Bulos en la Guerra Civil: la batalla de los rumores

Desde el inicio de la contienda se sucedieron todo tipo de rumores que distorsionaban la realidad, generaban dudas o intoxicaban con datos erróneos la información, tantas veces confusa, que llegaba a la población de uno u otro bando.

No ignora el pueblo de Madrid, como no lo ignora el resto de los pueblos de España que luchamos con un enemigo que tiene dos frentes: uno, allá en las trincheras y en los campos donde retumban las armas guerreras; otro en la retaguardia. Y en la retaguardia, una de las armas de mayor eficacia es el rumor, esto que durante muchos días se ha dicho desde la prensa, el ‘bulo’». Ángel Galarza, ministro de la Gobernación durante la Guerra Civil, comenzaba así en los micrófonos de Unión Radio su enérgico desmentido de uno de los bulos que corrió como la pólvora en septiembre de 1936. El rumor aseguraba que el Gobierno de la República, por aquello de que las fuerzas sublevadas se aproximaban a Madrid, huía de la capital, se marchaba de la ciudad, abandonando sus obligaciones.

Desde el inicio de la contienda se habían sucedido todo tipo de rumores que distorsionaban la realidad, generaban dudas o intoxicaban con datos erróneos la información, tantas veces confusa, que llegaba a la población de uno u otro bando. Decía Galarza que ante algunos de los bulos lanzados por las radios enemigas se había sonreído al escucharlos, pues eran tan burdamente falsos que pronto quedaban en evidencia ante los hechos. Pero había otros que le irritaban sobremanera. Se refería el ministro a los difundidos por quienes se emboscaban en la retaguardia y aparentando ser leales a la República —en alusión a la famosa Quinta Columna—se dedicaban a propagar falsedades de oído en oído, de calle en calle, a veces en forma de pregunta, otras con leves insinuaciones, logrando así multiplicar su efecto como las ondas de una gota al caer sobre el agua. Frente a los rumores, el ministro llamaba a combatir con el desprecio, pero era consciente de que algunos eran especialmente peligrosos ya que alimentaban el derrotismo de las tropas y el desaliento de la retaguardia.

Aquel que decía que los ministros habían puesto pies en polvorosa era uno de ellos, y ante el temor de que hubiera prendido entre los suyos, Galarza quiso salir al paso de las habladurías. «La falsedad es evidente», aseguró. Sin embargo, tuvo que admitir que había cierto fundamento en el rumor. Algunos ministros, explicó, habían viajado a distintas poblaciones españolas leales a la República, pero con el objetivo de alentar a sus combatientes y de remarcar la necesidad de defender Madrid también desde fuera, a pesar de que las tropas sublevadas estaban «mucho más lejos» de lo que decían.

La Vanguardia

Las «tomas» de Madrid

Aunque la conquista de Madrid no se produjo hasta el 28 de marzo de 1939, la obsesión por tomar la capital era tan grande en la llamada zona «nacional» que ya el 20 de julio de 1936, apenas dos días después del alzamiento, el Heraldo de Marruecos dio por hecho que la ciudad había caído en poder del general Mola.

«Nos comunican oficialmente a las doce del día de hoy que a esta misma hora ha entrado en Madrid el general Mola al frente de las tropas, luchando con algunas resistencias que se ofrecieron al principio, resistencias que han quedado dominadas rápidamente. Una vez vencidas estas resistencias, las tropas del general Mola han ocupado todos los ministerios, de los que habían huido los ministros del Gobierno Martínez Barrio. Las emisoras de radio de Berlín y Lisboa han transmitido un poco más tarde esta misma noticia. El movimiento militar puede, por consiguiente, considerarse como definitivamente triunfante», decía la nota destacada en primera plana.

No sería la única ocasión en que se iban a confundir los deseos con la realidad. El historiador Fernando Díaz Plaja contaba en su Anecdotario de la Guerra Civil que en los periódicos de la zona nacional las tropas de Franco entraron varias veces en Madrid en los primeros tiempos de guerra. El propio general Emilio Mola afirmó en una alocución en Radio Navarra el 1 de agosto de 1936 que las tropas al mando del coronel Francisco García-Escámez avanzaban «victoriosamente camino de Madrid con paso seguro y decisivo» y aseguró que la victoria estaba «próxima y segura. Es ya un hecho…».

También el general Miguel Cabanellas afirmó el 25 de agosto en Radio Coruña: «Ya queda poco por hacer. Las etapas recorridas hasta ahora se han ido cumpliendo de acuerdo con los primeros planes de los mandos militares. Ahora la próxima será la conquista de Madrid, que está ya en plena descomposición». Y el 27 del mismo mes, el Diario de Navarra auguraba que la caída de Madrid no era cuestión de semanas, «sino de días».

El paso del tiempo y la resistencia republicana de Madrid se encargaría de rebajar el entusiasmo en la zona nacional. «La prensa dejó de dar fechas precisas para el asalto final y empezó a asegurar que lo importante no era conquistar Madrid y sí ganar la guerra», explicaba Díaz-Plaja.

El asesinato de Franco

Si el afán del bando sublevado por arrebatar a los «rojos» la capital y sede de la República llevó a creer durante meses que la caída de Madrid era un hecho, en la zona republicana se difundió ese mismo año otro formidable bulo que reflejaba asimismo sus anhelos. El 1 de octubre de 1936, el periódico La Libertad se preguntaba: «¿Ha sido asesinado el traidor ex general Franco?», haciéndose eco de murmuraciones llegadas desde Tánger, donde se decía que lo había matado un oficial de la Guardia Civil.

La nota, fechada el 30 de septiembre en Tánger, decía así: «Se acentúan los rumores que circulan hace días acerca del fallecimiento del ex general rebelde Franco, en casa de un doctor falangista establecido en esta ciudad. Dícese que Franco ordenó equivocadamente administrar una fuerte dosis de ricino a la esposa de un teniente de la Guardia Civil, de Tetuán. Esta señora abortó y falleció. El teniente de la Guardia Civil buscó a Franco y le hizo varios disparos de pistola. Se añade que el ex general fue trasladado inmediatamente a Tánger para operarle y que falleció poco después de la intervención quirúrgica. El rumor agrega que el cadáver fue embalsamado y trasladado después a Tetuán. Los fascistas desmienten el rumor, pero se les ve profundamente apenados».

La Fragua Social, el diario «de información, orientación y combate» de la cnt en Levante, se congratulaba días después a toda página de que hubiera «un traidor menos» y el ABC republicano de Madrid informaba: «Radios facciosas confirman el asesinato de Franco». Ambos medios reproducían una nota de la agencia Febus, fechada en Valencia, que decía que la noche del 2 de octubre se había dado la siguiente noticia desde la Delegación de Guerra: «Un radiotelegrafista de Torrevieja ha captado el siguiente radio, emitido por Radio Castilla (Burgos), a las diez y media de la noche: “Un teniente de la Guardia Civil, traidor a la Patria, que no supo sacrificar su familia, dio muerte a nuestro caudillo, el general Franco”. Posteriormente, Radio Coruña transmitió una nota biográfica del ex general Franco, diciendo que era su necrológica».

El diario La Voz también se hizo eco de que había «muerto el cabecilla faccioso Franco», aunque con mayor prudencia. En letra pequeña avisaba de que «después de esta información, facilitada el sábado de madrugada, no hemos vuelto a tener nuevas noticias acerca de la muerte del ex general Franco. Acojan, pues, los lectores, con toda clase de reservas, el telegrama anterior».

El general Gonzalo Queipo de Llano, que había asistido al nombramiento de Francisco Franco como jefe del Estado Español el 1 de octubre en la sede de la Capitanía General de Burgos, ironizó sobre este bulo por Radio Sevilla. Así lo recogió Ricardo de la Cierva en su primer volumen de Francisco Franco: un siglo de España: «Es que me pasan cosas extraordinarias. Figúrense ustedes que hoy he comido con un cadáver sentado a mi izquierda. Yo creía que esta mañana había salido en avión para Burgos, llegando allí a las diez y treinta, reuniéndome con mis compañeros de Junta y presenciando cómo el general Franco, después de hablar, era aplaudido con ardor. Soñé también haber visto en la División, cómo se hacía la transmisión de poderes ante enorme concurrencia. Después creía también que había comido con ellos. Pero todo no es más que un sueño, del cual salgo como de un letargo».

Queipo de Llano continuaba diciendo que tenía en su mano la nota oficial del Ministerio de Marina que recogía el rumor del fallecimiento de Franco, que localizaba en Tetuán, en casa de un doctor falangista. «Añade que había hecho administrar a la esposa de un teniente de la Guardia Civil una fuerte dosis de aceite de ricino que aquella no resistió, por lo cual ese oficial le dio muerte. Tan absurda información termina con un viva a la República democrática, risible, dado por Prieto», reseñaba el general antes de añadir con sarcasmo que desde Madrid una noticia particular afirmaba también que Franco había muerto en Tánger, en la clínica del doctor Sandreu, «que a lo mejor nadie sabe quién es».

Para el escritor Gonzalo Santonja, el bulo de la muerte de Franco quizá sea «el más estupendo de toda la guerra». Según este catedrático de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid, «durante la guerra, y en especial a lo largo de los meses iniciales, la prensa de uno y otro lado abundó en noticias de carácter pintoresco, producto tanto de la zozobra como de los deseos y la falta de información, terreno abonado para toda suerte de bulos». Entre los bulos anecdóticos, se encuentra, a su juicio, este «sensacional rumor» del asesinato de Franco. Muy diferente de la manipulación informativa en torno al asesinato de Federico García Lorca que él analizó en su artículo «Si te dicen que caí (Notas en torno a una manipulación informativa)», publicado en 1986 en la revista Cuadernos hispanoamericanos.

Confusión en torno a Lorca

Santonja no encontraba casual que al día siguiente de la muerte del poeta El Correo de Andalucía, que por entonces estaba bajo control de Queipo de Llano, informara del falso fusilamiento de otros intelectuales. El propio general franquista, todo un maestro en el arte de la propaganda, también habló en una de sus charlas radiadas de aquellos días de los rumores sobre la muerte de los hermanos Quintero, de Benavente, de Muñoz Seca, de Zuloaga y «del gran futbolista Ricardo Zamora». «Esto indica que no quieren dejar viva persona alguna que descuelle en cualquier orden», afirmó.

La maniobra de confusión logró su propósito, pues cuando llegaron a la prensa republicana los rumores del asesinato de Lorca por fascistas granadinos, esta se cargó de prudencia. «¿Ha sido asesinado García Lorca?» se preguntó El Diario de Albacete, el primero en dar la noticia el 30 de agosto. Su corresponsal en Guadix informaba de que «rumores procedentes del frente cordobés, que no han sido hasta la fecha desmentidos, revelan el posible fusilamiento del gran poeta Federico García Lorca, por orden del coronel Cascajo». Y en Solidaridad Obrera, Ezequiel Endériz no se creía que la noticia fuera cierta. «Mientras ellos dicen que nosotros hemos fusilado a los hermanos Quintero, a Benavente, a Fernández Flórez y otros conocidos literatos, nosotros afirmamos que han caído frente a los cuadros de fusilamiento facciosos Alejandro Cassona y García Lorca», escribió el periodista navarro.

El hispanista Ian Gibson cuenta en El asesinato de García Lorca que ante la imposibilidad de seguir ignorando la muerte del poeta, la prensa rebelde comenzó una campaña de tergiversación. «Ya se matan entre ellos. ¿Ha sido asesinado Federico García Lorca?», se preguntaba el periódico de Huelva Odiel el 10 de septiembre. Y añadía: «Parece ser que entre los numerosos cadáveres que a todas horas y todos los días aparecen en las calles madrileñas ha sido hallado el de Federico García Lorca. Es tan grande la descomposición de las filas marxistas, que no respetan ni a los suyos».

Pocos días después, otros periódicos del bando sublevado se sumaban al bulo. El Diario de Burgos titulaba: «García Lorca ha sido fusilado en Madrid por elementos marxistas», y de forma similar Unidad , señalando a un despacho recibido desde París y localizando el crimen en Madrid. Otros, como el Diario de Huelva y La Provincia, contaban que había muerto en Barcelona a manos de «varios extremistas» el 16 de agosto. «Debido a una denuncia, se le encontró en la residencia de un comerciante, donde se hallaba escondido desde los primeros días de la revolución», afirmaban antes de dar cuenta de otros fusilamientos y desgracias para restar importancia a su muerte, diluyéndola en la cruel normalidad de la guerra.

Según Gibson, «cuando era clarividente que había caído en zona insurrecta, no en la republicana, los propagandistas de Franco optaron por echar la culpa a inconcretos asesinos ‘actuando bajo su propia iniciativa’». Y a esta campaña de desinformación se unió la firma de Luis Hurtado Álvarez con un artículo publicado en Unidad y después reproducido en otros medios titulado «A la España imperial le han asesinado a su mejor poeta». En él deslizaba una supuesta simpatía de Lorca hacia la Falange y afirmaba que «ni la Falange Española ni el Ejército de España tomaron parte en su muerte». «La maniobra de propaganda estaba completada, cerrado el círculo», escribió Santonja.

«Mentiras facciosas» e «infundios de los rojos»

Estos y otros rumores se convirtieron en poderosos explosivos informativos cuya onda expansiva se multiplicaba en el caos y la incertidumbre propios de la contienda. A través de los bulos se daban argumentos para persuadir a los aún indecisos y se reforzaban las creencias de los ya convencidos mientras se irritaba, se confundía y se minaba la moral del enemigo. En esta labor desinformativa destacó la famosa Quinta Columna en Madrid. Uno de los muchos rumores que propaló decía que a las dos de la tarde del 18 de marzo de 1937, primero, y luego a las cinco en punto sobrevendría una explosión de tal noticia en la ciudad que se aconsejaba a los madrileños abandonar sus casas. Los habitantes de la capital pudieron comprobar por sí mismos que no hubo tal bombazo aquel día, pero el bulo había logrado su propósito al nutrir un poco más su desasosiego y su miedo.

Las denuncias de «mentiras facciosas» o «infundios de los rojos» fueron habituales en la prensa de uno u otro bando, donde también se difundieron imágenes que pretendieron contrarrestar su efecto. Así, el ABC de Madrid publicaba el 15 de agosto de 1936 un reportaje fotográfico del legendario «Alfonso» con «bravos, honrados y caritativos milicianos» cuyo trabajo en el Convento de Jesús venía a «destruir un bulo infame» ya que «ni una peseta, ni un cuadro, ni un ornamento, ni una imagen, nada en absoluto ha sido destruido».

No es de extrañar que dada la repercusión que alcanzaban los bulos, se alzaran voces que instaran a seguir su pista hasta llegar a su origen y castigar severamente a sus inventores. «El daño que realizan esos malvados es de los irreparables luego», consta-taba El Día.

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