María Teresa de Austria, déspota pero ilustrada

Gran estadista, muy trabajadora y filántropa, los 40 años del reinado de María Teresa convirtieron a Austria en un Estado de primer orden.

María Teresa de Austria

Reinó verdaderamente sobre los Estados que formaban el Imperio Austriaco, si bien su marido, Francisco de Lorena, era el emperador. Claro que éste se lo puso fácil, pues su existencia estuvo dedicada a las finanzas para incrementar la riqueza de los Habsburgo, adecentar las cuentas del Imperio y procrear. De hecho, María Teresa fue mujer multípara: tuvo dieciséis hijos, entre ellos quien había de ser la última reina absolutista de Francia, María Antonieta, y los insignificantes emperadores José II y Leopoldo II. Nada comparado con Francisco, que fue padre de más de cincuenta bastardos.

Hija primogénita del emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, Carlos VI, y de Isabel de Brunswick, María Teresa fue archiduquesa de Austria, reina de Hungría y de Bohemia. Obsesionado por conseguir reconocimientos oficiales a su famosa Pragmática Sanción, su padre había sometido a sus súbditos a una permanente economía de guerra, de modo que el legado territorial llegó quebrantado a manos de María Teresa. La Guerra de Sucesión de Austria estuvo a punto de acabar con la monarquía, pero esta mujer excepcional la salvó del aniquilamiento y la división. Sin embargo, el Tratado de Aquisgrán que puso fin a la guerra obligó a la Corona a ceder casi la totalidad de Silesia a Prusia y parte del Milanesado a Saboya.

María Teresa, cuyo escudo de armas exhibía el lema Justitia et clementia (“Por la justicia y la clemencia”), se casó con Francisco Esteban, duque de Lorena, en 1736. Éste fue coronado emperador con el nombre de Francisco I nueve años después.

Sus deseos de recuperar Silesia se vieron frustrados al concluir la Guerra de los Siete Años con la paz de Hubertsburg, que reconocía el dominio alemán de aquel territorio. “Más vale una paz relativa que una guerra ganada”, dijo entonces la emperatriz. Bien es cierto que, irrecuperable Silesia, aquella guerra le permitió extender los dominios imperiales a Galitzia y la Bucovina.

La mejor ministra de sanidad

María Teresa de Austria, de la que se ha dicho que fue la última monarca verdaderamente Habsburgo, pues sus descendientes ya pertenecerían a la Casa Habsburgo-Lorena, fue la encarnación del despotismo ilustrado. Modernizó el ejército, sometió los poderes locales al gobierno central e impulsó las ciencias y las artes. A pesar de su fe inquebrantable, la soberana limitó la influencia de la Iglesia católica. Magnánima, sustituyó la pena capital por los trabajos forzados, prohibió la quema de brujas y la tortura, y llevó a cabo una profunda reforma sanitaria en su reino. Además, unificó Moravia y Bohemia con Austria, pero no Hungría.

Estadista escrupulosa, se pasaba las noches estudiando expedientes. Sus cuarenta años de gobierno fueron definidos con las siguientes palabras por su mayor rival, Federico II: “Esta mujer, que puede considerarse como un gran hombre, ha reanimado la monarquía vacilante de sus padres”. No en vano, a su muerte, María Teresa dejaba un reino que se había convertido en potencia de primer orden.

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