Vídeo de la semana

Bautismo de fuego de las Juventudes Hitlerianas

"¡A cubierto!” El grito recorrió toda la plaza en cuanto aparecieron los aviones en vuelo rasante. Los soldados se tiraron al suelo. El acontecimiento que esperaban y para el que habían estado preparándose a lo largo de semanas se producía al fin: llegaban los aliados y empezaba la batalla.

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"¡A cubierto!” El grito recorrió toda la plaza en cuanto aparecieron los aviones en vuelo rasante. Los soldados se tiraron al suelo. El acontecimiento que esperaban y para el que habían estado preparándose a lo largo de semanas se producía al fin: llegaban los aliados y empezaba la batalla. El Sturmmann Hellmuth Pock, de 17 años, miró hacia los aparatos que le pasaban por encima. Entonces divisó la insignia nazi, se puso de pie de un salto y empezó a saludar con ambos brazos. Los demás le imitaron y pronto los gritos de “¡Bravo!” y “ Heil! ” se oyeron entre las nubes. Los pilotos agradecieron la ovación ladeando las alas, y esa muestra de pericia entusiasmó a los jóvenes.

Una niebla fina y gris cubría el verde de las colinas normandas cuando, la mañana del 6 de junio de 1944, Pock y sus compañeros se dirigían a la costa. La 12ª División SS Panzer Hitlerjugend, compuesta por 20.540 hombres, 148 tanques y 333 vehículos de otras clases, se enfrentaba a su bautismo de fuego. La excitación producida por la perspectiva de avanzar a toda máquina y arrojar al enemigo al mar se palpaba en el aire. Nadie era consciente de lo que les esperaba ni de las razones por las que se había creado la división.

Desde la derrota de Stalingrado, un año antes, el ejército andaba escaso de efectivos y la moral de la tropa había empezado a decaer. La cúpula militar alemana sabía que la invasión aliada de Francia era inminente, pero el número de soldados que podían detraerse del Frente Oriental era mínimo. La solución propuesta por las SS y aprobada por Hitler fue crear una nueva división compuesta por jóvenes voluntarios nacidos en 1926: un pequeño ejército de chicos de 17 años. Gracias al adoctrinamiento ideológico de las Juventudes Hitlerianas, Alemania podía contar con una generación de jóvenes altamente motivados y dispuestos a sacrificarse por la patria.

Rumbo a la victoria

De todos sitios llegaban tropas alemanas, que enseguida partían a gran velocidad hacia la costa en blindados, camiones y motocicletas. En el cielo no se veía un solo avión enemigo y Pock dio por sentado que la Luftwaffe se había desecho de ellos. El cometido de la división de las Juventudes Hitlerianas era defender la ciudad de Caen, situada a 14 kilómetros de las playas de la invasión. Con importantes carreteras que partían hacia toda Francia, Caen era un nudo de comunicaciones clave. No sería tarea difícil, dada la palmaria inferioridad de los aliados. Eso era, al menos, lo que les habían enseñado. Por un momento, Pock imaginó que la batalla ya hubiera acabado para cuando llegaran. La sola idea se le hacía insoportable.

La unidad de Pock esperó en un cruce la llegada de otra de las columnas de la división. Observaron el paso de los vehículos camuflados, que parecían arbustos rodantes. Los jóvenes rostros resplandecían llenos de confianza bajo el acero de los cascos. “¡Buena suerte, compañeros!”, saludó Pock. Cuando partió su unidad, se sintió como si ya estuviera allí y pudiese tocar la victoria con las manos.

A mediodía se toparon con una columna que presentaba un aspecto muy distinto. Pock y sus compañeros miraron con incredulidad hacia la chatarra retorcida que se amontonaba en la cuneta y se preguntaron a qué tipo de vehículo pertenecerían esos chasis carbonizados. En el suelo, los cuerpos de varios soldados alemanes yacían tan desfigurados que eran irreconocibles. Los cazabombarderos enemigos habían demostrado su aplastante superioridad. De un vehículo de transporte con la puerta trasera abierta, sobresalían las piernas y la parte inferior del cuerpo de un soldado. Pock descubrió luego con horror que la parte superior había desaparecido consumida por el fuego. Esa terrible imagen se le quedó grabada. Lo único que deseó fue que hubiera muerto de un balazo antes del incendio.

Un poco más adelante, se oyó el sonido de un avión y enseguida apareció una escuadrilla: el enemigo. Pock y sus compañeros sacaron sus pistolas y abrieron fuego. Nada. Pock observó atónito cómo seguían viaje. No había ni el más mínimo resto de humo que indicase que habían dado en el blanco.

¡Estos malditos perros no sienten ni padecen!”, exclamó con amargura uno de los jóvenes mirando cómo se perdían en el horizonte .

Atrapado en un tanque ardiendo

A sus 19 años, Alois Morawetz era el comandante Panzer más joven de la 3ª Compañía. Sus tanques llevaban dos días avanzando sigilosamente por el campo para no ser detectados por la aviación enemiga. Desde el desembarco, tres días antes, los aliados se habían movido con rapidez y habían tomado varias ciudades al oeste de Caen.

En contra de lo que pensaban los jóvenes, la Luftwaffe se encontraba en un estado lamentable y era completamente incapaz de prestar ninguna ayuda a las fuerzas terrestres. Aun así, Morawetz se sentía afortunado porque, aunque su unidad había sufrido ataques directos, nadie había resultado herido. Ahora se dirigían hacia Norrey, una de las pequeñas poblaciones que su división tenía que arrebatar a los aliados. Según se aproximaban, Morawetz se mantuvo cerca del terraplén del ferrocarril. Entonces oyó por los auriculares la palabra clave de la unidad –“sala de espera”–, seguida de la orden de girar a la izquierda. Morawetz confirmó la recepción del mensaje, lo retransmitió a los demás tanques y se alejó del terraplén. Desde la torreta de su tanque, miró hacia la pradera. El sol estaba alto y todo parecía tranquilo. Luego se acomodó en posición de combate dentro de la torreta y cerró la escotilla.

En ese momento, se produjo un colosal estruendo. El blindado tembló entero como si le hubieran pegado con un martillo gigante y, a continuación, se detuvo. Aturdido, Morawetz se dio cuenta de que el tanque estaba ardiendo. Entonces oyó un traqueteo. El fuego había llegado hasta las municiones de la ametralladora. Intentó abrir la trampilla, pero estaba atascada. En la semioscuridad llamó al artillero y al conductor, sin resultado; era evidente que, con el interior del tanque en llamas, nadie podía seguir allí con vida. Morawetz volvió a empujar en vano con ambas palmas. El fuego empezaba a lamer la torreta y, desesperado, el joven continuó forcejeando hasta que, al final, la trampilla cedió milagrosamente. La luz entró a raudales acompañada por explosiones de granadas. Morawetz saltó del tanque y corrió unos metros. Entonces cayó al suelo y todo se volvió negro.

Cuando volvió en sí, se encontraba rodeado de Panzers ardiendo. Se puso de pie y, tras caminar tambaleándose unos cientos de metros, llegó a un sitio en el que había un enfermero junto a una moto con sidecar. Por todas partes había soldados alemanes con uniformes chamuscados y caras ennegrecidas; las balas enemigas seguían silbándoles en los oídos. El enfermero le montó en el sidecar y partieron a toda velocidad.

La hitlerjugend, en situación crítica

El inútil contrataque en el que había participado la unidad de Morawetz tuvo un elevado coste para la división de las Juventudes Hitlerianas, pero los alemanes hicieron todo lo posible por mantener los vehículos en funcionamiento. En mitad de la noche, Hellmuth Pock fue enviado a reparar la dirección de un tanque. En el interior el aire estaba aún caliente y Pock se movía a tientas tratando de encontrar un sitio al que agarrarse. De pronto se dio cuenta de que había tocado algo resbaladizo.

El comandante murió en el ataque. La explosión le arrancó la cabeza. Todo el interior está en un estado lamentable”, se disculpó el artillero.

Vale. No se puede hacer nada”, replicó Pock. No sabía qué más decir y, en silencio, intentó limpiarse las manos en una de las paredes del Panzer.

Después de cinco días de combates, los alemanes acusaban una presión enorme. La supremacía aliada era demasiado apabullante. La línea de defensa de Caen todavía se mantenía, pero las unidades estaban en las últimas y los refuerzos tenían dificultades para avanzar. El 15º Ejército estaba al norte del Sena con divisiones de infantería de refresco, pero Hitler se negaba a enviarlas a la batalla. Estaba convencido de que el Día D era una mera estratagema para alejarles del lugar de la verdadera invasión y no estaba dispuesto a sacrificar recursos en apoyo de las atribuladas tropas que defendían Caen. Quería mantener el 15º Ejército para cuando llegara el momento adecuado.

La decisión del Führer selló el destino de la Hitlerjugend. Los jóvenes soldados se pusieron a cavar trincheras y se prepararon para defender Caen hasta el final. Pronto los hospitales de campaña alemanes empezaron a llenarse de heridos, muchos de ellos moribundos. Friedrich Zistler, oficial médico de un Batallón de Pioneros, yacía en una camilla junto a un soldado de las Juventudes Hitlerianas. Al joven le habían administrado morfina y apenas mantenía la consciencia, pero cada tanto gemía de dolor y mascullaba palabras incomprensibles. El médico estaba también medio anestesiado, pero de pronto oyó que el joven soldado decía con claridad: “Madre, madre... Quiero decir... Alemania”. Antes de perder nuevamente la consciencia, el médico se preguntó qué significarían esas palabras. Cuando despertó, el chico había muerto.

Agujero en las defensas alemanas

El Untersturmführer Karl–Heinz Gauch arrancó su motocicleta y se lanzó campo a través. Por el camino vio líneas de telégrafo caídas entre cráteres dejados por los bombardeos. También vacas muertas, a pleno sol, con las panzas hinchadas y enormes; despedían una peste insoportable. Luego pasó por un pueblo prácticamente desierto. Pocos se aventuraban a salir a la calle.

Era 25 de junio y Caen todavía resistía, pero las ciudades de la región estaban cayendo una tras otra y las defensas alemanas flaqueaban. Gauch había sido enviado en busca de un batallón con el que se había perdido todo contacto. Se suponía que debía estar en el frente, en las afueras de Caen, a unos diez kilómetros. La posición del puesto de mando la llevaba señalada en un mapa. Cerca ya de su destino, le dispararon. Entonces frenó, abandonó la motocicleta y siguió a pie, intentando ponerse a cubierto.

El puesto de mando estaba en una especie de cueva a la que se entraba por un profundo agujero. Gauch se dejó caer de golpe y el aire apagó la única vela que iluminaba el interior. Una voz maldijo en la oscuridad, alguien encendió una cerilla y volvió a encenderse una luz muy tenue. Casi sin aliento, Gauch informó de su nombre y rango y pidió explicaciones sobre la falta de comunicación del batallón. Apenas se podía respirar allí dentro, era como si le fallaran los pulmones. Entonces se fijó por primera vez en el aspecto de los hombres que le rodeaban.

Los oficiales estaban sucios, sin afeitar, y en la penumbra de la cueva parecía que tenían los ojos hundidos. El comandante, un hombre delgado de cabello negro como un cuervo, le cogió las manos y le habló mirándole a los ojos con intensidad: “Dígale al Sturmbannführer Gerd que tiene que enviarnos ayuda con urgencia. Dígale que estamos en muy mala situación. Apenas podemos mantenernos”.

El oficial cogió un mapa y le señaló un agujero en las líneas alemanas.

No puedo hacer más. Tenemos demasiadas pérdidas”.

Hablaba con voz frenética. Cada tanto se oía una explosión y la vela temblaba. Las malas noticias llegaban a la cueva, una tras otra: el comandante estaba herido, faltaban municiones, otro tanque alcanzado... En una de esas llamadas, el oficial de pelo negro cogió el teléfono.

“¡Mantengan la posición! ¡Manténganla a toda costa!”, gritó con la voz casi rota.

Gauch había visto suficiente y se levantó para marcharse.

“No se olvide, Gauch. No se olvide de contarle todo a Gerd”, insistió el oficial.

Al día siguiente, el batallón se vio obligado a abandonar la posición.

Llegan los Sherman

Los aliados tuvieron noticias de que Hitler por fin se había decidido a enviar refuerzos a la zona y de que varias divisiones de blindados estaban de camino; en consecuencia, multiplicaron los esfuerzos por tomar Caen. Lo que había presenciado Gauch eran solo las maniobras iniciales de una ofensiva de grandes proporciones.

Cientos de blindados Sherman avanzaban como apisonadoras. La Operación Epsom estaba en pleno apogeo y los tanques aplastaban todo lo que encontraban a su paso. Cuando llegaron a St Manvieu, los alemanes comprendieron la gravedad de la situación. Si los aliados conseguían atravesar el parque, que era donde se encontraba el puesto de mando, podrían tomar el puente que conducía directamente a Caen y sería el desastre. Allí se concentraron, por eso, todos los recursos. Hasta el personal de oficina se apostó entre los árboles.

De pronto apareció un Sherman, que asomó el morro y se detuvo a la entrada del parque. “Hay que acabar con ese maldito tanque”, dijo el comandante.

Emil Dürr, Unterscharführer de las Hitlerjugend, de 24 años, oyó la orden y, en vez de enviar a sus hombres, cogió un lanzagranadas y salió corriendo hacia el Sherman. Disparó cuando se encontraba ya cerca, pero el proyectil rebotó en el blindaje. Entonces una bala de ametralladora le golpeó en el pecho. Sin pararse a pensar en el dolor, Dürr volvió a por otro Panzerfaust. Esta vez dirigió el disparo a las orugas, que quedaron destrozadas. El tanque no podía ahora moverse del sitio, pero no era ni mucho menos inofensivo. Una ráfaga de ametralladora alcanzó a Dürr en las piernas y lo tiró al suelo. Aun así, el joven volvió arrastrándose hasta la barricada, donde se hizo con una mina magnética. “¡Estás sangrando!”, le gritó alguien, pero tampoco esta vez Dürr hizo caso y avanzó como pudo hacia el tanque mientras pasaban rozándole las balas. Llegó así hasta el Sherman, colocó la mina y emprendió arrastrándose el regreso. La carga explotó y el tanque quedó envuelto en llamas. Con un último esfuerzo, Dürr llegó hasta donde estaban sus compañeros, que le hicieron recostarse. La sangre le brotaba en abundancia del pecho y las piernas, pero se encontraba consciente y lúcido. Pidió un cigarrillo y algo para apoyar la cabeza. Le dieron una máscara de gas, lo único que había disponible. Estuvo fumando y acariciando la hierba con la otra mano.

No les dejéis entrar al parque –pidió–. Decidle a mi mujer que la quiero y cuidad de ella y del pequeño. Y no estéis tristes. No hay nada de lo que entristecerse”. El cigarrillo cayó al suelo y el pecho se le llenó de aire por última vez.

Se acercaba el fin para lo que quedaba de la división de las Juventudes Hitlerianas. El 28 de junio llegaron los refuerzos, pero ya no serían de mucha ayuda.

Encerrados en el túnel

Los aliados llevaban un mes tratando de tomar Caen. Hasta entonces habían intentado no causar víctimas entre la población civil, pero el 7 de julio se agotó su paciencia y 467 bombarderos pesados lanzaron 2.500 toneladas de bombas sobre la ciudad. Murieron 3.000 franceses y un pequeño número de alemanes.

Esa misma tarde, el soldado alemán Leo Freund y sus compañeros se refugiaron en el túnel de una cantera situada a las afueras. El rugido de los bombarderos enemigos hacía que el techo temblara peligrosamente. Freund estaba barajando los pros y contras de arriesgarse a salir al exterior cuando una bomba cayó justo frente al túnel y provocó un corrimiento de tierras que sepultó la entrada. Los soldados quedaron enterrados en una oscuridad impenetrable y sofocante. Uno de ellos empezó a gritar, pero otro mantuvo el control y consiguió calmarle. Luego, con tranquilidad y realismo, propuso que cavaran por turnos. Los que no cavaban debían tumbarse completamente inmóviles y sin hablar para ahorrar oxígeno.

Freund se quedó quieto sobre la roca fría. Toda noción de espacio y tiempo desapareció en la oscuridad. Estaba convencido de que ninguno saldría de allí con vida. De pronto, se oyó un grito –“¡Luz!”– y empezó a entrar aire fresco. Mientras se llenaban los pulmones, oyeron que les llamaban por sus nombres. Enseguida aparecieron manos que les ayudaban a salir y Freund rio y lloró a la vez mientras se arrojaba en brazos de sus camaradas.

El 8 de julio, las fuerzas terrestres aliadas volvieron a lanzar un brutal ataque contra Caen. Al día siguiente, el comandante de la División de las Juventudes Hitlerianas, el Brigadeführer Kurt Meyer, sacó a las tropas que aún permanecían en los edificios bombardeados del centro de la ciudad.

En una de las posiciones defensivas de las afueras, Meyer encontró a un grupo de soldados profundamente dormidos. Eran solo unos chicos, pero, bajo los sucios cascos de acero, las caras se veían hundidas, devastadas, mucho más viejas y consumidas de lo que correspondía a su edad. Estaban tan agotados que hubo que despertarlos uno a uno. Llevaban semanas luchando sin descanso y habían perdido hasta la última gota de fuerza. Pese a ello, obedecieron las órdenes de su comandante. Se levantaron trabajosamente y se echaron a andar. Y así la tambaleante columna de exhaustos soldados atravesó las ruinas de Caen y salió de la ciudad.

La guerra, sin embargo, no había terminado. Poco después de la batalla de Caen, la División de las Juventudes Hitlerianas fue enviada a Falaise, donde las tropas de la Wehrmacht se encontraban rodeadas. Y allí la división mantuvo abierto un pasillo que permitió escapar a miles de alemanes antes de que los aliados les cerraran el paso.

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