Charles de Gaulle, el martillo francés contra los nazis

Ante el avance alemán, el coronel De Gaulle se enfrentó a los invasores en una batalla que le convirtió en un héroe. Dirigió la lucha de sus compatriotas desde el exilio, para volver triunfante y convertirse en presidente de Francia.

Charles de Gaulle

En 1940, De Gaulle intentó detener la invasión alemana por todos los medios. Después de la batalla de Montcornet, el general partió de Dunkerque con la 4ª División Acorazada para intentar ayudar a las fuerzas aliadas, que se encontraban en una situación crítica. De Gaulle pretendía romper las líneas alemanas en Abbeville y abrir así una vía de escape hacia el sur, pero no tuvo éxito. Al final, los británicos consiguieron evacuar a 338.000 soldados por mar hacia Inglaterra. El 14 de junio, las tropas alemanas conquistaron París y, a continuación, el recién nombrado primer ministro, Philippe Pétain, se dio por vencido y pidió un alto el fuego. El 22 de junio, la peor pesadilla de De Gaulle se hizo realidad: Francia firmó el armisticio con la Alemania nazi, entregó las armas y se rindió a Hitler.

Pocos días antes, De Gaulle había huido a Inglaterra con una idea en la cabeza: “Me correspondía a mí ocuparme del destino de la nación. No podía perder la esperanza”, escribió en sus memorias.

El 23 de junio, De Gaulle le escribió a Churchill para que le permitiese formar un gobierno en el exilio que se denominaría Francia Libre y contaría con un ejército compuesto por soldados franceses evacuados, las Fuerzas Francesas Libres. El objetivo era “mantener la independencia francesa y proporcionar apoyo al esfuerzo de guerra aliado”. Churchill accedió e hizo instalar a De Gaulle en un edificio destartalado que daba al Támesis.

De Gaulle dirigió la Francia Libre como un monarca absoluto. Sus ideas no estaban exentas de polémica y, según diversos testimonios, su fe en sus propias capacidades solo se veía superada por un orgullo invencible y una notoria ausencia de sentido del humor. Había además un sentimiento oculto detrás de la dura coraza exterior del general: la tristeza de “quienes saben que la Historia es trágica y de pronto descubren que les corresponde hacerla a ellos”.

Una vez montado el gobierno en el exilio, De Gaulle tuvo todo a su disposición para modificar el curso de la Historia y acabar con los planes de Hitler. Al principio, la principal arma de la Francia Libre no eran las ametralladoras ni los tanques, sino la radio. En sus retransmisiones desde Londres, el héroe de guerra criticaba abiertamente al régimen de Vichy, en el que Pétain, instalado en el sudeste de Francia, era a la vez Estado y gobierno y colaboraba directamente con los alemanes.

De Gaulle enviaba además mensajes en clave a la Resistencia. En su momento de mayor popularidad, escuchaban sus retransmisiones cuatro millones de franceses, lo que convirtió al general en símbolo de Francia.

El enemigo Churchill

Pero, dentro de sus propias filas, había quienes veían las cosas de forma distinta. A De Gaulle se le acusaba de tener un estilo dictatorial, y entre bastidores ya se estaba gestando un motín dirigido por el almirante Emile Muselier. El apoyo de Churchill también se había resentido. “Es egoísta y arrogante. Se cree el centro del universo”, aseguró el primer ministro británico.

La relación entre ambos líderes había sido tensa desde el principio, pero en el otoño de 1941 a Churchill se le agotó la paciencia. En una entrevista con el Chicago Daily News, De Gaulle había criticado a Gran Bretaña con el argumento de que aún colaboraba con el gobierno pronazi de Vichy: “Inglaterra mantiene un pacto de guerra con Hitler en el que Vichy sirve de intermediario. Lo que sucede, en realidad, es que hay un intercambio de favores entre potencias enemigas que mantiene con vida a Vichy”, dijo. Churchill se puso furioso y ordenó la inmediata ruptura de relaciones con la Francia Libre de De Gaulle. Cuando, el 12 de septiembre, ambos se reunieron en Londres, todos pensaron que el encuentro podía acabar mal. Al cabo de una hora, John Colville, secretario privado de Churchill, entró en la sala temiendo que “se hubieran estrangulado mutuamente”. Pero nada semejante había ocurrido. Los encontró sentados el uno junto al otro, sonrientes y fumando puros. Poco después, Churchill apoyó el liderazgo de De Gaulle y terminó con el motín de Muselier.

 

Más información sobre el tema en el artículo El contraataque del oficial rebelde. Aparece en el ESPECIAL MUY HISTORIA, dedicado a Héroes y villanos. Colección de la II Guerra Mundial.

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El enemigo Churchill

Pero, dentro de sus propias filas, había quienes veían las cosas de forma distinta. A De Gaulle se le acusaba de tener un estilo dictatorial, y entre bastidores ya se estaba gestando un motín dirigido por el almirante Emile Muselier. El apoyo de Churchill también se había resentido. “Es egoísta y arrogante. Se cree el centro del universo”, aseguró el primer ministro británico.

La relación entre ambos líderes había sido tensa desde el principio, pero en el otoño de 1941 a Churchill se le agotó la paciencia. En una entrevista con el Chicago Daily News, De Gaulle había criticado a Gran Bretaña con el argumento de que aún colaboraba con el gobierno pronazi de Vichy: “Inglaterra mantiene un pacto de guerra con Hitler en el que Vichy sirve de intermediario. Lo que sucede, en realidad, es que hay un intercambio de favores entre potencias enemigas que mantiene con vida a Vichy”, dijo. Churchill se puso furioso y ordenó la inmediata ruptura de relaciones con la Francia Libre de De Gaulle. Cuando, el 12 de septiembre, ambos se reunieron en Londres, todos pensaron que el encuentro podía acabar mal. Al cabo de una hora, John Colville, secretario privado de Churchill, entró en la sala temiendo que “se hubieran estrangulado mutuamente”. Pero nada semejante había ocurrido. Los encontró sentados el uno junto al otro, sonrientes y fumando puros. Poco después, Churchill apoyó el liderazgo de De Gaulle y terminó con el motín de Muselier.

 

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