El hombre de galera

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Los científicos han encontrado en Granada los restos momificados de un hombre y un niño de la Edad del Bronce. Estamos ante el hallazgo arqueológico más importante de los últimos tiempos.


Mientras comenzaban a apartar el muro de piedra que sella la sepultura identificada con el número 121, ninguno de los arqueólogos presentes en la excavación imaginó que estaban horadando un formidable túnel a la Prehistoria. Con suerte, esperaban encontrar en la tumba los restos esqueléticos de un individuo de la cultura de El Argar, que ocupó el Mediterráneo occidental, en concreto las provincias de Almería, Murcia, gran parte de Granada, Jaén y Alicante, en la Edad del Bronce, hace entre 4.000 y 2.700 años.

No sería la primera vez. En campañas anteriores, el yacimiento de Castellón Alto, que está situado en el municipio granadino de Galera, dentro del altiplano Baza-Huéscar, había sido bastante generoso. Desde la primera excavación efectuada en 1983, los arqueólogos han documentado unas 130 sepulturas y rescatado los restos óseos de al menos 120 personas, además de abundantes ofrendas funerarias y vestigios de materia orgánica, como semillas, pólenes, carbones, coprolitos -o sea, excrementos fósiles- de animales domésticos y maderas. Pero al iluminar el interior de la 121 con una linterna, a través de una pequeña oquedad practicada en la roca, los arqueólogos fueron incapaces de contener la emoción.

Ante sus ojos aparecía el cuerpo parcialmente momificado de un hombre con una enorme mata de pelo arrollada en un brazo y rodeado por un copioso ajuar funerario. La segunda sorpresa surgió tras inspeccionar la zona anterior derecha del sepulcro. Próximo a la espalda de la momia yacía el esqueleto de un niño, también semimomificado, de cabello oscuro y peinado hacia delante para formar en la frente un simpático flequillo.

El excepcional hallazgo, que tuvo lugar a finales de noviembre de 2002, "constituye uno de los más relevantes descubrimientos antropológicos cosechados en España durante las últimas décadas", según Fernando Molina, codirector de la excavación y catedrático del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada. Es más, se puede afirmar sin miedo a equívocos que la momia de Galera se erige como los restos humanos más antiguos y mejor conservados de la Prehistoria, después del hombre de Ötzi. Esta momia congelada, que tiene una antigüedad de 5.000 años, fue descubierta en 1991 por un grupo de excursionistas cerca del paso de Tisenjoch, en los Alpes de Otzal.

Con el propósito de evitar el deterioro de la momia al entrar en contacto con el aire actual, los arqueólogos de Granada sellaron inmediatamente la sepultura. Después, el reto estaba en acceder a los cuerpos sin causar alteraciones en la materia orgánica preservada durante 3.500 años. La tarea no era sencilla, debido a la especial localización del doble enterramiento.

"Siguiendo las costumbres funerarias de la cultura de El Argar, que recibe el nombre del yacimiento ubicado en la comarca almeriense del Bajo Almanzora, las sepulturas de Castellón Alto fueron construidas dentro de las propias viviendas", comenta María Oliva Rodríguez, codirectora de la excavación y profesora de la Universidad de Jaén. Vivos y muertos compartían un mismo espacio físico en los poblados argáricos. "Desarrollaron -dice el profesor Molina- un sentimiento religioso mucho más elaborado que sus antepasados de la Edad del Cobre. Aquellas gentes no sólo rendían a sus difuntos cultos rituales relacionados con las creencias relativas al más allá, sino que también llegaban a venerarlos como antepasados notables, manteniéndolos en el propio hogar." Quizás esta costumbre se instauró para simbolizar de una manera directa la ascendencia que algunos vivos mostraban con orgullo y para fijar la relación de poder, sobre todo cuando las familias forman parte de la élite y se transmiten por herencia sus categorías social y económica. Recordemos que la argárica era una cultura que destaca por su acusada jerarquización social, como veremos más adelante.

En Castellón Alto, las tumbas, salvo las inhumaciones infantiles en urnas funerarias o pithoi, son fosas verticales excavadas en el suelo y con más frecuencia covachas artificiales practicadas normalmente en la pared posterior de las cabañas. Una abertura con forma de huevo da paso a una pequeña cueva de planta oval no más grande que un plato de ducha donde se coloca al difunto en posición fetal junto al ajuar funerario.

"La mayor parte de estas covachas eran selladas con grandes losas que se calzaban con piedras y a veces se les anteponía un murete de piedras sujetas con yeso. En ocasiones, las losas de piedra eran sustituidas por tablones o troncos de pino", dice la profesora Rodríguez.

La ubicación de las sepulturas en la parte trasera de las casas no era casual y se explica por la especial arquitectura urbanística de la cultura de El Argar. Efectivamente, los asentamientos argáricos aparecen ubicados casi siempre en las laderas de los cerros con fuertes defensas naturales y cercanos a fuentes de agua. El poblado de Castellón Alto no es una excepción. "Fue levantado sobre un escarpado espolón o cabezo con tres terrazas naturales y en la ladera del cerro contiguo, desde donde se domina la fértil vega del río Castilléjar", explica el profesor Molina. Y añade: "Con el fin de optimizar el espacio habitable, los lugareños procedieron a cortar la roca virgen de las terrazas y laderas naturales, separadas por altos escarpes, para construir diversas plataformas horizontales y escalonadas". Fue en estos terrenos robados al cabezo donde edificaron las hileras de viviendas a lo largo de la pendiente. De este modo, el muro trasero de la casa, que normalmente discurre paralelo al de la fachada, revestía el talud de roca que, a su vez, servía de nicho para los difuntos.

En concreto, la sepultura de la momia andaluza apareció en una de las viviendas de la terraza inferior del poblado que, por cierto, reposa sobre una vieja mina de yeso. "Nuestra primera intención fue extraer un cubo de roca que contuviese la tumba, para completar la excavación en la universidad. Pero la estrechez de las callejuelas y la orografía accidentada del cerro impedían el acceso de la maquinaria necesaria para cortar y sacar el bloque rocoso. La alternativa fue construir una caseta que hiciera las veces de laboratorio improvisado y que nos permitiera acceder a la momia en unas condiciones óptimas de seguridad", explica el profesor Molina.




Tras instalar en el recinto los sistemas de refrigeración y los equipos de medición de los parámetros ambientales, comenzó la tarea de excavación. Al retirar el muro de mampostería, los arqueólogos se toparon con tres tablones de madera perfectamente escuadrados recubiertos por una capa de barro. "Los tableros eran de pino salgareño y para su montaje usaron ingletes y otras piezas de encina y taray. Eran magníficos carpinteros", comenta la profesora Rodríguez.

No cabe duda de que el esmero con el que se tapió la sepultura permitió que el cadáver quedase encerrado en una especie de recipiente hermético, lo que impidió la filtración de tierra. "Esto, unido a la gran sequedad ambiental, favoreció la confluencia de unas condiciones excepcionales de conservación de la materia orgánica", afirma el profesor Molina. Los restos parcialmente momificados del adulto y el pequeño ofrecen a los científicos la excepcional oportunidad de conocer cómo vivíamos hace 3.500 años.

"En una primera aproximación, las dimensiones de la tumba nos indicaba que ésta no fue construida para el niño", dice este arqueólogo. "Así es, su cadáver se desenterró de su sepultura original para ser colocado junto al del adulto. La disposición de sus huesos me hace pensar que el pequeño, que ya estaba parcialmente momificado, fue transportado envuelto en una bolsa o fardo de tela. Éste podría estar confeccionado con lino, pues hemos encontrado restos de este tejido pegados al cráneo del infante", explica el profesor Miguel Botella, director del Departamento de Antropología Física de la Universidad de Granada.

"La reubicación del niño podría obeceder a motivos familiares, esto es, que resultara ser el hijo del difunto; o porque la tumba del pequeño tuviera que ser destruida debido a problemas de espacio para excavar la del padre", señala el profesor Molina. ¿Pero quién era este andaluz del Bronce?

Con seguridad, la respuesta se halla en el apenas metro cuadrado del recinto sepulcral. El estudio del ajuar funerario y los restos de vestimenta aporta datos imprescindibles para conocer el estatus social del individuo. Y el análisis de los huesos y los tejidos corporales momificados habla sobre su sexo, aspecto físico, salud, época de la muerte y parentesco con el niño o niña. "No podemos determinar su sexo a partir de los huesos, ya que los rasgos que lo definen no aparecen en el esqueleto hasta la pubertad. Aun así, algunos indicios nos hacen sospechar que estamos ante unos restos femeninos", dice la doctora Sylvia Jiménez, del Departamento de Antropología Física. Pero este misterio no durará mucho, confiesa José Antonio Lorente, jefe del Laboratorio de ADN de la Universidad de Granada. El análisis genético de muestras de tejido tomadas de la momia infantil no sólo determinará su sexo, sino que esclarecerá qué parentesco tiene con su acompañante a la otra vida, del que también se extraerá el ADN.

Los científicos ya han recopilado algunos detalles interesantes del pequeño. En palabras de la profesora Rodríguez, "el niño, de pelo corto, oscuro y peinado hacia delante, tenía un brazalete de bronce en cada antebrazo y tres cuentas de collar. Y, además de los mencionados fragmentos de tejido de lino, hemos hallado restos de un posible gorro de lana tejida recubierta de cuero".

Por su parte, los antropólogos han determinado que su edad era de 4 años y que enfermó cuando sólo tenía dos. "En las coronas de los primeros molares permanentes, que emergen a los 6 años y que en el niño aún se hallan dentro de la mandíbula, se aprecia una banda de hipoplasia o adelgazamiento del esmalte dental", explica la doctora Jiménez. Esta marca en la pieza dental indica que sufrió un proceso infeccioso, una deficiencia nutricional u otro problema relacionado con alteraciones en el crecimiento del esmalte. "El hecho de que sólo aparezca una banda nos indica que se recuperó", precisa la doctora Jiménez. Ahora bien, 24 meses después el niño falleció. "Desconocemos -dice la especialista- el motivo de su muerte. La ausencia de traumatismos sugiere que tuvo que ver con una patología infecciosa, puesto que en tiempos pasados las infecciones suponían el 90 por 100 de las causas de defunción."

Hasta ahora, los científicos tampoco han conseguido determinar de qué murió el adulto. Tal vez nunca se sepa. Sin embargo, la ciencia moderna cuenta con herramientas sofisticadas para sonsacar información a la momia. Por ejemplo, el profesor Botella estima que falleció en pleno verano: "He encontrado en el pelo de la momia cristales de yeso que quizás se formaron a causa de una fuerte evaporación que sólo pudo ocurrir en la época estival". Si está o no en lo cierto lo dirá el estudio de la fauna cadavérica asociada a la sepultura. Los insectos y artrópodos permiten a los entomólogos forenses determinar con una precisión asombrosa la época de la muerte, según la investigadora Ana María García, de la Comisaría General de la Policía Científica, en Madrid, que ha recibido una muestra de los vestigios entomológicos presentes en la momia.

Por otro lado, el análisis del contenido intestinal revela que el hombre de Galera sufría de lombrices estomacales. El doctor José Gutiérrez, del Departamento de Microbiología de la Universidad de Granada, ha identificado un tricocéfalo (Trichuris trichiura), cuyas larvas se adhieren a la mucosa del ciego y causan hemorragias. Y su colega, la doctora Trinidad Escobar, acaba de detectar en el cuero cabelludo momificado un hongo dermatófito. Pero ni éste ni el parásito intestinal mató al inquilino de la 121.

De lo que no cabe duda es de que el hombre murió relativamente joven. "Era un varón narigudo, de complexión grácil y más bien bajo -no sobrepasó el 1,60 de altura-, que tenía entre 27 y 29 años en el momento de la muerte", señala la doctora Inmaculada Alemán, del Departamento de Antropología Física. "Como nota curiosa de su constitución física hay que señalar que tenía unos brazos bastante largos en relación con el resto de las dimensiones corporales. Este particular detalle también se aprecia en el niño, lo que está indicando que éste era su vástago", añade el profesor Botella.

Otro rasgo sobresaliente de la momia de Galera era su enorme melena, que le alcanzaba la cintura. "Al difunto se le peinó con dos trenzas laterales y una coleta central recogida por un coletero compuesto de varias cuentas de piedra. La gran coleta de caballo está deshecha y la encontramos arrollada sobre el brazo y el antebrazo, que estaban flexionados. La momia también conserva restos de pelos de la barba, así como de vello corporal, todavía adheridos a la piel", dice este antropólogo.

De las vestimentas con que fue ataviado para el ritual funerario no se puede decir mucho, pues la mayor parte de los tejidos ha desaparecido. "Posiblemente, le enfundaron un gorro y unos pantalones ceñidos, sin que podamos precisar más detalles. Es de resaltar la aparición de una redecilla, confeccionada con cuerda de esparto, que se encuentra liada en la pierna derecha y junto a la que aparecen posibles restos de lana", señala el profesor Molina. Esta especie de espinillera, rellena de trapos, serviría para amortiguar golpes y presiones en la pantorrilla.

Mediante análisis microscópico, el profesor Botella ha comprobado que la lana se encuentran siempre sobre los restos de lino. "La lana ?añade el antropólogo- no está tricotada, sino que sus fibras aparecen formando una suerte de fieltro. Creo que la momia fue envuelta fuertemente en un sudario. En cierto modo, el muerto estaría liado como un caramelo." Esto explicaría la postura fetal tan forzada que presenta la momia y que es imposible de lograr de forma natural. "¡El fémur está paralelo a la columna vertebral! El cadáver tuvo que ser colocado en esta posición en las dos primeras horas tras el fallecimiento o esperaron a que pasaran 36 horas. En el espacio de tiempo intermedio, la rigidez cadavérica impide articular el cuerpo", dice el profesor Botella. "No hay lugar a dudas: cuatro personas hemos sido incapaces de colocar un cadáver actual en la misma posición que la momia de Galera", añade la doctora Alemán.

Por último, los arqueólogos están estudiando el ajuar funerario, que en la cultura de El Argar adquiere un especial significado: las tumbas de los siervos y gente humilde aparecen casi vacías, mientras que las de alta alcurnia contienen elementos casi exclusivos. "Los objetos hallados en la tumba aportan valiosísismos datos sobre la clase social y el sexo del difunto", comenta el profesor Molina. "Pensamos -continúa- que nuestra momia fue un individuo de clase social media alta. Posiblemente perteneció a la élite del poblado, que vivía en la acrópolis, pero sin llegar a tener una relevancia especial." Como adornos personales llevaba un par de anillos de plata en los dedos índice y corazón de la mano izquierda, y brazaletes de cobre. "También hemos encontrado un puñal del mismo metal con restos de cuero en la vaina y un hacha de cobre con mango de encina que, por la forma de estar insertado, se emplearía como azuela", comenta la profesora Rodríguez.

"Al lado de la momia, sus seres queridos colocaron cuatro vasijas de cerámica típicas de la cultura de El Argar: una copa, que probablemente contenía algún tipo de perfume; una olla para líquidos, quizás mosto de uva; y dos vasijas donde con seguridad se depositaron alimentos", dice el profesor Molina. Y concluye: "Ahora es cuando comienza el estudio exhaustivo de este maravilloso hallazgo arqueológico, que va a permitir conocer mucho mejor cómo eran y vivían las gentes en la Edad del Bronce".


Enrique M. Coperías

Etiquetas: Arqueología, Edad de Bronce, Historia de España

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