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Alemanes atrincherados en la cima

La noche del 12 de enero de 1944, soldados coloniales marroquíes del ejército francés arrollaron los puestos de vigilancia alemanes.

soldados alemanes
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Era una noche tan fría y anodina como siempre para los centinelas alemanes que vigilaban las laderas que rodeaban la ciudad de Cassino, en el centro de Italia, cuando el aburrimiento saltó hecho trizas con una escena de pesadilla. Sin la menor señal previa, la montaña se llenó de pronto de figuras oscuras que subían a toda velocidad, aullando frenéticamente. Los defensores trataron de prepararse para la batalla, pero era demasiado tarde.

La noche del 12 de enero de 1944, soldados coloniales marroquíes del ejército francés arrollaron los puestos de vigilancia alemanes. Las tropas norteafricanas se encontraban en su elemento: “Los marroquíes aman la noche y la montaña –escribió más tarde con orgullo el coronel Felix Lappara, comandante de uno de esos regimientos–. Rocas, matorrales, grietas... son sus mejores aliados. Llevan mil años acostumbrando los ojos para no perderse en la oscuridad. Saben cuándo avanzar arrastrándose y cuándo esperar”.

La división marroquí era parte de las fuerzas aliadas que se abrían trabajosamente camino por Italia. Los alemanes habían establecido varias líneas de defensa, pero para llegar hasta ellas los aliados debían atravesar los montes Apeninos que dividen a lo largo la península.

Cinco días de combates

Junto a los marroquíes combatían soldados argelinos que, a pesar de la hostilidad del entorno, avanzaban con rapidez. Los soldados franceses de África del Norte demostraron por qué tenían fama de ser las mejores tropas de asalto del mundo.

Poco después, los alemanes enviaron a sus propios especialistas: paracaidistas, entrenados para pelear en terrenos difíciles. El avance se hizo más arduo, y los marroquíes y argelinos tenían que recurrir a granadas de mano y bayonetas para conquistar cualquier pico. Mientras, los comandantes de ambos bandos intentaban comprender qué estaba sucediendo en aquel caos de barrancos y gargantas.

“Ya no era una cuestión de pequeñas unidades de combate, sino de hombre contra hombre en un terreno en el que uno podía pasar horas sin tener una idea clara de lo que ocurría diez metros por delante de la vanguardia”, puede leerse en un informe de la división marroquí.

La batalla continuó pasado el amanecer y, en los días siguientes, los norteafricanos combatieron con fiereza para poder avanzar. Por fin, al quinto día, habían caído todos los objetivos y los soldados, exhaustos, pudieron tomarse un merecido descanso.

Pese a todos los esfuerzos, la ofensiva solo había desplazado el frente unos cinco kilómetros. Lo único que habían conseguido los aliados era llegar a la posición defensiva alemana: la Línea Gustav.

La lentitud de la campaña italiana no constituía ninguna novedad. Desde que, en septiembre de 1943, Estados Unidos, el Reino Unido y las fuerzas de las colonias francesas desembarcaran en el sur de Italia, el avance hacia el norte había sido lento. Los alemanes habían hecho volar los puentes que permitían salvar las quebradas y los caudalosos ríos de las llanuras. En las estrechas carreteras esperaban minas y, tras las crestas, se escondían cañones, morteros y ametralladoras que provocaban bajas constantes.

El mariscal de campo Albert Kesselring le había prometido a Hitler que podría defender Roma hasta el verano de 1944, y para ello preparó un cinturón de posiciones defensivas que iba de costa a costa, la llamada Línea Gustav. Así pensaba detener la ofensiva aliada.

El emplazamiento de la Línea Gustav fue elegido con cuidado porque, en esa zona, Italia estaba prácticamente cubierta de montañas a todo lo ancho. Hacia el este, en el Adriático, solo había una estrecha franja de llanura costera; hacia el oeste, los montes Auruncos surgían directamente del mar. Entre estos y los grandiosos Apeninos se extendía el valle del Liri, el único sitio por el que podían pasar los tanques aliados. Primero, sin embargo, tenían que cruzar el río Rápido, que se divisaba a la perfección desde los picos situados tras la ciudad de Cassino. Desde allí, los alemanes podían bombardear también la única carretera practicable hacia el norte.

El comandante supremo aliado, Harold Alexander, era consciente de las dificultades. “La carretera que lleva a Roma es larga y está llena de espinas”, escribió. Por eso, en lugar de intentar romper la Línea Gustav, Alexander concibió una ambiciosa idea que haría innecesario el ataque a la fortaleza natural alemana: si se desembarcaba por detrás, en la costa, a los alemanes de la Línea Gustav solo les quedaría la opción de rendirse si no querían ser aplastados. El sábado 22 de enero de 1944, el plan se puso en marcha: numerosas embarcaciones aliadas, llenas de soldados americanos y británicos, llegaron a las playas de Anzio, situada entre el frente y Roma. Pero las unidades de reserva de Kesselring estaban preparadas y enseguida rodearon la cabeza de puente. A los aliados les llevaría cuatro meses romper el cerco, lo que convirtió la batalla de Anzio en un sangriento fracaso.

Inútil ataque estadounidense

Coincidiendo con el desembarco, las tropas de Estados Unidos atacaron la entrada del valle del Liri para mantener a las tropas alemanas en el frente, una ofensiva que pronto se convirtió en un intento de romper la línea de Kesselring. Mientras tanto, las tropas norteafricanas de las Fuerzas Francesas Libres avanzaban nuevamente contra los nazis. Pero el ataque acababa de empezar cuando llegó la orden de cambiar de dirección. Las tropas coloniales debían enfilar hacia el sudoeste para ayudar a los americanos, que estaban intentando tomar el monte y la ciudad de Cassino.

La impresión que las endurecidas tropas norteafricanas se llevaron de sus aliados no fue gran cosa, y pronto descubrieron que los alemanes compartían esa desfavorable opinión. “Las patrullas alemanas se movían por esa tierra de nadie y nos tiraban granadas e insultaban –escribió el sargento Ahmed Ben Bella, que luego se convertiría en el primer presidente de Argelia–. Enseguida nos dimos cuenta de que proferían los insultos en inglés porque pensaban que los americanos seguían todavía ahí. Pero los americanos apenas habían mandado alguna patrulla y ni siquiera habían sido capaces de decirnos dónde estaban los puestos de vigilancia enemigos”.

En el extremo norte de Cassino, una división americana trataba de cruzar el río Rápido, pero a cada intento se topaba con minas, barro resbaladizo e implacable fuego de ametralladora. El sargento Billy Kirby describió el horror: “Estuvimos bajo fuego constante. De todo lo que he vivido en la guerra, esta es la única escena que se parece a lo que sale en las películas. Nunca había visto tantos muertos. Eran nuestros compañeros. Recuerdo a ese chico que fue alcanzado por fuego de ametralladora. Las balas lo desplazaron como si fuera una lata. Prácticamente todo el mundo resultó herido. Ni uno solo de mis amigos de la compañía se libró de recibir algún balazo o de la muerte”.

También los alemanes sufrieron. Un suboficial escribió en su diario: “22 de enero. Esto es el fin. El fuego de artillería me está volviendo loco. Nunca había pasado tanto miedo. Por la noche, no puedes salir de tu agujero. Estos últimos días han acabado conmigo”.

Tras una carnicería de tres días, los aliados consiguieron cruzar el río y, poco a poco, los alemanes tuvieron que replegarse por las laderas de Montecassino. Pero, aunque habían recibido refuerzos, para el 12 de febrero los atacantes estaban agotados. La línea del frente se encontraba a menos de 400 metros de la abadía de Montecassino, pero parecían 400 kilómetros.

Se elaboró entonces un nuevo plan de ataque en el que los americanos serían sustituidos por tropas frescas de la India y Nueva Zelanda. Antes de la ofensiva, el general Alexander tomó una controvertida decisión: bombardear el magnífico monasterio medieval de Montecassino, que se mantenía intacto porque los alemanes lo habían declarado zona neutral.

El oficial indio no se fiaba de los alemanes

Con su emplazamiento en lo alto de la montaña, la abadía podría haber desempeñado un papel crucial. Ofrecía una vista perfecta de varios kilómetros a la redonda. Unas baterías allí situadas podían cubrir la ladera de la colina y dificultar enormemente la ofensiva. Pero Kesselring quería salvar el patrimonio cultural italiano del furor de la guerra. El jefe de la división india, sin embargo, no se fiaba de las garantías ofrecidas por el enemigo y exigió que el monasterio fuera destruido antes de mandar colina arriba a sus hombres. Alexander cedió: las vidas de los soldados eran más importantes que las piedras.

El 15 de febrero por la mañana, el cielo se llenó con el estruendo de un enorme enjambre de aviones: 250 bombarderos aliados sobrevolaban Montecassino y bombardeaban el monasterio. Era la mayor operación aérea aliada de apoyo a tropas terrestres hasta ese momento. Para un teniente alemán que se encontraba en la ladera de la montaña, las detonaciones se sentían “como si un enorme gigante estuviera agitando la ciudad en el aire”.

Varios cientos de refugiados italianos perecieron en la abadía. Los aliados habían advertido previamente del bombardeo con un lanzamiento de pasquines, pero la gente que estaba en el interior no se lo creyó. Luego los alemanes protestaron con gran indignación por la radio: “La abadía de Montecassino ha sido completamente destruida. Un acto de fuerza sin sentido de la aviación angloamericana ha privado al mundo civilizado de uno de sus más valiosos monumentos culturales”.

Desde el punto de vista estratégico, el bombardeo fue una catástrofe. Sin duda las unidades alemanas que estaban cerca del monasterio sufrieron graves pérdidas, pero la división india no estuvo lista para atacar hasta dos días más tarde y cuando, el 17 de febrero, los soldados empezaron a ascender por la colina, fueron acribillados sin piedad: las ruinas se habían convertido en el escondite perfecto para las ametralladoras alemanas.

El ataque fue suspendido al día siguiente, tras un pavoroso número de bajas, y los soldados tuvieron que abandonar incluso las pocas posiciones que habían ganado porque no tenían protección contra las armas alemanas. Abajo, en Cassino, también fracasó el ataque de los neozelandeses, y la ofensiva fue suspendida para no sacrificar la vida de más soldados.

Los alemanes se niegan a rendirse

Pasado un mes, el 15 de marzo, las tropas neozelandesas volvieron a intentarlo, y de nuevo se recurrió a los bombarderos para debilitar al enemigo. Los viejos edificios de Cassino quedaron reducidos a escombros y los paracaidistas alemanes contaron también numerosos muertos y heridos, pero las ruinas bloquearon el paso a los tanques aliados y la infantería tuvo que combatir en solitario. Los neozelandeses se abrieron camino hacia el interior de la ciudad luchando casa por casa; mientras, los indios subían trabajosamente por las pendientes de la colina. Pero, aunque los imperturbables nepalíes llegaron a acercarse tanto como para casi tocar los muros de la abadía, entrar resultó imposible por la determinación de los paracaidistas alemanes.

El 20 de marzo, el primer ministro Churchill le envió un telegrama a Alexander: “Me gustaría que me explicara por qué este paso de Cassino, el monasterio, la colina, etc., que se encuentra todo en un frente de dos o tres millas, es el único sitio contra el que embiste. Cinco o seis divisiones se han agotado intentando pasar por esas fauces”.

En su respuesta, Alexander le explicó la importancia estratégica de Montecassino y admitió que les había sorprendido la solidez de la defensa alemana: “La tenacidad de estos paracaidistas es realmente notable, sobre todo considerando que durante seis horas tuvieron encima a toda la Fuerza Aérea del Mediterráneo y casi 800 cañones, la mayor concentración de fuego de cobertura jamás vista. Dudo que haya en el mundo otras tropas capaces de aguantarlo y de seguir luchando luego con semejante ferocidad”.

Tras este intercambio de impresiones, el general siguió el consejo de Churchill y suspendió la ofensiva. En su lugar, planeó un ataque a lo largo de un frente más amplio en mayo.

Mientras, los aliados se atrincheraron en nuevas posiciones. Así se creó una suerte de rutina diaria marcada por el interminable fragor de la artillería y las constantes escaramuzas. A los soldados de ambos bandos, la primavera de 1944 solo les trajo pérdidas y un sufrimiento sin fin. “Lo que estamos pasando aquí no puede describirse con palabras. No experimenté nada así en Rusia, ni un solo segundo de paz, solo el espantoso rugir de cañones y morteros (...). Aquí no tenemos nada más que terror y horror, muerte y condenación”, escribió un soldado alemán.

La escasa distancia entre ambas partes suponía que los únicos sitios seguros eran los hoyos de protección o los sótanos bajo las ruinas. La vida de los soldados estaba en peligro en cuanto salían al exterior. “En el trayecto a la compañía HQ, menos de 200 metros, hay al menos 20 alemanes muertos. Cómo ha ocurrido está muy claro. Los tommies de los francotiradores disparan muy bien. Una y otra vez, a la cabeza –escribió otro soldado alemán en Cassino–. El fuego de mortero y el silbido y la explosión de proyectiles es constante, día y noche. A veces para durante un momento, y entonces me acuerdo de mi casa”.

Los aliados sufrían también bajas continuas por minas y proyectiles. En los meses previos a la ofensiva contra la Línea Gustav, los alemanes habían tenido tiempo más que suficiente para sembrar el suelo de explosivos y las minas eran un peligro permanente. El terreno complicaba aún más las cosas. “Por el camino que llevaba al batallón no podían pasar mulas y había que transportar el agua, las municiones y la comida a mano. Un hombre cargado tardaba cuatro horas y media”, se lee en el diario de guerra de un regimiento británico.

Las tropas de refresco lo consiguieron

La fatiga se extendía entre los hombres, pero los aliados tenían una ventaja: contaban con tropas de refresco polacas y británicas que llegaron en mayo, antes de la cuarta ofensiva. También se trasladaron fuerzas desde la costa adriática, de modo que Alexander tuvo a su disposición 25 divisiones y 11 brigadas.

Del otro lado, la suerte fue muy distinta. El ejército alemán de Italia estaba en las últimas y Kesselring solo pudo reunir nueve divisiones, por lo que, en Montecassino, los paracaidistas tuvieron que continuar en sus puestos.

“No queda ni un solo hombre de los que originalmente componían mi escuadrón –escribió un soldado alemán a su familia–, y al parecer ocurre lo mismo en toda la compañía”.

El 12 de mayo comenzó la Operación Diadema, la cuarta batalla de Montecassino. Antes del amanecer, dos divisiones polacas se lanzaron contra el monasterio. Los polacos superaban ampliamente en número a los alemanes y estaban descansados, pero, igual que en ocasiones anteriores, los paracaidistas respondieron con fuego de ametralladora. Resultado: los hospitales de campaña aliados recibieron una marea de heridos. “Algunos llegaban arrastrándose, otros ayudados por compañeros y otros cargados a hombros como si fueran sacos”, recordó un médico llamado Majewski.

A pesar de la potencia del ataque, la ofensiva encalló. Las posiciones alemanas eran demasiado fuertes y los polacos tuvieron que esperar a que surgiera una oportunidad. Esto camino: rompieron las defensas alemanas del oeste y así las tropas británicas pudieron entrar en el valle del Liri, tras lo cual toda la Línea Gustav empezó a tambalearse. Los polacos aprovecharon y pasaron nuevamente a la ofensiva. Las defensas seguían siendo fuertes, pero desde lo alto del monte los alemanes podían ver cómo los británicos avanzaban por el valle del Liri y la perspectiva de verse rodeados les hizo claudicar. Las tropas polacas pudieron tomar la abadía y Montecassino cayó al fin.

El 17 de mayo, temiendo también que sus divisiones quedaran rodeadas, Kesselring abandonó la Línea Gustav. Mientras los británicos invadían el valle del Liri, los aliados salieron de la cabeza de puente de Anzio, adonde habían llegado cuatro meses antes. Tenían aún la posibilidad de capturar a las fuerzas de Kesselring, pero en vez de intentarlo pusieron rumbo a Roma para ser los primeros en entrar en la Ciudad Eterna. Las divisiones de Kesselring escaparon y pudieron establecer una nueva línea de defensa más al norte.

La batalla de Montecassino dejó más de 75 000 bajas, entre muertos y heridos, y los supervivientes quedaron marcados psicológicamente para siempre. En un campo de prisioneros de los aliados, el sargento Richard Kruppa prohibió que sus hombres la mencionaran: “¡Hablad de mujeres, pero no de Cassino!”.

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