Atletas de Roma, sudor en la arena

Para conseguir las cualidades necesarias para competir, los deportistas se sometían a un duro entrenamiento bajo la supervisión de un preparador.

Atletas de Roma

Bajo la atenta mirada de los entrenadores, los atletas romanos si mostraban la mínima muestra de debilidad, insuficiencias físicas y fallos, estos no dudaban en llamarles la atención dándoles un severo bastonazo a modo de correctivo.

Los preparadores vigilaban también el cumplimiento de la dieta prescrita. Cuando un atleta comía en exceso, el entrenador le metía el dedo hasta la garganta y le provocaba el vómito. Los límites de lo que debían comer estaban escrupulosamente calculados.

Con barba poblada, desnudos y con sus cuerpos brillantes por el aceite, practicaban sobre todo el pentatlón clásico, que comprendía diversas pruebas.

En las carreras de fondo, recorrían varios tramos de ida y vuelta entre las líneas de salida y llegada.

Otra prueba era el lanzamiento de jabalina, en la que se permitían hasta tres intentos, o el de disco, que podía pesar hasta cinco kilos. Tras la competición, el instrumento lanzado se ofrecía a los dioses, en clara referencia al origen religioso y ritual de las celebraciones deportivas.

El salto de longitud se realizaba con las dos piernas, formando en conjunto un triple salto durante el cual los atletas sostenían pesos en las manos, que debían mover al mismo tiempo de abajo a arriba. Por último, se efectuaba una sesión de lucha cuerpo a cuerpo.

No había límite de tiempo para los combates. Las pruebas no se interrumpían hasta que hubiera un vencedor o sobreviniera la noche.

En la lucha gustaban mucho al público los abrazos del torso que fracturaban costillas, además de otras llaves menos dolorosas.

Si era necesario, las manos se dirigían a las cuencas de los ojos del adversario o se le estiraba con fuerza del labio inferior.

El pancracio era la modalidad de lucha cuerpo a cuerpo en la que estaba permitido literalmente todo, excepto morder y sacar los ojos, venciendo aquel que obligara al contrario a rendirse, o lo incapacitara seriamente.

Cuando el adversario yacía en el suelo, retorciéndose de dolor, entonces se le agarraba cómodamente mediante una brutal llave de tijera.

Con lo que de verdad sufrían era con el calor que resultaba ser una auténtica tortura para los atletas, que generalmente debían participar en un mismo día en varias disciplinas diferentes.

Tras la sesión de ejercicio los gimnastas embadurnaban su cuerpo con aceite para someterse a un masaje. Después, con la ayuda de una estrígela –rascadera en forma de hoz– eliminaban el ungüento.

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Profesionalización del deporte en la Roma clásica

Los deportistas dejaron pronto de ser amateurs. El altleta se premiaba solo con dinero en su ciudad de origen, no donde competía.

Atenas, por ejemplo, otorgaba a sus vencedores 500 dracmas. Con ellos se podían comprar medio millar de ovejas o una magnífica casa. El entrenador costaba ya 100 dracmas.

Había ocasiones en la que los atletas se agrupaban en asociaciones que eran dueñas de su propia palestra. Estaban bien considerados y recibían numerosos privilegios de los emperadores.

Con el tiempo el privilegio más apreciado fue la concesión de la ciudadanía romana.

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