¡Que le corten la cabeza!

El 19 de mayo de 1536, Ana Bolena murió decapitada tras ser condenada por adulterio, incesto y traición.

Bolena
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Con permiso de su marido –Enrique VIII–, su hija –Isabel I– y la hermanastra de ésta –María Tudor–, podría decirse que la Tudor más “mediática” es Ana Bolena: aparte de decenas de novelas y biografías (y una ópera de Donizetti) dedicadas a su figura, ha aparecido como personaje en más de 60 obras audiovisuales, entre películas y series de televisión. Entre sus intérpretes más notables, Merle Oberon en La vida privada de Enrique VIII (1933), Vanessa Redgrave en Un hombre para la eternidad (1966), Geneviève Bujold en Ana de los mil días (1969), Dorothy Tuttin en Las seis esposas de Enrique VIII (1970, TV), Natalie Portman en Las hermanas Bolena (2008) y Natalie Dormer en la excelente serie Los Tudor (2010).

No es de extrañar, pues su vida y muerte es de esas que no dejan indiferente a nadie. Nacida en 1501 o 1507 –los historiadores no se ponen de acuerdo–, Anne Boleyn (su nombre en inglés) era hija del conde de Wiltshire, miembro de una de las familias más respetables de la aristocracia inglesa; la versión de que los Bolena eran comerciantes es un bulo sin fundamento. De hecho, fue gracias a la buena fama de su padre como diplomático de los Tudor –primero de Enrique VII y después de su hijo y sucesor– como Ana y sus hermanos María y George lograron medrar en la corte. Ana primero fue dama de honor de Margarita de Austria y en 1522 pasó a serlo de Catalina de Aragón, primera esposa de Enrique VIII.

El resto es Historia. El Rey, que había sido amante por un tiempo de María Bolena, se encaprichó de Ana, pero ella se negó –según algunos por virtud, según otros por ambición– a acostarse con él por ser hombre casado. Enrique, que andaba dándole vueltas a la idea de deshacer su matrimonio con Catalina por la incapacidad de ésta de darle un heredero varón sano, solicitó entonces la nulidad a la Santa Sede. La negativa del Vaticano a concederla desató un proceso de luchas políticas y religiosas, intrigas palaciegas y rivalidades sucesorias que culminaría en 1533 con el cisma entre la Iglesia anglicana (protestante) y la católica, el repudio de Catalina de Aragón y la boda de Ana Bolena con Enrique VIII.

Pero la nueva reina iba a caer en desgracia por los mismos motivos que su predecesora: la falta de herederos varones y la naturaleza insaciable y caprichosa de su marido. Ese mismo año, el 7 de septiembre, Ana dio a luz a una niña (que reinaría como Isabel I de Inglaterra y sería uno de los monarcas ingleses más influyentes de todos los tiempos); luego sólo tuvo varios abortos. Enrique VIII no tardó en sustituirla en su corazón y su lecho por Jane Seymour, que más tarde sería su tercera esposa. El conflicto estaba servido y Ana empezó a temer un inminente divorcio, pero la aguardaba algo mucho peor. Se la acusó –casi todas las fuentes afirman que falsamente– de adulterio, incesto (con su hermano George) y traición y, tras 17 días detenida en la Torre de Londres, fue decapitada hace hoy 480 años, el 19 de mayo de 1536.

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