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Amigos prohibidos: un alemán y un afroamericano en la Alemania nazi

Ocurrió durante los Juegos Olímpicos de 1936 entre el alemán Carl Ludwig Long y Jesse Owens.

Jesse Owens en la Alemania nazi
German Federal Archive

Los JJOO de la propaganda

Cuando Jesse Owens llegó a los Juegos Olímpicos de 1936 recibió un trato muy similar al que tenía en Estados Unidos: insultos racistas. El evento había sido planificado por Adolf Hitler con el objetivo de demostrar la superioridad aria y los afroamericanos no entraban en sus planes. Pero sí en los de Owens que se alzó primero con el oro en los 100 m, luego repitió la primera posición 200 m y finalmente el tercero oro en los relevos 4x100 m. Solo le quedaba un evento: el salto de longitud. También allí logró el oro y batió un récord que se mantuvo durante 48 años antes que lo batiera otro estadounidense: Carl Lewis, en los Juegos Olímpicos de 1984.

Paradójicamente esta última medalla (y la bofetada a la propaganda nazi que eran los juegos) no hubiera sido posible por un alemán: Carl Ludwig Long o como pasó a la historia, Luz. Campeón alemán de salto de longitud seis veces entre 1933 y 1939, Luz era el epítome de los atributos que pregonaba Hitler en su ideario: alto, rubio y de ojos claros. Ambos se enfrentaron en salto en longitud, pero no como enemigos, sino como deportistas primero. Y como amigos hasta el final.

Para clasificarse en la final los atletas debían superar una distancia de 7 metros y medio. Luz lo consiguió. Solo quedaba Owens. El problema es que en su primer intento, el estadounidense no se dio cuenta que los jueces habían levantado la bandera, indicando el inicio de la prueba y saltó en su chandal…su intento fue nulo. Le quedaban solo dos saltos. El segundo también fue declarado nulo, ya que pisó la línea. Entonces sí, solo quedaba una oportunidad. Fue entonces cuando se acercó Luz y le aconsejó saltar antes de llegar a la línea. El alemán sabía que a Owens le sobraba para clasificarse y así ocurrió.

En la final Luz saltó 7,87 metros y Owens 8,06. Pese al clima que reinaba en el estadio, el alemán fue el primero en felicitar a Owens y dio la vuelta al estadio junto a él. Abrazándolo.

La promesa de una hermano

"Se necesita mucho coraje para hacer lo que hizo Luz – explicaba Owens en una carta –. Podrías derretir todas las medallas y copas que tengo y no alcanzarían para convertirse en la capa de amistad de 24 quilates que sentí por Luz Long en ese momento. Hitler debió volverse loco al vernos abrazar”.

Desde ese momento y hasta la muerte de Luz en la II Guerra Mundial, ambos siguieron en contacto. Tanto que una de las últimas cartas del alemán, antes de morir en la batalla de San Pietro, en 1943, fue para Owens.

Estoy aquí, Jesse, donde parece que solo hay arena seca y sangre húmeda. No temo tanto por mí, mi amigo Jesse, temo por mi mujer que está en casa y por mi pequeño hijo Karl, que nunca ha conocido realmente a su padre. Mi corazón me dice, para ser honesto contigo, que esta es la última carta que escribiré. Si es así, te pido un favor. Es algo muy importante para mi: que vayas a Alemania cuando esta guerra termine, encuentres a mi hijo Karl y le cuentes sobre su padre. Dile cómo era cuando no estábamos separados por la guerra, dile cómo pueden ser las cosas entre los hombres en esta tierra. Si haces esto, te confiaré algo que seguro quieres escuchar. Aquella tarde, en Berlín, cuando me acerqué a ti, me di cuenta que lo hacía por algo más que los Juegos Olímpicos. Un propósito mayor aún que nuestra amistad. Ojalá esta carta llegue a ti.

Tu hermano, Luz

Como corresponde, después de la guerra, Owens viajó a Alemania para encontrarse con Karl Long.

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