Huellas del pasado. Glorias del viejo mundo

Muy Interesante


Desde el Paleolítico, ese extensísimo período artístico de la Prehistoria tanto en lo que se refiere a su extensión geográfica como en lo temporal -se desarrolló entre hace 35.000 y 10.000 años-, Europa y el cercano Oriente han sido el escenario de un desarrollo cultural apabullante. Sin embargo, quizá ha sido la época grecorromana, especialmente durante el milenio que abarca desde el año 500 a. de C. hasta el año 500 de nuestra, la que ha dejado las huellas más profundas en la personalidad europea. Se trata de un hecho evidente ante la contemplación de los innumerables monumentos y obras de arte que han llegado hasta nuestros días. De todo lo que se consiguió entonces, de entre las grandes obras maestras de la arquitectura, la escultura y la ingeniería civil de aquel Antiguo Mundo que se diluyó en las sombras de la Edad Media según transcurrían los siglos, hemos seleccionado algunas instantáneas del pasado que nos ofrecen un excepcional punto de vista para admirar sus logros.

Huellas del pasado. Glorias del viejo mundoPalmira Oasis caravanero. Siglo I a. de C. - III de nuestra era
En el interior del desierto de Siria, punto obligado de paso entre las ciudades de la costa mediterránea y las situadas a orillas de los ríos Éufrates y Tigris, la ciudad de Palmira se convirtió en un verdadero tesoro para las caravanas que unían el Próximo Oriente con las tierras y culturas del Asia Central. Tras ser conquistada por Pompeyo Magno a mediados del siglo I a. de C., aquel enorme oasis, cuyo palmeral -al que debe su nombre- era alimentado por un impresionante manantial de agua, alcanzó una gran prosperidad económica y cierto grado de autonomía dentro del Imperio Romano, del que se convirtió en su límite y frontera oriental. La arquitectura de Palmira muestra claramente una mezcla de estilos. Por un lado, el grecorromano, representado por edificios en piedra perfectamente trabajada repletos de detalles decorativos. Por otro, los de origen oriental, como la misma planta de la ciudad, desarrollada en torno a una gran calle central que forma un inmenso eje. Esa calle principal, de casi seis kilómetros de longitud, estaba encabezada por un arco monumental trazado al modo de los arcos triunfales romanos y flanqueada en toda su longitud por una magnífica doble columnata de gran altura que daba acceso a los principales edificios públicos de la ciudad. En el siglo III, gobernada por la reina Zenobia, el poder de Palmira se extendió a las regiones vecinas. Tras el asesinato de su marido, en el que supuestamente participó, aquella "Cleopatra de Siria" consiguió el apoyo de los persas, intentó llevar su influencia a Asia menor y Egipto y se declaró independiente del Imperio Romano. El emperador Aureliano decidió a acabar con sus pretensiones y encabezó un ejército que tras una serie de enfrentamientos acabó derrotándola estrepitosamente hacia 272. La ciudad, primero arrasada por los romanos y siglos después por los árabes, nunca recuperó el esplendor de antaño.


Huellas del pasado. Glorias del viejo mundoLa tumba de Antíoco Colosos en Nimrud. Siglo I a. de C.
Uno de los lugares arqueológicos más fascinantes de Turquía es el monte Nimrud, al sureste del país, en el corazón de la antigua Commagene. Este reino, que fue fundado en el siglo I a. de C. por Mitrídates I, alcanzó su esplendor con Antíoco I, que gobernó entre 62 y 32 a. de C. A su muerte se levantó para él una gran tumba en lo alto de una montaña aislada y sin vegetación. Su cumbre, situada a 2.500 metros de altitud, se elevó aún más con un túmulo de 50 metros de altura y 150 de diámetro formado por una acumulación de piedras del tamaño de un puño. Tres terrazas excavadas en la roca servían para los rituales en honor del monarca difunto, que se creía descendiente del rey persa Darío I y de Alejandro Magno. No muy lejos se elevaban las estatuas de varias divinidades en cuyas cabezas aún se aprecia una mezcla de estilos helenísticos y orientales, con rostros griegos y diademas y tiaras persas. Los propios dioses mantienen esa mezcla de Oriente y Occidente. Flanqueando a Antíoco se alza una representación de Apolo-Mitra-Sol-Hermes; otra de la Fertilidad; otra de Zeus Oromasdes y otra de Herakles-Artagnes-Ares, que unía en la misma persona a Hércules con los dioses de la guerra Ares y Artagnes. La monumentalidad de los restos confundió durante siglos a los pueblos que se asentaron posteriormente en la región. Los de origen cristiano llegaron a pensar que el santuario había sido alzado por el legendario Nemrod del Antiguo Testamento, el mismo que ideó la Torre de Babel, así que llamaron a la montaña Nemrud. En 1881, el alemán Karl Sester redescubrió las ruinas. Desde entonces, los arqueólogos intentan penetrar en sus misterios, alentados por unas inscripciones que afirman que bajo el túmulo se oculta la tumba de Antíoco. Sin embargo, ni los antiguos romanos ni los especialistas modernos han dado con ella, quizá porque, como algunos expertos sospechan, está excavada en la roca de la montaña y no en el interior de la colina de piedras.


Huellas del pasado. Glorias del viejo mundoÉfeso romano La capital de Asia. Siglo II
Tras una larga historia como ciudad griega, una de las más importantes de la antigua Jonia, Éfeso se convirtió en la capital de la provincia romana de Asia, desde su conquista hasta la crisis del siglo III de nuestra era. Allí se levantaba la que era una de las maravillas de la Antigüedad, el templo de Ártemis, incendiado por un pirómano que quería pasar a la historia en la misma noche en que nacía Alejandro Magno, en 356 a. de C.

Pero entre sus múltiples monumentos, Éfeso atesora un pequeño templo, casi una miniatura, que por sus novedosas características inspiró toda una corriente constructora en la región. Y es que aunque a las columnas de su fachada se superponía un frontón, como ocurría hasta entonces en cualquier otro templo griego o romano, sus constructores decidieron colocar un arco sobre las dos columnas centrales y coronar el frontón con una imagen de la diosa Tyché, patrona de la ciudad.

En la inscripción del arquitrabe se nos dice que un tal P. Quintilio dedicó el monumento a la memoria de Adriano (117-138), una forma muy común en Oriente de congraciarse con los romanos y conservar su apoyo u obtener favores especiales del emperador. De hecho, en las inscripciones monumentales de Éfeso se menciona en varias ocasiones la importancia del cargo de "guardián del templo", en clara alusión al papel del culto al emperador. En este caso, la estatua con la imagen de Adriano, convertida en un objeto digno de adoración, ocupaba casi todo el espacio del interior. La fachada con frontón y arco combinados tuvo tanta aceptación en la arquitectura romana que fue copiada en numerosas ocasiones, especialmente en la parte oriental del Imperio.


Huellas del pasado. Glorias del viejo mundoPont du Gard. Ingenio y belleza. Siglos I a. de C. y I de nuestra era
Entre las principales aportaciones del mundo romano se encuentran, sin duda, las obras públicas, especialmente aquellas destinadas a aprovisionar las ciudades de agua. Poco importaba que los manantiales estuviesen alejados del núcleo urbano; para resolver el inconveniente estaba el aquae ductus o conducción hidráulica. Bajo esta denominación se incluía toda la instalación, desde su inicio en una presa hasta el traslado de agua por medio de un canal que debía perder altura poco a poco y de modo uniforme, de forma que el líquido se trasladase por su propio peso. Cuando se interponía un impedimento insalvable se excavaba un canal, llegándose a taladrar túneles por los que una persona podía incluso caminar erguida. Si el terreno bajaba demasiado, el canal se disponía sobre un muro o sobre arcos, y si el obstáculo era mayor, el acueducto se convertía en un verdadero puente.

El mayor y más conocido de todos los acueductos-puente del Imperio romano es el Pont du Gard, que formaba parte de la conducción hidráulica que atravesaba el río Garda y abastecía de tan preciado elemento la antigua Nemausus, hoy Nimes. Esta obra, emprendida por Agripa, yerno del emperador Augusto, a fines del siglo I a. de C., constituye el mejor ejemplo del avance tecnológico alcanzado por los romanos. De hecho, un cálculo reciente ha establecido que sus dimensiones y su técnica de construcción se hallan muy cerca de los valores que un ingeniero moderno daría a un acueducto hecho con los mismos materiales, con casi los mismos umbrales de seguridad, y todo ello, sin renunciar al indudable valor artístico del monumento.


Huellas del pasado. Glorias del viejo mundoSicilia clásica. La isla santuario. Hacia el siglo VI a. de C.
Alo largo del siglo VIII a. de C., los griegos emprendieron una de las mayores aventuras de su historia: la colonización del Mediterráneo. Las ciudades-estado, abrumadas por una inaguantable presión demográfica, se vieron obligadas a buscar una salida para la población sobrante. Así pues, los griegos se convirtieron en emigrantes que buscaron tierras idóneas donde establecerse y fundar nuevas ciudades, dependientes, en principio, de las que habían partido. El éxito de este mecanismo llevó a los griegos a extenderse por todas las costas del Mediterráneo, el mar de Mármara y el Mar Negro, desde la Península Ibérica hasta Crimea y desde la Costa Azul francesa hasta la desértica Libia. Un territorio especialmente mimado por la colonización griega fue la isla de Sicilia, gracias a sus excelentes posibilidades económicas, su rica agricultura y su más que idónea situación en las rutas comerciales.

Selinunte, fundada a fines del siglo VII a. de C. al oeste de la isla, fue una de sus ciudades más prósperas y extensas, al menos hasta el año 409 a. de C., cuando fue destruida durante las guerras que la enfrentaron a los cartagineses, competidores de los griegos en los mercados. La riqueza de sus ciudadanos tuvo como máximo exponente los templos. Llegó a tener hasta siete de ellos, hoy conocidos por sus respectivas letras del alfabeto, ya que es difícil precisar con exactitud a qué dioses estaban dedicados. De entre todos destaca el G, un colosal edifico atribuido al culto de Apolo que fue empezado a construir hacia el año 520 y que aún no se había terminado en el momento de la caída de Selinunte a fines del siglo V a. de C. Sus proporciones -una base de 113x54 metros y cerca de 30 metros de altura- convierten a este templo en uno de los más grandes de todo el mundo griego, muy por encima del Partenón (de unos 70x 31 metros en la base), aunque parecido a éste por tener una fachada octástila, es decir, con ocho columnas. Al ser tan amplia la duración de sus obras, se fueron transformando las columnas según iba pasando el tiempo, por lo que sus capiteles son diferentes entre sí, adaptándose a la evolución de la moda arquitectónica.

Precisamente, un buen ejemplo del orden dórico canónico también se encuentra en esta misma isla, si bien en la costa meridional. Allí, en la localidad de Agrigento, la antigua Akragas -fundada en el año 582 a. de C.-, se mantiene casi intacto el templo llamado "de la Concordia", uno de los más representativos de Sicilia. Su solidez -fue una de las pocas construcciones que aguantó en pie tras un terremoto que asoló la región en el siglo X- y el continuo uso que se ha dado a este edificio -a finales del siglo VI fue convertido en una iglesia- explican su buen estado de conservación.


Huellas del pasado. Glorias del viejo mundoBisontes de d?Audoubert. En el origen del arte. Hace unos 14.000 años
Una tarde de principios de octubre de 1912, los tres hijos del conde Bègouën decidieron explorar una cueva en las posesiones paternas de Tuc d?Audoubert, en la región de Ariège, situada en los Pirineos centrales franceses. Al fondo de la caverna, no muy lejos de unas enigmáticas huellas que resultaron ser de humanos prehistóricos, descubrieron unas soberbias tallas apoyadas en un saliente rocoso del suelo que representaban con gran realismo dos bisontes. Su situación, a unos 900 metros de la entrada de la gruta, y las adecuadas condiciones de temperatura y humedad las habían conservado perfectamente durante unos catorce milenios. La pareja de animales -una hembra a la que sigue un macho- constituye un magnífico ejemplo de los inicios de la escultura: con el barro de la cueva, un anónimo artista del Paleolítico labró a base de cortes y arañazos dos espléndidos ejemplares de Bison bonasus, el bisonte característico de la Europa de los hielos, más pequeño que su pariente cercano, el bisonte americano. Sus rasgos escuetamente marcados, pero bien definidos en sus detalles -el hocico, los ojos, la crin, los cuernos, la típica joroba y la cortina de pelo de debajo del cuello y de la cabeza-, permiten diferenciarlo sin ningún género de dudas de otros bóvidos. Se trata del animal que, tras el caballo, más veces se ha representado en el arte rupestre europeo del Magdaleniense, el período de apogeo del arte paleolítico -entre hace 15.000 y 9.000 años-, cuya máxima expresión se halla en la sala central de la cueva de Altamira, la Capilla Sixtina del arte cuaternario. Unos pequeños puntos marcados sobre los cuerpos de los bisontes de Tuc d?Audoubert han sido interpretados como heridas de armas arrojadizas producidas durante una cacería ritual, lo que ha llevado a algunos autores a pensar que estas imágenes fueron ideadas con un sentido simbólico, es decir, como los ídolos de una especie de rito mágico que propiciaría la caza de estos animales.


Jacobo Storch y Abraham Alonso

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Etiquetas: Paleolítico, Paleontología, Prehistoria

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