Cine mudo y música electrónica ¿juntos?

¿Es posible unir ambas disciplinas? Lo cierto es que sí y te lo demostramos. El espectador deja de ser un sujeto receptor pasivo para interactuar, mediante los sentidos, con ambas obras.

En 1927, se estrenó oficialmente el cine sonoro con la mítica –por su importancia histórica, no así por su calidad intrínseca– El cantor de jazz, dirigida por Alan Crosland. Ese momento marcó un antes y un después irreversible en la historia del arte cinematográfico. No obstante, lo verdaderamente maravilloso es que, casi cien años después, el interés por las películas mudas siga existiendo no solo por parte de historiadores y críticos, sino también por nuevas generaciones de espectadores. En las cintas anteriores al sonoro, los espectadores hallan siempre algo mágico y original; si no fuera así, no se explicaría que tantos años después se sigan celebrando ciclos de cine mudo con o sin acompañamiento musical en directo, o la existencia de festivales como el que se celebra desde hace veinticinco años en la pequeña localidad aragonesa de Uncastillo.

Sin embargo, creo que algo ha cambiado en esa forma de concebir el cine. Si durante muchos, muchísimos años, los espectadores sentían la música que acompañaba a muchos de esos filmes como algo accesorio, es decir, como un acompañamiento o complemento de las imágenes, desde hace ya varios años vengo pensando que ese binomio, donde la proyección siempre ocupaba un lugar preeminente, se ha modificado. Muchos de los que asisten hoy en día a esos espectáculos esperan ver una película y, simultáneamente, escuchar un concierto. Quizá se deba a la huella que el videoclip de los años 80 del siglo pasado ha dejado en nosotros, una herencia tan profunda como la del propio cine mudo.

Cine mudo
Getty

Una nueva mirada sobre los clásicos

Hace algún tiempo escribí un artículo sobre el clásico por excelencia del cine mudo soviético, El acorazado Potemkin (1925), y en él no solo me refería a la versión originaria de Eisenstein, sino también al trabajo musical que había llevado a cabo el dúo británico Pet Shop Boys para acompañarla. Es cierto que previamente a ellos habían existido muchas iniciativas semejantes, pero me parece que el siglo XXI ha producido –en cierta manera, y solo si el espectador se encuentra abierto a abrazar la experiencia– una nueva mirada sobre aquellos clásicos y también, junto a esta, una nueva escucha. Esa percepción, como dije antes, la he sentido en varias ocasiones, incluso cuando se utilizaban las piezas musicales originales que se habían concebido para esas películas y estas eran tocadas en directo.

No obstante, desde hace unos meses, la iniciativa titulada Cinetronik, un proyecto innovador y disruptivo consistente en un ciclo itinerante por varias ciudades españolas –Madrid, Córdoba, Sevilla...– que, de febrero a junio, recupera clásicos del cine mudo proyectados en gran pantalla junto con composiciones de música electrónica interpretadas en directo, me ha llevado a preguntarme de nuevo sobre el lugar del cine, el de la música y el del espectador. Es probable que seamos pocos o muy pocos quienes nos sintamos de este modo (aunque sea por momentos) ante clásicos del cine de la talla de Un perro andaluz (1929) y La edad de oro (1930), de Luis Buñuel –exhibidos en febrero de 2022 con música de Jackwasfaster–, Metrópolis (1927), de Fritz Lang –marzo, música de Morales–, El hombre de la cámara (1929), de Dziga Vértov –abril, música de Huma– o La pasión de Juana de Arco (1928), de Carl Theodor Dreyer –próximo junio, música de Betacam–, pero lo cierto es que quizá algo esté cambiando respecto a la forma de acercamiento a aquel cine, y el futuro puede que nos depare sorpresas agradables. ¿Qué está cambiando? Evidentemente, la aspiración del espectador, que deja de ser un sujeto receptor pasivo para interactuar, mediante los sentidos, con ambas obras.

Continúa leyendo