Entrevista a la Sociedad Tolkien Española

“El mundo de Tolkien es tan completo y tan poliédrico que podemos perdernos en él “

Hablamos con Mónica Sanz Rodríguez, miembro de la Sociedad Tolkien Española (STE) sobre la obra de Tolkien y su influencia en la literatura fantástica.

Imagen: Tim Hahlganß (Pexels).

 

JRR Tolkien hizo muchas cosas a lo largo de su vida. Combatió en la batalla del Somme durante la Primera Guerra Mundial, fue profesor en la prestigiosa Universidad de Oxford, inventó numerosos idiomas y escribió algunas de las historias más conocidas y universales de la literatura como El Hobbit o El Señor de los Anillos. La fascinación provocada por los cuidados mundos ideados por Tolkien lo ha convertido en un referente mundial y ha hecho que surjan lectores y estudiosos que quieren cuidar la obra del autor. Ahí es donde entra en escena la Sociedad Tolkien Española (STE).

La Sociedad Tolkien Española es una asociación cultural fundada en 1991 cuya misión es estudiar, promocionar y difundir los trabajos del escritor que le da nombre. Debido a la complejidad de su obra, la STE realiza su labor en ámbitos como el estudio de las letras, la mitología, la música, la historia o la literatura. La sociedad se organiza en 15 delegaciones locales por toda España llamadas Smiales (nombre que reciben las casas de los hobbits) en las que sus miembros organizan eventos y actividades de difusión.

Mónica Sanz Rodríguez, conocida como Findûriel en la organización, es vocal de redes sociales y presidenta del Smial de Imladris, sede de Valladolid y Castilla y León. Muy Historia se ha puesto en contacto con ella para, como miembro de la STE, profundizar en la importancia de la obra de JRR Tolkien dentro de la literatura fantástica y su influencia posterior.

Imagen: Sociedad Tolkien Española. 

 

¿Cuál se diría que fue la gran virtud en el estilo literario de Tolkien?

El estilo literario de Tolkien, y por lo que tanta gente se siente apasionada por su literatura, se basa en varios puntos diferentes pero relacionados entre sí. Tolkien cuenta con unos personajes tan redondos en su caracterización, a pesar de ser poco definidos en su aspecto, que terminamos conociéndolos como viejos amigos. Quizá no conozcamos todas las características físicas de Sam ni todo lo que pasa por su cabeza, pero sabemos que es valiente, prudente, sabio y terco. Lo aprendemos a través de sus palabras y sus acciones.

También encontramos que dichos personajes nos son tan cercanos que podemos incluso identificarnos, o identificar a los demás, con ellos. Lo mismo pasa con los paisajes, los grandes temas que aborda la obra o las etapas del viaje. Podemos encontrarnos en pleno esfuerzo por ascender por el Monte del Destino recordando cómo luchamos contra una enfermedad, o sobrecogidos por la belleza de Moria recordando aquel momento en que descubrimos aquella catedral tan hermosa; todo esto, con especies propias creadas por Tolkien, con lugares llenos de historia e identidad, con lenguas que son y suenan lógicas y que transmiten la identidad de los pueblos que las hablan. Su mundo es tan completo y tan poliédrico que podemos perdernos en él, siempre corriendo el riesgo de encontrarnos a nosotros mismos.

 

¿Qué hace a sus obras tan universales?

Ante preguntas como estas, remito a dos puntos. El primero es la fácil identificación de personajes, lugares, hechos o sensaciones con avatares de la vida propia. Y eso sólo es posible a través del segundo punto, el tratamiento de las grandes verdades que hace Tolkien en sus obras, y de la propia praxis de la que hace gala. ¿Y qué grandes verdades son esas? El valor, la amistad, el amor a la naturaleza, la polución, la guerra, la corrupción, la inocencia, el poder, la tolerancia… El lector puede sentir que la obra le habla directamente a él sin tener que depender de dónde, cómo ni cuándo esté situado. Para algunos, los ents reflejarán el dolor de la quema del Amazonas y, si lo leemos dentro de unos años, habrán sucedido cosas diferentes que serán igualmente aplicables

Tolkien siempre defendió que sus obras no eran alegóricas, sino aplicables. Una alegoría se basa en un hecho real del mundo real que se transforma en un hecho imaginario de un mundo imaginario. La aplicabilidad es mucho más complicada de manejar: se trata de hablar de grandes verdades de la existencia de forma que cualquier persona pueda identificarlas y sentirse dentro de la historia.

 

Fue contemporáneo y amigo de C. S. Lewis, autor de ‘Las Crónicas de Narnia’. ¿Cómo se influyeron mutuamente?

Fueron grandes amigos y compañeros de trabajo, aunque muchas veces anduviesen a la gresca. Discutían bastante por temas religiosos e ideológicos, pero por ello mismo se enriquecían el uno al otro y se provocaban la reflexión. Lewis sí usaba la alegoría, las propias Crónicas de Narnia son alegoría pura, pero no por ello son menos válidas y siguen conmoviendo a miles de niños generación tras generación.

También compartían sus escritos, así como con el resto de amigos que componían los Inklings, el club informal del que formaban parte. Cierto es que algunos miembros estaban cansados de los ‘cuentecillos de elfos’ de Tolkien, pero Lewis y Tolkien siempre se sintieron como dos ovejas negras en el mundo que les había tocado vivir, interesados en temas que a nadie importaban y escribiendo sobre cosas que parecían pasadas de moda o simplemente inútiles para los demás académicos y el mundo literario del momento.

Imagen: Wikimedia Commons.

 

Tolkien comparte con Lewis uno de los primeros borradores de su historia de Beren y Lúthien, y es él quien lo anima a desarrollar ese mundo literario. Fueron básicamente su curiosidad y su entusiasmo los que hicieron que Tolkien desarrollase su Tierra Media viéndola con ojos literarios y filológicos, y no como una afición. Fue oyente de gran parte de los escritos de su amigo y el mismo Tolkien nos deja numerosas menciones a Lewis en sus Cartas, de J.R.R. Tolkien (editadas por Humphrey Carpenter). Me gustaría citar la Carta 276 que dirige a Richard Plotz, presidente (Thain para ser más exactos) de la Tolkien Society of America:

«La deuda impagable que tengo con [Lewis] no es la ‘influencia’, como generalmente se la entiende, sino el mero aliento que me daba. Fue durante mucho tiempo mi única audiencia. Solo por él concebí la idea de que mi ‘material’ podía ser algo más que un hobby privado. Si no hubiera sido por su interés y su incesante ansiedad por saber más de él, nunca habría acabado El señor de los anillos».

 

¿Qué otros autores podrían comparársele en cuanto a nivel de detalle y complejidad en sus mundos?

Aquí quizá entramos en el terreno de la apreciación personal. Para otras personas es muy posible que la respuesta sea diferente, pero ya que se ha formulado voy a dar mi opinión.

La primera autora que se me viene a la mente es Ursula K. LeGuin, una autora que ha tocado tan variados temas y de una forma tan magistral (desde la ciencia ficción hasta la fantasía, pasando por la poesía o el ensayo) que es capaz de sumergir a los lectores en multitud de universos de un modo muy natural. Los aspectos culturales de sus obras recuerdan al interés que Tolkien tenía por los detalles de sus pueblos ficticios, que abarcaban desde la lingüística hasta las artes decorativas.

También hay mucho de Tolkien, aunque de un modo muy distinto, en Terry Pratchett. El espejo convexo que fueron sus novelas de Mundodisco se convirtió en una forma deformada, crítica y humorística de hablar de la realidad, de los prejuicios, de los cuentos de hadas o incluso de obras literarias. Hay mucho humor en Pratchett, pero también mucha reflexión, crítica, sociología y sarcasmo. Sus personajes son entrañables, siendo a su vez versiones de personajes que parece que conocemos de siempre y que nos hablan de esa verdad a través de una lente muy particular.

Por último, me gustaría mencionar a Andrzej Sapkowski. Su producción literaria sobre el brujo Geralt de Rivia está sumergida en un mundo repleto de reminiscencias de lo que una vez fue Europa, a través de su prisma personal, y de lo que siguen siendo las zonas en conflictos o los suburbios y bajos fondos de nuestras propias urbes en la actualidad. Sus realidades y verdades son también aplicables a nuestro mundo, y muchos de sus personajes no dejan de ser seres sencillos, supervivientes del día a día en un mundo hostil. Se suceden las tramas políticas, el juego sucio y los tratos indignos, conformando una subcultura propia circunscrita a su vez en distintas culturas formadas por sus propias leyes, territorios y conflictos.

Imagen: iStock Photos.

 

¿En qué se ve la influencia de la obra de Tolkien en la literatura fantástica? ¿Se ha extendido a otros ámbitos como el cine?

Podría escribirse mucho sobre la influencia de Tolkien en la fantasía y ciencia ficción después de la publicación de sus obras. Tolkien no inventó la literatura fantástica, pero sí que aportó ciertos tropos que hemos visto repetidos en muchas obras fantásticas posteriores. Quizá los más notables sean los elfos, los hobbits y los orcos.

Los elfos como criaturas antropomórficas, de una belleza etérea, capaces de la guerra más cruenta o de la poesía más hermosa, seres ‘inmortales’ que actúan como maestros y fuente de sabiduría y habilidad, se los debemos a Tolkien. Él los creó inspirado por ciertas expresiones anglosajonas relacionadas con la belleza y el encantamiento (que no tienen que ver con los ylfe mencionados en Beowulf). En un principio utilizó el término gnomo (relacionado con el ‘gnomus’ latino, el conocimiento) pero fue descartado a favor de los elfos. Así que los elfos guerreros, hermosos y valientes que leemos en muchas obras literarias fantásticas, sean benévolos o no; los elfos que escogemos en los juegos de rol, o los elfos que jugamos en los videojuegos, se deben a Tolkien. Pasa algo parecido con los hobbits, los ‘medianos’ o ‘halflings’ de tantas y tantas obras, y con los orcos tal y como Tolkien los escribe y entiende, que hoy en día pueblan las pantallas y las páginas de libros, cómics y manuales de rol.

Ejemplo de lenguaje élfico (quenya). Imagen: Wikimedia Commons.

 

Muchas obras literarias posteriores se han servido de los conlangs (lenguas artificiales) como vehículo de la cultura de sus pueblos. Tengan estas sentido y gramática o no, dotan a los pueblos fantásticos de una identidad propia y misteriosa, de cierto tipo de encantamiento en su pronunciación que nos puede remitir al exotismo o incluso a la magia. Si bien Tolkien no es el primer creador de un conlang, sí podría decirse sin lugar a dudas que es quien inspiró esa necesidad lingüística en las obras de fantasía y ciencia ficción, tanto literarias como televisivas o fílmicas, incluso en el mundo de los juegos.

 

Muy Historia agradece a la Sociedad Tolkien Española y a Mónica Sanz Rodríguez su ayuda y colaboración en la realización de esta entrevista.

Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

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