no debería olvidarla nunca como ejemplo de que una voluntad común, cuando se aspira a conseguir la libertad, es sencillamente imparable.

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