Cárcel de Ventas: la prisión modélica imaginada por Victoria Kent

Victoria Kent fue la primera directora general de prisiones de España e ideó una cárcel modélica para mujeres. Su proyecto incluía camas para todas, mucha iluminación, espacios abiertos y limpios, una alimentación adecuada y guardería para los hijos de las reclusas. Esta es la historia de la cárcel de mujeres de Ventas.

Esta canción representa, en su primera parte, el fiel retrato de un lugar cuyo proyecto era el sueño de una mujer que quiso crear una prisión modélica adaptada a las reclusas: camas para todas, mucha iluminación, espacios abiertos y limpios, una alimentación adecuada… Era el ideal de Victoria Kent, la primera directora general de prisiones de España.

Nombrada para ocupar el cargo en abril de 1931, fue una intelectual capacitada y cualificada para desempeñar a la perfección su trabajo. Kent formaba parte de una nueva generación de mujeres eruditas y preparadas profesionalmente, que irrumpieron en el mundo gubernativo para dejar una profunda huella. En su caso, tenía claro el proyecto que quería poner en marcha con la cárcel de mujeres de Ventas: su pretensión era acabar con el modelo penitenciario que había en la época de las llamadas «galeras», centros de internamiento dirigidos por religiosas. Estas cárceles, como la galera de Alcalá o la penitenciaría de Quiñones, eran una mezcla de claustro-prisión tutelados por la orden femenina de las Hijas de la Caridad.

Cárcel de Ventas

En un régimen de encierro, dureza y disciplina, en el que se combinaba el rezo y el trabajo de costura, la madre superiora era la jefa de servicios y el resto de las hermanas se encargaban de la administración, vigilancia, enseñanza y gestión cotidiana. El objetivo de las galeras era brindar una oportunidad correccional a las mujeres descarriadas mediante una labor moralizadora. En una sociedad patriarcal y machista «las mujeres perdidas», como eran consideradas las prostitutas (llamadas quincenarias porque cuando eran detenidas si no pagaban la multa eran encerradas por periodos de quince días en las galeras) y ladronas de poca monta, debían redimirse con la ayuda de monjas y capellanes. La sumisión y disciplina era impuesta a las más rebeldes mediante grilletes, mordazas y celdas de castigo que aterrorizaban a las reclusas.

Conmovida por los padecimientos de estas mujeres, Victoria Kent quiso acabar con las galeras y crear prisiones que fueran lugares donde las delincuentes pudieran tener la oportunidad de rehacer sus vidas y reintegrarse en la sociedad. Decidida a llevar a cabo una profunda reforma penitenciaria, eliminó las celdas de castigo donde los presos dormían con cadenas de hierro atadas a los pies, acabó con los grilletes de todas las cárceles de España y se cuenta que con el metal obtenido de estos mandó esculpir la estatua dedicada en Madrid a Concepción Arenal, una de las mujeres españolas más notables del siglo XIX por su valor en dar a conocer la situación infrahumana en la que vivían los reclusos en las prisiones. Kent también creó el primer cuerpo de funcionarias de prisiones encargadas de la vigilancia de las reclusas y estableció la primera guardería para que las que fueran madres pudieran cuidar y disfrutar de sus hijos en la cárcel.

Inauguración de la prisión. Modelo de Ventas

El 31 de agosto de 1933, se inauguró la Prisión Modelo femenina de Ventas con la presencia de Victoria Kent, el alcalde de Madrid Pedro Rico, el subsecretario de justicia Leopoldo García-Alas y el arquitecto de la prisión Manuel Sainz de Vicuña Camino. Obligada por presiones del gobierno y la alta burocracia penitenciaria, Victoria Kent había dimitido en 1932, pero firmó el acta acompañada por el nuevo director general de prisiones Manuel Ruiz Maya. En la carta que él escribió al presidente de la República Manuel Azaña comentando la renuncia de Victoria Kent decía de ella «…demasiado humanitaria, no ha tenido por compensación dotes de mando…». Estas palabras reflejan una constante en la vida política: el desprecio a la hora de valorar el esfuerzo y el trabajo de una persona con ideas renovadoras: sus reformas nunca fueron bien vistas por aquellos que la obligaron a abandonar el puesto.

La nueva prisión de Ventas podía albergar 500 presas en sus celdas individuales; contaba con amplios espacios bien iluminados por grandes ventanales, patios con fuentes, terrazas para las salas de «presas madres con sus hijos», salón de actos y biblioteca, además de una sección separada para presas políticas y sociales. Una semana después de su inauguración llegaron las primeras 70 reclusas procedentes de la cárcel de Quiñones.

El primer director de esta prisión fue Francisco Machado, hermano de los poetas Antonio y Manuel; entre las veintisiete oficiales en plantilla se encontraban las jefas de servicio María Massó, una de las primeras odontólogas de España, y Julia Trigo, hija del conocido escritor Felipe Trigo. El ambiente creado en la penitenciaria de Ventas durante los primeros años de funcionamiento fue el que en su día había proyectado Victoria Kent: mujeres cumpliendo su condena bajo un régimen de disciplina que permitía trabajar en los talleres o realizar cursos. En definitiva, se buscaba aprovechar el tiempo para favorecer su reinserción. Las madres presas también podían disfrutar de sus hijos en los baños de sol de las terrazas diseñadas para tal cometido. Atrás habían quedado el terror y los grilletes de las galeras. Sin embargo, el estallido de la guerra civil española truncó el sueño con la paralización de los proyectos reformadores.

La antesala del drama de Ventas

Con ocasión de los sucesos de la Revolución de Octubre de 1934, movimiento huelguístico revolucionario que en esas fechas sacudió España, la situación de la cárcel de Ventas cambió radicalmente. Sus celdas se llenaron de mujeres militantes de partidos y sindicatos obreros, presas con un perfil político muy diferente al de las reclusas habituales. La tensión política de este nuevo ambiente provocó el llamado «motín de las presas». Ocurrido en febrero de 1936, la prensa de la época se hacía eco de la noticia al hacer referencia a «Un plante en la cárcel de mujeres de Ventas. Desde las primeras horas hubo una protesta colectiva, con abandono de los horarios y tareas habituales de las presas. Se tuvo que dar aviso a la Dirección General de Seguridad para acudir a solventar dicha protesta».

Las reclusas se rebelaron por el retraso en llegar de las órdenes de puesta en libertad de las detenidas políticas y estas pedían a su vez la liberación de las presas comunes. Las primeras, acusadas o condenadas por supuestos delitos relacionados con las huelgas y protestas obreras, reclamaban una amnistía que era exigida por todos los partidos y organizaciones políticas de izquierda. El triunfo electoral obtenido por el Frente Popular en las elecciones celebradas el 16 febrero de 1936 fue el detonante del motín. El decreto-ley de amnistía firmado el 21 de febrero no incluyó a todas las que también eran conocidas como presas sociales porque muchas habían sido detenidas por delitos comunes. Hubo que esperar hasta el 3 de julio, cuando se extendió la amnistía a las que estuvieran presas por hechos relacionados con móviles político-sociales que hubieran sido calificados como delitos comunes.

Ante las necesidades impuestas por la Guerra Civil, la prisión de Ventas se convirtió en cárcel masculina y las presas fueron trasladadas a un edificio convertido en penal en la madrileña calle Conde de Toreno y a la prisión provincial de Valencia. En marzo de 1937 regresaron mujeres a sus celdas, donde fueron abandonadas a su suerte en medio del horror de la guerra.

Rayo de luz en Ventas: Matilde Landa Vaz

El 26 de septiembre de 1939 entraba en la prisión de Ventas la dirigente comunista Matilde Landa Vaz, condenada a muerte. En medio de la tragedia, su llegada supuso para las reclusas un rayo de esperanza. Matilde era joven y culta, una mujer con estudios, algo que seguía siendo raro para la época. Como las demás presas hacinadas sufrió el maltrato y el terror del encierro mientras soportaba las injusticias que todas vivían entre rejas. Infatigable ante el desánimo, logró convencer a Carmen Castro, entonces directora del penal, para crear en una celda la que fue llamada «oficina de penadas», una especie de negociado para ayudar a otras presas condenadas a muerte como ella. Junto con otras reclusas escribía cartas y redactaba solicitudes o peticiones de indulto en nombre de muchas compañeras que eran analfabetas o no entendían el funcionamiento del sistema penal del régimen. Su labor bienhechora la hizo muy popular entre las reclusas, que la llegaron a llamar «la madre de las penadas».

Matilde consiguió que su condena a muerte fuera conmutada por 30 años de cárcel. La fama de su nombre y sus actos atravesó los muros de la cárcel y el régimen franquista intentó aprovechar su creciente popularidad para utilizar su imagen de redimida en su favor. Pero Matilde se negó una y otra vez a reconocer su vuelta al catolicismo y ceder ante los que la habían condenado. En un intento por presionarla fue alejada de sus queridas compañeras de la prisión de Ventas y trasladada a la de Palma. Allí continuaron las coacciones y el maltrato hasta que la joven dio muestras de colapso mental y físico. Doblegada su resistencia y superado el límite, el 26 de septiembre de 1942 Matilde se arrojó al patio de la galería. Durante la hora que agonizó tirada en el suelo de la cárcel hubo tiempo para administrarle antes de morir el sacramento del bautismo del que siempre había renegado.

Las menores o las Trece Rosas

La noticia de la muerte de Matilde Landa, todo un símbolo de resistencia y esperanza de libertad, causó una gran conmoción entre las reclusas de Ventas. Sin embargo, el fusilamiento de las que serían conocidas como las Trece Rosas revolvió las conciencias de una sociedad trágicamente acostumbrada a la violencia sectaria.

Este grupo de trece jóvenes, siete de ellas menores de 21 años (la mayoría de edad por entonces), eran de clase social humilde y les unía su compromiso político: la mitad militaba en las Juventudes Socialistas Unificadas (jsu). Al finalizar la guerra se organizaron de forma clandestina pero finalmente fueron delatadas y detenidas. Al respecto existen varias teorías: la más extendida apunta a Roberto Conesa, un infiltrado dentro de la organización que décadas después se haría tristemente famoso al ser comisario de la Brigada Político-Social franquista, como el traidor que las denunció. Otras señalan a José Peña Brea, encargado de reconstruir la jsu en Madrid, que habría confesado bajo tortura. También aparece el nombre de María del Carmen Vives, una joven de quince años llamada «la chivata» al acusar a sus compañeras.

Las trece jóvenes fueron detenidas en sus casas, delante de sus familias, sin explicarles cuál era el motivo. En un principio pensaron ingenuamente que su situación iba a resolverse en un par de días, pero no tardaron en descubrir que el asunto era más grave de lo que creían. Al llegar a comisaría sufrieron todo tipo de vejaciones antes de ser trasladadas a la cárcel de Ventas.

El grupo llegó a la prisión con la expresión del terror en sus rostros. El recibimiento dispensado por otras reclusas políticas atenuó su miedo e inquietud mientras esperaban el juicio. El 2 de agosto de 1939 las Trece Rosas fueron llevadas ante la sala del tribunal, acusadas de un delito de adhesión a la rebelión. Días antes se había producido un atentado contra el comandante de la Guardia Civil Isaac Gabaldón, que fue asesinado junto a su hija y su chófer. El crimen fue atribuido a militantes de la jsu, circunstancia que empeoró su situación.

El juicio se celebró sin garantías procesales para las acusadas y tras dos jornadas de vistas todas fueron condenadas a muerte. Devueltas a la cárcel de Ventas, a ninguna se le permitió contactar con sus familias. Durante los días que esperaron la ejecución de la sentencia fueron acompañadas por otras reclusas que veían en ellas un símbolo de la represión franquista de posguerra. Ante el desenlace inminente se les permitió escribir cartas para despedirse de sus seres queridos. Especialmente conmovedora es la de Blanca Brissac dirigida a su hijo, en la que expresaba que nunca guardara rencor a los que iban a ser sus verdugos.

En la mañana del 5 de agosto de 1939 las Trece Rosas fueron conducidas al Cementerio del Este y fusiladas frente a una de las tapias exteriores del camposanto. Al conocer la noticia cundió el desánimo entre las reclusas de la prisión de Ventas que mantendrían vivos en su memoria los días que pasaron junto a las fusiladas, dando forma al mito que ha llegado hasta nuestros días.

Las Trece Rosas no fueron las únicas mujeres ejecutadas durante la posguerra. Entre 1939 y 1943 fueron fusiladas otras 65 internas de la prisión de Ventas, centro penitenciario que tras los oscuros episodios de la Guerra Civil y los primeros años del franquismo había dejado de ser la cárcel modélica reflejo de las reformas introducidas por Victoria Kent.

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