Así se gestó la Revolución Rusa

A mediados del siglo XIX, comenzaron a llegar a Rusia los movimientos revolucionarios surgidos en otros puntos de Europa. La policía zarista puso todo su empeño en abortarlos.

Fiódor Mijáilovich Dostoievski

En la segunda mitad del siglo XIX las ideas políticas florecieron en Rusia como nunca lo habían hecho. Y también la represión. Los movimientos revolucionarios europeos de 1848 que condujeron a la Segunda República en Francia endurecieron a la policía zarista, que puso el foco sobre las pequeñas organizaciones políticas más o menos secretas que pretendían cambiar las cosas. Petrashevski, un funcionario de Asuntos Exteriores, mantenía una tertulia que intentaba promover la emancipación de los siervos. En abril de 1849, la policía efectuó una redada en su casa que se saldó con 50 detenidos. Uno de ellos era el magistral novelista Fiódor Mijáilovich Dostoievski, el cual fue condenado a muerte junto a otros 32 compañeros. Ya estaban los reos alineados delante del pelotón cuando llegó el perdón del zar y la conmutación de la pena capital por la de destierro. La literatura universal suspiró aliviada.

La inevitable abolición de la servidumbre no se produjo por la magnanimidad del autócrata, sino porque ya no resultaba económicamente satisfactoria. El trabajo de los hombres libres era mucho más rentable que el de los siervos. Tras plantearse el problema del reparto de las tierras, resultó que las mejores continuaron estando en manos de los nobles y los grandes terratenientes. Millones de mujiks (campesinos rusos) decepcionados y hambrientos se dirigieron hacia las ciudades en busca de una esperanza para sus familias, y así nació una clase social deprimida pero efervescente, un sustrato que los nuevos politólogos llamarían proletariado.

Un segundo núcleo de descontentos lo constituyeron los estudiantes. Las universidades se habían llenado de jóvenes de ambos sexos, muchos de ellos becados e hijos de proletarios, que vivían con camaradería las estrecheces de la condición estudiantil. Entre estos grupos, la revolución se contemplaba como un objetivo indiscutible y era el único sector en el que había elementos activos de ambos sexos. Los más radicales habían superado (o decían haberlo hecho) todas las convenciones y atavismos. La moral era una trampa, la religión una variante de superstición. Todo lo humanístico debía someterse automáticamente a lo “científico”. En su novela Padres e hijos, Iván Turguénev bautizó a los miembros de este grupo social como “nihilistas”. Tchernychevski, filósofo revolucionario, publicó en respuesta una novela titulada ¿Qué hacer? y subtitulada Los hombres nuevos que tuvo una enorme repercusión e influyó hasta al mismo Lenin, quien publicó un tratado con el mismo título que fue decisivo para el bolchevismo.

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 Activistas en lucha

Mucho más relevante que el movimiento estudiantil fue el de los narodniks, (populistas) llamados así porque obedecían a la consigna de introducirse en el pueblo para difundir directamente sus ideas. Convencidos de las bondades de la organización comunera agraria rusa (la obchtchina), su primera acción política consistió en dirigirse a una pequeña población agrícola para predicar su doctrina. Los campesinos los sacaron del pueblo a pedradas. Decidieron entonces convertirse en una organización secreta de corte anarquista a la que llamaron “Tierra y Libertad”, de la que se escindió en 1879 la facción llamada Narodnaia Volia (“El pueblo lo quiere”), que abogaba por la acción directa.

 

Más información sobre el tema en el artículo Vientos de cambio, escrito por Alberto Porlan. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a De Lenin a Putin. 100 años de la Revolución rusa.

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