Antonio José Cavanilles: un ecologista del siglo XVIII

Amante de la naturaleza y ecologista pionero, atravesó llanuras y barrancos, subió hasta las empinadas cumbres de los montes valencianos y examinó las particularidades de sus piedras, tierras, fósiles y metales.

Antonio José Cavanilles
Antonio José Cavanilles /Wikipedia Commons

“En la primavera de 1791 empecé a recorrer España por orden del rey para examinar los vegetales que en ella crecen”, escribió el botánico Antonio José Cavanilles (1745-1804) en su obra Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura y frutos del Reino de Valencia (1795).

Pese a haberle sido encomendada la elaboración de una Historia Natural de España, Cavanilles la restringió a Valencia. Amante de la naturaleza y ecologista pionero, atravesó llanuras y barrancos, subió hasta las empinadas cumbres de los montes valencianos y examinó las particularidades de sus piedras, tierras, fósiles y metales. Con la sola compañía de su brújula, marchó por todos los confines del reino, maravillado por la multitud de canales de riego, árboles y producciones agrícolas, que consideró un “arte” fruto de los labradores. Cavanilles emprendió su viaje verde en la ciudad donde nació, Valencia, y en una época plagada de expediciones científicas por Europa y América, en la que las ciencias, entre ellas la botánica, estaban en su mayor apogeo hasta entonces.

Una visión adelantada a su tiempo

Así, el botánico se preocupó enormemente por la tala de árboles y por las miles de personas que cultivaban el arroz en la Albufera luchando «contra las fiebres y la muerte a causa de vivir en una atmósfera que se vicia con las pútridas exhalaciones de aguas encharcadas, y despojos de sabandijas y vegetales». Afirmó que el único remedio contra las epidemias era impedir el acopio de las aguas. El arroz, protagonista de primera de la gastronomía valenciana, era para el científico el «enemigo de la salud y felicidad pública» en el siglo XVIII, causante de « enfermedades, muertes y despoblación, y de las muchas aguas que consume en perjuicio de la agricultura».

Este adelantado a su tiempo, que vivió en París entre 1777 y 1789, criticó que en Valencia se hubieran sacado las aguas de su curso sin preparar de antemano canales sólidos que pudiesen contenerlas, que se hubiera levantado el cauce de los ríos para hacer entrar y conservar las aguas en campos que nunca las tuvieron y que no se tapasen las muchas grietas por donde se perdía este preciado líquido, «introduciéndosepor las entrañas de la tierra y brotando en infinitas partes».

La Albufera, único lugar donde cultivar el arroz era ecológico

Es difícil señalar cuándo empezó a cultivarse el arroz en Valencia. Se cree que lo introdujeron los árabes bajo su dominación. Mudó de dueño el reino y continuó su cultivo. Es una planta que se cría siempre en el agua, al menos en Valencia, ya que Cavanilles explicó que «puede subsistir en seco en China, Madagascar o en la India». E insistió en que «la gran humedad que allí reina, y el excesivo calor, hacen que el arroz nazca y fructifique en solos cuarenta días, cuando en Europa se mantiene seis meses en la tierra para producir el mismo efecto».

No todo fueron críticas a su cultivo: hablando del gran lago conocido como la Albufera, el científico observó que en los sitios naturalmente pantanosos, que forman una extensión considerable, inútil para todo fruto, cenagosa y poblada de vegetales y de insectos, «se deben permitir por ahora los arrozales». El arroz se revelaba, en este caso, como un aliado ecológico: «Poner en movimiento las aguas embalsadas por naturaleza es un beneficio que puede resultar del cultivo del arroz». Añadió que «esta planta exige aguas en circulación, y un suelo libre de otros vegetales» y que «sin el valor de los intrépidos operarios, trabajando siempre dentro de las aguas, sacando preciosos frutos de aquel suelo que parecía destinado a una esterilidad perpetua, sería sin duda más infecta la atmósfera». Describió que en la Albufera «es tan grande el número de aves, que llegan a cubrir el sol como una espesa nube, cuando los cazadores las fuerzan a levantarse».

Cavanilles observó que los labradores trabajaban con brazos, piernas y pecho descubiertos. «Son duros como el bronce, infatigables y sobrios en sus comidas, reducidas a lo necesario para vivir». Cansados de trabajar durante el día, no necesitaban de colchones para conciliar el sueño. El uniforme de las gentes del campo se reducía a camisa, calzoncillos anchos, chaleco muy corto y alpargatas; en los días de fiesta, añadían un pañuelo de seda al cuello con un nudo. Por desgracia, el botánico criticó que se repartían las riquezas de tal modo «que el cultivador carga con el trabajo, y otros perciben la mayor parte de los frutos. Poco le queda después de pagar a la Iglesia, al Estado y a los señores territoriales».

A pesar de la abundancia y riqueza de las cosechas del reino, la mayor parte de sus vecinos vivían en necesidad o pobreza. Eso sí, los labradores se alimentaban bien. Entre sus ingredientes preferidos, de nuevo el arroz, las legumbres y las hortalizas: «Consumen infinitos tomates y pimientos asados, crudos y escabechados».

Desaparecen los bosques valencianos

Su sentir más ecologista se expresó en su preocupación por la tala de árboles. «Es cierto que en varias partes del reino se experimenta falta de leña, pero ¿no hay otro recurso sino talar los montes?», se pregunta. «He notado en mis viajes sumo descuido en la conservación de árboles y montes; que el abandono en estos ramos ha llegado al colmo, y que pide un remedio pronto y eficaz». Cavanilles sostiene que «al paso que se multiplica nuestra especie y la agricultura, se talan los cerros y las faldas de los montes, sin cuidar jamás de replantarlas». Y que «renacían cada día las necesidades, más no los árboles ni arbustos, y no hallando bastante leña en los retoños, se arrancaban hasta las raíces». Además, los pastores algunas veces quemaban y destruían en una noche los vegetales. «He visto pruebas de esta maldad en los montes del Peñagolosa, sin que los delincuentes hayan sufrido la pena merecida ».

Finalmente, argumentó que algunas personas con «apariencias de utilidad pública» disminuían los bosques, pidiendo licencias para reducir a cultivo parte de ellos. Luego convertían los árboles en cenizas, araban después la tierra y muy pronto las abandonaban, resultando de ello la destrucción del monte sin aumento del cultivo. Es lo que resumió como «la mano destructora del hombre».

Arena de las calles y cloacas, abono para el campo

La inmensa población y las riquezas de Valencia dependían del río Turia en el siglo XVIII. Desde antes del amanecer, los labradores ponían en continuo movimiento la ciudad. La capital fomentaba la agricultura por la «prodigiosa cantidad de estiércol que proporciona para el campo», aseguró el botánico. El suelo de las calles, compuesto de arena y piedras calizas que se sacaban del río, se reducía en poco tiempo a polvo con el vaivén de los carruajes y la gente, formando una materia tan útil, que los labradores la preferían a otros abonos. Para recogerla, los agricultores se esparcían por las calles y barrían cuanto se les permitía, sacando cada día centenares de cargas. Además de limpiar las calles, la policía les obligaba a entrar en la ciudad un cargamento de dichas arenas y piedras para poder conseguir otro de estiércol y polvo. Las cloacas suministraban también al labrador una «materia negra sumamente fértil» que, mezclada con paja, llevaban a sus campos asimismo como abono.

«Nada desprecia el valenciano», afirmó el botánico. «Si halla obstáculos los vence con tesón, y si el suelo es ingrato lo mejora». Así, debido al gran consumo que en Valencia se hacía de higos, uvas y melones se vieron forzados a perfeccionar las especies, logrando frutas deliciosas.

Cavanilles editó una revista dedicada a las ciencias naturales desde 1799 hasta su muerte en 1804. En 1801 fue nombrado director del Real Jardín Botánico de Madrid, donde tuvo como alumno aventajado al también valenciano Simón de Rojas Clemente Rubio. Con Cavanilles al mando, aumentaron los contactos internacionales y mejoraron las condiciones técnicas y educativas del Botánico. En 1803 consiguió un permiso del rey para poner bajo su control la enseñanza de la botánica en todo el territorio de la Monarquía, por lo que únicamente los que hubieran asistido a sus clases podían optar a las oposiciones de Botánica convocadas en España.

Atrás quedaron sus paseos científicos por Valencia. En época de Cavanilles, muchas poblaciones del reino del Turia, antaño sumergidas, estaban tan cerca de los arrozales que parecían flotar sobre sus aguas. Era una tierra sumamente vistosa por la multitud y variedad de plantas y de flores, que impregnaban el reino con sus aromas. «¿Dónde hay en España, fuera del reino de Valencia, dónde hay en la Europa entera igual porción de tierra tan útil, sana, alegre y divertida?», se preguntó Cavanilles, el ferviente enemigo del arroz, «terrible para la salud y la humanidad», siempre sediento.

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