El Valle de los Caídos, de la primera piedra a la exhumación

El megalítico monumento nacional fue construido por iniciativa de Franco en 1959 y acabó por convertirse, sin él quererlo, en su lugar de descanso.

Imagen: Getty Images.

El valle de Cuelgamuros se encuentra en el noroeste de Madrid, entre Guadarrama y la localidad de San Lorenzo del Escorial. Este espacio natural de 1.365 hectáreas plagadas de bosques de pinos y formaciones graníticas es famoso por ser el lugar de construcción del Valle de los Caídos, un monumento erigido durante el régimen franquista que sigue generando división entre la población española. Mientras unos lo ven como un espacio religioso y un lugar de relevancia histórica para el país, otros lo consideran una materialización de la dictadura establecida por Francisco Franco y de los crímenes y abusos cometidos.

 

Origen y planteamiento

La primera mención de la que se tiene constancia, en el contexto moderno, de una construcción que honre a los fallecidos españoles en los conflictos bélicos se produjo a través de una carta anónima dirigida a la alcaldía de Burgos en noviembre de 1936, según recoge el Archivo Municipal de la ciudad. Cuando la guerra terminó en 1939 (e incluso antes en algunos casos) fueron muchos los municipios que quisieron erigir monumentos, cruces, estatuas o calles en honor a los caídos durante la contienda. En un artículo publicado por Luis Castro en el nº 3 de la revista Ebre 38 el autor destaca el monumento a Mola inaugurado por el propio Franco en junio de 1939 y el Arco de la Victoria de Ciudad Universitaria.

El proyecto del Valle de los Caídos comenzó oficialmente el 1 de abril de 1940, cuando Franco publicó un decreto en el que disponía la construcción de una “Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes, en la finca situada en las vertientes de la Sierra del Guadarrama (El Escorial), conocida por Cuelga-muros, para perpetuar la memoria de los caídos en nuestra Gloriosa Cruzada”. En el texto, Franco no solo señala la importancia y urgencia de esta obra sino que resalta la necesidad de recordar su ‘Cruzada Nacional’ de forma mucho más grandilocuente que con “los sencillos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades”. “Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y- al olvido y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor”, dictaba el dictador.

Cabe destacar que, en el decreto de 1940, Franco establece que el monumento que se erigiría en Cuelgamuros debía ser un homenaje no para los caídos durante la guerra, sino únicamente para los “caídos en nuestra Gloriosa Cruzada”. Se descartaba así a todos los muertos de uno de los bandos de la guerra civil y se les situaba en un lugar en las sombras dentro de la historia del país, reforzando los valores del bando nacional y legitimando la dictadura personalista que asumió el poder en España en 1939. Aunque esta situación cambiaría en los años posteriores, la primera concepción que se hizo del Valle de los Caídos no lo convertía en un monumento de reconciliación sino en un recordatorio de los vencedores sobre los vencidos.

 

La construcción

El diseño y construcción del Valle se encargó en un primer momento a Pedro Muguruza y, tras su muerte, a Diego Méndez. La decoración fue cosa del escultor Juan de Ávalos y el Mural del Juicio Final, mosaico formado por más de 5 millones de teselas que ocupa la cúpula de la basílica, recayó sobre el pintor Santiago Pedrós. El monumento en su conjunto está formado por una explanada principal, el templo central bautizado como ‘Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos’ construido bajo el propio risco de la Nava y, al otro lado, el monasterio entregado a los monjes benedictinos que se ocupan desde la entrada de su orden en el Valle (1958) del cuidado y mantenimiento del templo. Falta mencionar el elemento arquitectónico más visible y característico del monumento: una inmensa cruz de 150 metros de alto que se sitúa sobre un basamento con estatuas de los cuatro evangelistas.

Imagen: Wikimedia Commons.

 

Las construcciones comenzaron, como había solicitado el por entonces caudillo, lo antes posible. Ese mismo año ya se habían formado los organismos precisos para llevar a cabo la mastodóntica obra y estas pronto fueron conscientes del gran trabajo que supondría modificar el rocoso terreno del risco y convertirlo en el monumento que Franco había imaginado. La necesidad de mano de obra hizo que el régimen tuviera que recurrir a los presos políticos para reforzar la labor de los trabajadores.

En 1937 el bando sublevado creó los Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores mediante los cuales se sacaba a los presos republicanos de los campos de concentración y se aprovechaban como mano de obra. Los primeros miembros de la Compañía del Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores Penados número 95 llegaron al Valle en 1942 o 1943 (según la fuente) y el número de personas que lo componían es muy dispar dependiendo a quién se pregunte. Mientras que la cifra más extendida, defendida por historiadores como Juan Pablo Fusi, es de 20.000 prisioneros a lo largo de sus años de construcción otras fuentes como el historiador Alberto Bárcena, el presidente de la Asociación en Defensa del Valle de los Caídos Pablo Linares o Anselmo Álvarez (antiguo abad del Valle) en un informe de 2006 dirigido al presidente del Patrimonio Nacional apuntan a que la cifra puede oscilar entre los 1.800 y los 2.000 casos.

Las condiciones en las que vivían y trabajaban estos reos (que en su mayoría participaron en la construcción del Valle hasta 1950) resultan todavía más dispares. Los documentos oficiales de la época apuntan a una cuasi equiparación entre los presos y los trabajadores contratados pero, de nuevo, encontramos voces que respaldan esta situación y otros que reniegan de ella.

Para los primeros, los presos que allí se encontraban habían elegido voluntariamente trabajar en la construcción del monumento para poder reducir su pena, eran bien alimentados y su trabajo se veía recompensado con un sueldo justo y ayudas para sus familiares. Las otras voces, por su parte, defienden el uso del Valle de los Caídos como un campo de concentración al que los presos eran obligados a ir para realizar trabajos forzados, en condiciones cercanas a la esclavitud y con reducciones de pena y sueldos mucho menores de lo que se correspondería para considerarlas “justas”.

La primera versión se ve reforzada por los documentos del propio régimen (que podría haber intentado blanquear la realidad como hizo en otras ocasiones) y algunos testimonios que proceden, principalmente, de los responsables o trabajadores contratados durante el proyecto. El ya mencionado historiador Alberto Bárcena en su libro Los presos del Valle de los Caídos, la Fundación Francisco Franco o los propios monjes benedictinos que habitan el Valle son algunas de las voces más fuertes que se escuchan al respecto. Por el otro lado, historiadores como el hispanista Paul Preston o Francisco Espinosa Maestre y el testimonio de Nicolás Sánchez-Albornoz, que escapó del Valle de los Caídos y ha sido el único reo que denunció públicamente las condiciones de los presos trabajadores, apoyan la versión más brutal.

La construcción del Valle de los Caídos terminó en agosto de 1958 y se inauguró oficialmente el 1 de abril de 1959, coincidiendo con el Día de la Victoria (fiesta nacional para el franquismo) y 20 aniversario del final de la Guerra Civil. Según lo establecido por el Interventor General de la Administración del Estado y del Consejo de las Obras publicada en mayo de 1961, el monumento costó 1.159.505.687,73 pesetas.

Imagen: iStock Photos.

 

El Valle durante el franquismo

El 23 de agosto de 1957, Franco publicó un nuevo decreto que cambiaba significativamente el enfoque del proyecto. En el texto se destacaba la importancia del carácter religioso tanto en el monumento del Valle como en la sociedad española y en la ideología del régimen y se anunciaba la creación de la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y la necesaria presencia de una orden religiosa (los benedictinos) que profesara la fe católica a la que se refería el dictador. Con todo, lo más destacable es que Franco afirmaba que “los lustros de paz que han seguido a la Victoria han visto el desarrollo de una política guiada por el más elevado sentido de unidad y hermandad entre los españoles. Este ha de ser, en consecuencia, el Monumento a todos los Caídos, sobre cuyo sacrificio triunfen los brazos pacificadores de la Cruz”.

¿Qué había cambiado entre 1940 y 1957? Al llegar al poder, Franco contaba con el respaldo de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, ambas en su momento de mayor fuerza de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo la derrota de las fuerzas del Eje en 1945 puso a España en una encrucijada al ser vista como el último reducto fascista de Europa. Tras los duros años de bloqueo y autarquía, el miedo al comunismo hizo que las potencias occidentales tendieran la mano al dictador y su régimen sufriera un lavado de cara que buscaba suavizar la imagen que se tenía de él en el exterior. Eran los años de los gobiernos tecnócratas, las amistosas relaciones con los Estados Unidos de Eisenhower y las primeras aperturas del régimen al exterior.

El primer caído que entró fue José Antonio Primo de Rivera, un día antes de la apertura del monumento. El fundador e ideólogo de Falange Española fue encarcelado y fusilado al principio de la guerra y sus restos fueron llevados, por orden del régimen, al Monasterio de San Lorenzo del Escorial al terminar la contienda. En 1959, Franco dio orden de que se le volviera a trasladar al Valle donde todavía sigue.

Para que este nuevo valor de reconciliación no fuese simplemente metafórico, el régimen decidió llevar a cabo una curiosa práctica: exhumar las tumbas y fosas de fallecidos de ambos bandos e inhumarlas en la mayor fosa común de España, bajo la cruz del Valle. Esta medida se aprobó en diciembre de 1957 por el Consejo de Obras del Monumento a los Caídos y comenzó a trasladar cadáveres hasta Cuelgamuros en 1959.

Partiendo de los datos oficiales, el Valle de los Caídos pasó a contener los restos mortales de 33.833 personas de ambos bandos provenientes principalmente de Madrid, Tarragona, Zaragoza y Teruel y de los cuales solo 157 eran mujeres. Los cuerpos se extraían de fosas comunes o tumbas señaladas (sin la autorización de los familiares en muchos casos), se trasladaban a la basílica con la colaboración de los monjes benedictinos y se enterraban en los llamados columbarios. Todavía quedan 12.410 personas cuyos restos no han podido ser identificados y, según afirma Queralt Solé en el nº 9 de la Revista de Historia Contemporánea, es más que probable que el número de enterrados en el Valle sea mucho mayor al dado según el registro oficial. La última inhumación tuvo lugar el 3 de julio de 1983.

 

Cuelgamuros tras el 20-N

Desde su inauguración, el Valle de los Caídos funcionó como lugar de culto, como monumento nacional y como escenario estrella para numerosos eventos del régimen. La peculiar arquitectura y la inmensa cruz que corona el Valle lo convirtieron en una atracción turística para nacionales y extranjeros.

Pero si hubo un momento en el que el Valle reunió a más seguidores que nunca en toda su historia fue durante el entierro de Franco. La abrupta muerte de Carrero Blanco en 1973 supuso una breve situación de caos que hizo despertar a las grandes figuras del régimen, que se dieron cuenta de la necesidad de estar preparados para la posible muerte del caudillo y el correcto devenir institucional (la llamada ‘Operación Lucero’).

El dictador murió en 1975 y, ante la ausencia de una voluntad explícita, fue el ejecutivo quien decidió donde descansarían sus restos. La respuesta lógica hubiese sido que Franco fuese enterrado en la basílica de Mingorrubio, en el cementerio del Pardo, junto a Calvo Sotelo, Carrero Blanco, Francisco Franco-Salgado, Luis Gutiérrez Soto o Rafael Leónidas Trujillo. Pero la muerte de Franco debía ser convertida en un momento histórico y por ello, para poder darle un funeral público, se decidió enterrar al dictador en el Valle de los Caídos siendo el único que yacía allí y no había muerto en la Guerra Civil. Tras pomposos velatorios y despedidas, un cortejo fúnebre de más de 100.000 personas (entre las que se encontraba el dictador chileno Augusto Pinochet) se trasladó desde el Palacio de Oriente hasta el Valle de los Caídos.

Imagen: Getty Images.

 

Tras la muerte de Franco y con todos los cambios que trajo la Transición, el Valle de los Caídos se convirtió en el fuerte de los nostálgicos de la dictadura (el llamado ‘búnker’) y celebraba misas en memoria del dictador cada 20 de noviembre. En 1999, un miembro del GRAPO (Grupo Revolucionario Antifascista Primero de Octubre) colocó una bomba en el interior de la basílica que pretendía destruir la tumba de Franco pero que solo causó daños leves.

 

Últimos acontecimientos

Desde entonces, el Valle de los Caídos siguió siendo un lugar controvertido y han sido muchos los proyectos para darle un nuevo significado que no lo asocie con la dictadura franquista. En 2007, el gobierno socialista encabezado por José Luis Rodríguez Zapatero promulgó la Ley de Memoria Histórica en la que dedicaba el artículo 16 al Valle de los Caídos. La ley, promulgada el 26 de diciembre de 2007, establecía que “el Valle de los Caídos se regirá estrictamente por las normas aplicables con carácter general a los lugares de culto y a los cementerios públicos” y que “en ningún lugar del recinto podrán llevarse a cabo actos de naturaleza política ni exaltadores de la Guerra Civil, de sus protagonistas, o del franquismo”. Se pretendía así neutralizar el valor franquista del monumento y hacer que este se limite a su estatus religioso.

En 2018, el PSOE y Pedro Sánchez subieron al poder tras una moción de censura contra el popular Mariano Rajoy. Una de sus principales medidas fue promover la exhumación de Francisco Franco del Valle de los Caídos. Con esta intención se modificó la Ley de Memoria Histórica con un nuevo epígrafe en el que se establecía que “en el Valle de los Caídos sólo podrán yacer los restos mortales de personas fallecidas a consecuencia de la Guerra Civil española, como lugar de conmemoración, recuerdo y homenaje a las víctimas de la contienda”.

Tras conseguir sacar el proyecto adelante y después de una larga discusión con los herederos del dictador y los benedictinos del Valle entre otros, llegando a haber tenido que intervenir el Tribunal Supremo y el Tribunal Europeo, los restos de Francisco Franco fueron exhumados y trasladados a la basílica de Mingorrubio el 24 de octubre de 2019.

Imagen: Getty Images.
Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

Continúa leyendo