El peligroso experimento humano que quiso acabar con la epidemia de la fiebre amarilla

La enfermera norteamericana Clara Maass dio su vida en una investigación que buscaba el origen de la transmisión de la fiebre amarilla.

Clara Maass experimento humano fiebre amarilla
La fiebre amarilla fue una de las epidemias más letales del siglo XIX. Imagen: Wikimedia Commons.

A lo largo de la historia médica de la humanidad, son numerosos los casos de personas que pusieron en riesgo su vida por el bien común, sobre todo cuando no existían los cómodos métodos con los que contamos en la actualidad.

Durante más de dos siglos (XVII a XIX), la fiebre amarilla fue una misteriosa enfermedad que asolaba las zonas tropicales de América y África causando devastadoras epidemias.

A comienzos del siglo XX, distintas investigaciones buscaron identificar la causa de la transmisión, pero a través de unos métodos ciertamente cuestionables. La enfermera Clara Maass dio su salud y vida por la ciencia.

 

Una comisión contra la fiebre amarilla

Durante la segunda mitad del siglo XIX, en América, la fiebre amarilla ya se había convertido en un grave problema para la sanidad pública en un contexto sociocultural muy particular.

La recién terminada guerra hispano-estadounidense, también llamada Desastre del 98, había dejado unos datos realmente preocupantes: entre las tropas americanas se había dado un total de 968 bajas en combate. Sin embargo, cerca de 5000 soldados habían muerto a causa de la enfermedad infecciosa.

Entre 1883 y 1897, varios autores creyeron haber identificado al agente causante, pero sus teorías no encontraban consenso. El cirujano de las fuerzas armadas de Estados Unidos, el general George M. Sternberg, intentó poner fin a la propagación y al debate creando la “Yellow Fever Comission” (Comisión de la fiebre amarilla, en español) en La Habana.

El equipo estaba formado por el cirujano del ejército Walter Reed (1851-1902), el bacteriólogo Jesse William Lazear (1866-1900), James Carroll (1854-1907) y Arístides Agramonte (1868-1931), y todos trabajaban en torno a una misma hipótesis: los mosquitos servían como huésped intermedio del parásito de la fiebre amarilla.

En el verano de 1990, los investigadores se dieron cuenta de que si querían probar su teoría necesitaban inevitablemente voluntarios humanos.

 

Clara Maass, la única mujer voluntaria

Entre los voluntarios registrados en el experimento aparecían militares americanos e inmigrantes españoles, pero también personal sanitario que decidía deliberadamente ser infectado.

Fiebre alta, calambres estomacales, complicaciones en el hígado… Los riesgos eran tan evidentes que todos los voluntarios debían firmar antes de participar en el estudio un documento en el que aseguraban haber sido debidamente informados.

A Clara Maass no le importó. La enfermera norteamericana estaba acostumbrada a tratar a enfermos de fiebre amarilla, pero dio un paso más allá cuando se convirtió en la única mujer voluntaria de la investigación.

Tras una primera prueba, a la que la enfermera logró sobrevivir a pesar de que recibió hasta en siete ocasiones la picadura de mosquitos infectados, los médicos la consideraron inmune a la enfermedad.

Sin embargo, unos meses más tarde, la picadura de dos mosquitos que habían provocado previamente dos casos de fiebre amarilla acabó con su vida a la edad de 25 años. La publicación del caso de Clara Maass en los periódicos neoyorquinos de la época hizo que se terminaran los experimentos de la fiebre amarilla en humanos.

El cirujano Jesse Lazear, el único de la comisión con experiencia en la investigación en mosquitos, también tuvo un trágico final cuando el 3 de septiembre de 1990 uno de los insectos le picó en su mano izquierda. Un “pequeño” incidente que le costó la vida.

 

La enfermedad fue erradicada en La Habana

El médico cubano Carlos Finlay (1833-1915) había sido el primero en hablar de la importancia del mosquito Aedes Aegypti en la transmisión de la enfermedad. Su aportación, aunque fue duramente criticada, ya que era una idea discrepante con las teorías de la época, fue valorada y reconocida por la comisión.

 

El experimento había logrado romper con la creencia común de que la fiebre amarilla podía ser transmitida por la ropa.

 

Los estudiosos aseguraban que la enfermedad se podía controlar eliminando al mosquito en cuestión y aislando a los enfermos de sus picaduras.

En pocos meses, la fiebre amarilla fue erradicada de La Habana y en el año 1937, el virólogo Max Theiler encontró la vacuna a una de las enfermedades más letales del siglo XIX.

Emma Fernández

Emma Fernández

Periodista especializada en ciencia y tecnología y graduada en Lenguas Modernas y sus Literaturas (Italiano).

Continúa leyendo