Bombas de rebote contra las presas alemanas

Aviones británicos cargados con unas bombas secretas se acercan a la región más industrial de Alemania, la cuenca del Ruhr, para destruir tres enormes presas y sabotear así la producción eléctrica germana.

Imagen: La presa de Mönhe, destruida.

 

Desde el estallido de la guerra, los aliados eran conscientes de la crucial importancia que tenían para el Tercer Reich las tres grandes presas de la cuenca del Ruhr, que, además de surtir de agua potable a millones de personas, servían a las centrales eléctricas que producían electricidad para la industria armamentística alemana.

Pero el bombardeo no era tan sencillo. Las presas habían sido construidas para resistir la presión de millones de toneladas de agua. La más grande de las tres, la de Mönhe, estaba protegida contra ataques aéreos por globos de barrera; por debajo del agua, contaba con densas redes que no permitirían que los torpedos lanzados desde aviones llegasen al hormigón del muro. A esto se sumaban las potentes baterías antiaéreas que convertían cualquier hipotético bombardeo en una misión suicida. En realidad, solo había una cosa que favorecía el ataque: los alemanes lo consideraban tan improbable que eso podía llevarles a relajar la vigilancia.

La RAF tenía pilotos con la suficiente sangre fría como para arriesgarse a una misión semejante, pero una bomba convencional no podría perforar tamaña construcción. Se necesitaba, por tanto, una nueva arma.

El ingeniero Barnes Wallis llevaba toda la guerra tratando de encontrar la forma de destruir las presas del Ruhr y estaba convencido de que esto podía conseguirse si la explosión tenía lugar por debajo del nivel del agua y cerca de la pared. Partiendo de esta premisa, la creativa mente de Wallis concibió la idea de una bomba que, lanzada a baja altura, pudiera saltar sobre las redes antitorpedo, golpear en la presa, bajar rodando por el hormigón, sumergirse y explotar a una profundidad predeterminada. La principal objeción a este proyecto fue que el avión tendría que volar tan bajo que necesitaría la ayuda de luces para no dar con el suelo.

“De ninguna manera”, respondió furioso el mariscal del aire Arthur “Bombardero” Harris, jefe del Comando de Bombarderos. “No voy a permitir que los aviones vuelen con luces en una zona en la que hay baterías antiaéreas”.

A pesar de la oposición de Harris, el jefe de la RAF, Charles Portal, pensó que la idea era lo suficientemente interesante como para darle una oportunidad. Wallis había construido una maqueta de la presa de Mönhe a escala 1:50 y con ella hizo ver que las bombas convencionales servirían de poco. Así obtuvo el permiso para experimentar con una presa real en Gales y demostró su teoría de que solo una explosión bajo el agua y en contacto con la pared de la presa tenía potencial para romperla.

En abril de 1942, Wallis creyó haber dado con la solución al diseño de la nueva arma: una bomba esférica y rotativa que, lanzada a baja altura, caería en un ángulo tan agudo y a tal velocidad que saldría disparada a ras del agua. Dos meses más tarde, hizo nuevas pruebas en una piscina cubierta utilizando esferas del tamaño de una pelota de tenis en lugar de bombas. El experimento fue un éxito y la RAF le proporcionó los medios para hacer pruebas a gran escala en una playa de Dorset. Wallis utilizó 150 bombas, cada una con un peso de cuatro toneladas.

El único avión capaz de transportar una carga tan pesada era el Avro Lancaster. Inmediatamente se reservaron 19 de estos aparatos, a los que debían hacerse modificaciones, pero pasaron meses antes de que se encontrase un modo de sujeción adecuado para los explosivos. Y el tiempo apremiaba: había que bombardear las presas en primavera, cuando la cantidad de agua embalsada se encontrara en máximos.

Entrenamiento en oscuridad artificial

Por fin, a comienzos de la primavera de 1943, pareció que los problemas se habían resuelto. El éxito obtenido en las pruebas convenció incluso a “Bombardero” Harris, que el 15 de marzo ordenó la creación de un escuadrón nuevo, el 617 –inicialmente llamado Escuadrón X–. La dirección le fue confiada a Guy Gibson, un piloto que, pese a contar solo 24 años, tenía 172 misiones a sus espaldas.

Diez días más tarde, empezaron los entrenamientos para la denominada Operación Chastise. Los hombres estuvieron volando a baja altura sobre los remotos lagos de Gales durante varias horas diarias. Por razones de seguridad, no sabían en qué consistía la misión, pero pronto comprendieron que se trataba de algo especial. Sí se les dijo que esta tendría lugar de noche, aunque el entrenamiento se hacía de día para que Wallis pudiera evaluar el resultado. Esto obligó a tomar algunas medidas para crear la ilusión de oscuridad, como que los cristales de las ventanillas estuvieran tintados y los pilotos llevaran gafas oscuras.

Mientras el Escuadrón 617 hacía prácticas de vuelo bajo en Gales, cazas británicos realizaban tareas de reconocimiento a 9 kilómetros de altitud, lo que los mantenía a salvo tanto del fuego antiaéreo como de los aviones enemigos. Para evitar que los alemanes sospecharan, volaban sobre áreas mucho más amplias que las zonas de los embalses y presas de la cuenca del Ruhr. De esos viajes volvieron con fotografías aéreas que mostraban que los embalses se encontraban al máximo de su capacidad. Los preparativos de la operación, sin embargo, estaban lejos de haber concluido.

 

Más información sobre el tema en el artículo Las “Dambusters” machacan a los nazis. Aparece en el MUY HISTORIA, colección II Guerra Mundial, dedicado a Operaciones especiales.

Si quieres conseguir este ejemplar, solicítalo a suscripciones@gyj.es o descárgatelo a través de la aplicación de iPad en la App Store. También puedes comprarlo a través de Zinio o de Kiosko y Más.

Y si deseas recibir cada mes la revista Muy Historia en tu buzón, entra en nuestro espacio de Suscripciones.

 

Continúa leyendo