Mao Zedong, el cabecilla de la Revolución Comunista China

Elena Sanz

mao-zedongMao Zedong gobernó durante casi tres décadas sobre la quinta parte de la humanidad. Fue así uno de los personajes claves del siglo XX. Encabezó la Revolución Comunista en China y su política provocó sucesivas convulsiones sociales. No estabilizó el poder comunista, sino que lo usó para precipitar transformaciones mediante iniciativas drásticas. Las colectivizaciones masivas, el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural constituyen jalones de este proceso histórico, en el que Mao impulsó grandes movilizaciones. Algunas de sus decisiones tuvieron consecuencias catastróficas. Se ha conjeturado que su política provocó 70 millones de muertes en tiempos de paz, lo que sitúa a Mao entre los responsables de los mayores desastres de la Historia, incluso aunque hubiera que rebajar las cifras a 40 ó 50 millones de muertos, conforme a otras estimaciones.

Las decisiones que precipitaron estos resultados abrumadores, a veces recibidas con aprensión por los demás mandos comunistas, fueron tomadas personalmente por Mao. No siempre el costo humano entraba dentro de los cálculos del Gran Timonel, pero consta que aceptaba la posibilidad de grandes mortandades, incluso el sacrificio de los grupos que justificaban su revolución, para lograr objetivos de transformación social o que China se convirtiese en una gran potencia. "Es posible que perdamos más de 300 millones de personas, ¿y qué?". Así explicaba, en 1957, a sus desconcertados colegas rusos la eventualidad de una guerra nuclear, que creía derrumbaría al imperialismo. Con todo, durante su mandato mejoraron sustancialmente los niveles de vida de la población china: pese a los vaivenes, se atenuaron las situaciones de pobreza extrema y se elevó la esperanza de vida. También terminó la fragmentación de China, que durante la primera mitad del siglo había supuesto un permanente estado de guerra civil.

El pensamiento de Mao tuvo gran difusión en China -el culto a su personalidad alcanzó dimensiones extraordinarias- e influencia en otros lugares del mundo, con grupos que seguían sus orientaciones en Asia, América o África. En la China actual la figura de Mao sigue siendo venerada, aunque se cuestionan sus "errores" o se atribuyen a otros personajes que le habrían engañado o malinterpretado. Los logros de Mao produjeron fascinación. "La vida en la China actual es excepcionalmente grata", resumiría Simone de Beauvoir. David Rockefeller llegaría a conclusiones similares, al elogiar "el sentido de armonía nacional" de una revolución que "promueve una moral elevada". Se le atribuyeron profundas convicciones éticas, sensibilidad social, preocupaciones democráticas y espíritu crítico (frente al dogmatismo de Stalin).

Era un soldado, un pensador, un poeta, un filósofo... ¿Retratos apresurados de viajeros? Sin duda, pero también testimonio de una época en la que subyugaban los afanes por transformar la sociedad. Mao Zedong nació en 1893 en una aldea de la provincia de Hunan, situada en el centro-sur de China. Su padre era un campesino propietario, moderadamente próspero y con medios para la educación de su hijo. En Changsha, la capital de Hunan, donde desarrolló sus estudios, mostró sus primeras inquietudes políticas, cuando apoyó al ejército republicano nacionalista, en cuyas milicias sirvió unos meses. Tras abdicar el emperador, en 1911, siguió un periodo conflictivo. A las luchas entre los republicanos del Norte y del Sur se añadirían los señores de la guerra que dominaban algunas regiones.

Mao se graduó en la Escuela de Magisterio en 1918. Trabajó unos meses como auxiliar de biblioteca en la Universidad de Pekín y, en 1920, de vuelta a Changsha, dirigió la escuela de enseñanza primaria. Había entrado ya en contacto con las nuevas corrientes políticas, e, impresionado por la Revolución Rusa de 1917, se fue aproximando al comunismo. No participó en la fundación del Partido Comunista Chino, pero sí en su primera asamblea, la de 1921 -durante su liderazgo se la presentaría como la reunión fundacional, para hacerle partícipe de la misma-. Durante los siguientes años no tuvo un papel destacado en la dirección del partido, aunque fue miembro del Comité Central.

Mao sí participó en la colaboración comunista con el Partido Nacionalista, el Kuomintang, aconsejada por Moscú en 1923 y recibida con reticencia por muchos comunistas chinos. Su activismo nacionalista levantó recelos en su partido, por sus dificultades al precisar la divisoria ideológica. En los cuatro años en los que duró tal colaboración (1923-27), el reconocimiento de su militancia comunista tuvo altibajos, con momentos en los que el líder se apartó de la política, por las reticencias de sus compañeros. A finales de este periodo se produjo una novedad que resultaría decisiva. Mao comenzó a interesarse por el papel político del campesinado. El Partido Comunista le designaría líder del movimiento agrario, con el encargo de asegurar la Revolución Comunista en el interior del país.

Mao asistiría a los disturbios campesinos de Hunan y aprobaría el acoso a los trabajadores del campo ricos. "Por decirlo sin contemplaciones, es preciso crear un breve reinado del terror en cada zona rural", afirmó, vislumbrando las posibilidades revolucionarias de la violencia. Su Informe sobre una investigación del movimiento campesino en Hunan (1927) destacaba el papel prioritario que deberían tener los campesinos en la revolución china. Tal visión chocaba con la ortodoxia soviética. Ese año, el Kuomintang rompió la alianza con los comunistas. Retornó Mao a Hunan para encabezar un levantamiento en esta provincia y fue derrotado, pero escapó cuando iba a ser fusilado. Se refugió entonces en las montañas con un grupo guerrillero. Se trata de un momento clave, pues la gran aportación estratégica de Mao la constituyó su concepción de la guerra de guerrillas. En su concepto, ésta debía ajustarse a algunos principios básicos: "El ejército avanza, me retiro. El ejército descansa, hostigo. El enemigo está cansado, ataco. El enemigo se retira, lo persigo". Llegados a este punto, Mao organizó un ejército guerrillero, que acogió a comunistas que huían de las ciudades. Con tal base se proclamó la República Soviética de China, conocida como "Soviet de Jiangxi". Pese a su destacado papel en la guerrilla, fue desplazado por otros líderes comunistas, de mayor sintonía con los planteamientos soviéticos. Tras haber resistido los cercos del Kuomintang entre 1931 y 1934, la campaña de 1935 fue respondida con contundencia -en contra del criterio de Mao- mediante una guerra de posiciones. Así, el Ejército Rojo fue derrotado.

El líder se vio obligado a huir, en la que sería conocida como la Larga Marcha. Tras criticar las estrategias estáticas, los comunistas designaron a Mao como Jefe Militar. La Larga Marcha duró un año y el Ejército Rojo recorrió unos 12.500 kilómetros, con duros incidentes que, evocados más o menos fielmente, formarían parte de la épica del movimiento comunista chino. De los 85.000 que partieron sólo llegaron unos 8.000 hombres, en muy precarias condiciones. El resto murió por enfermedades y enfrentamientos, o quizás desertó. Pese a tales costos, la Larga Marcha confirmó el liderazgo de Mao, que pudo asentar en el Norte una zona de dominio comunista.

China vivía la guerra contra Japón, que había ocupado Manchuria en 1931 e invadido en 1937 el norte de China. Mao creía necesario un frente único ante Japón. En 1938, nacionalistas y comunistas pactaron el fin de las hostilidades y el compromiso de combatir a Japón, aunque sin una estrategia común. Era, para Mao, la unión transitoria con la burguesía. El ejército nacionalista, de aluvión, carecía de una idea nacional y de una mística revolucionaria, y sus mandos estaban afectados por la corrupción. Además, los japoneses ocuparon las ciudades costeras, donde los nacionalistas tenían toda su fuerza. Serían incapaces de competir con los comunistas, que supieron organizar una eficaz respuesta de masas a los japoneses, arraigar entre los campesinos y encuadrarlos en las estructuras comunistas.

En estas condiciones, tras la II Guerra Mundial y la expulsión de los japoneses, la guerra civil que siguió no fue muy larga. En 1949, el Ejército Popular de Liberación -bajo el mando de Mao- derrotó a los nacionalistas, que se refugiaron en Taiwán. El 1 de octubre de 1949, Mao proclamaba la República Popular China. Se convertía entonces en el líder del mayor país del mundo, enarbolando un proyecto de reformas sociales que no se habían detallado, más allá de las evocaciones a la liberación de los campesinos y al modelo soviético.

Se ha asegurado que la formación marxista-leninista de Mao era precaria. Eso sí, de la experiencia soviética tomó el modelo de un Estado centralizado, con continuidades respecto a la tradición imperial y una organización disciplinada desde el centro hasta las aldeas más remotas, aunque sin las estructuras burocráticas que desarrollara Rusia. Ahora bien, su comunismo consistía en un misticismo colectivista que creía en la abnegación plena del individuo dentro de la sociedad y en "el pueblo" como fuerza revolucionaria. Para Mao, la voluntad podía imponerse sobre cualquier circunstancia práctica. El fervor revolucionario y el entusiasmo colectivo construirían inmediatamente una sociedad comunista e industrializada. Al parecer, Mao quería ver los cambios en su vida -la sociedad comunista o la conversión de China en una gran potencia-, por desconfiar de la fe revolucionaria de sus sucesores o porque no le preocupaba la posteridad. Su política impulsó así sucesivas iniciativas de enorme calado. Las transformaciones debían sucederse a golpe de voluntad y sin espacio para que sedimentasen.

La primera reforma agraria, en 1949, quería preservar a los agricultores eficientes. La Guerra de Corea dio a Mao ocasión de acelerarla y endurecerla a partir de 1951. El proceso de colectivización fue rápido. La tierra pasó a ser explotada colectivamente, no sin emplear la violencia contra los "campesinos ricos". A la colectivización acompañó la persecución de los "enemigos sociales", un término en el que cabía diversidad de categorías que podían ser tachadas de antirrevolucionarias, en un movimiento convulso sostenido por constantes asambleas populares para las denuncias. El número de muertos que provocó este primer drama se establece entre 1 y 3 millones de personas, aunque hay quienes hablan de 15 millones.

En parte, la rapidez del proceso de colectivizaciones y su envergadura -sus dimensiones desbordan cualquier comparación con procesos similares, pues implicó a cientos de millones de personas- se explican por las tradiciones culturales chinas, con el sentido de la disciplina colectiva y el respeto a la autocracia. A esta revolución agraria siguió un aumento en la producción interior bruta, al que contribuiría la relativa estabilidad política, tras décadas de enfrentamientos bélicos. Sin embargo, fueron sistemáticas las requisas, que mantuvieron deprimidas las subsistencias campesinas. Probablemente, tal presión buscaba exportar productos agrarios, para prestigiar al régimen en el exterior -China donaba productos agrícolas a países del Tercer Mundo o del Este de Europa, pese a que los niveles de vida de éstos eran mucho más altos que los de los chinos- o para lograr recursos rusos con los que convertirse en una potencia o para hacerse con la bomba atómica. El régimen no permitía ningún pluralismo, pese a que Mao lanzó en 1956 el movimiento de las Cien Flores: "Dejemos que un centenar de flores florezcan, dejemos que un centenar de escuelas debatan".

Invitaba a cualquier expresión pública para mejorar el gobierno de China. Sea porque las críticas fueron más allá de lo previsto, sea porque todo fue una añagaza para que aflorase la oposición, la tolerancia se mudó en persecución a quienes habían destacado en sus posturas críticas.

Uno de los años decisivos del régimen fue 1958. Mao lanzó el Gran Salto Adelante. Buscaba crear súbitamente una plataforma industrial capaz de competir con la Unión Soviética y ponerse a la altura de los países más avanzados. Subyacía la idea de que el cambio dependía de la voluntad y no de condiciones objetivas. Las explotaciones agrarias se convirtieron en "comunas populares", con la colectivización de todos los aspectos de la vida campesina. La industrialización seguiría un modelo descentralizado, diferente al soviético. Se pasaría a comunas autárquicas, cada una con sus sectores industriales, agrarios y de servicios, así como con su milicia; las comunas producirían su propio acero. Apostó por lograr rápidamente producciones altísimas de acero, lo que condujo a fábricas precarias y, para lograr los retos estadísticos, al uso masivo de chatarra, fundida en precarios hornos de calcinación y con productos de ínfima calidad. El Gran Salto Adelante transformó de pronto la forma de vida de 700 millones de personas y provocó un gran cataclismo. Se combinó con las sequías y el final del apoyo soviético, al romper Mao con Kruschev tras la muerte de Stalin. La hambruna, la mayor de la historia contemporánea en cualquier país, se saldó con no menos de 30 millones de muertos, quizás una decena de millones más. Tras el fracaso del Gran Salto Adelante, Mao fue apartado de la Jefatura del Estado, si bien mantuvo un papel destacado como presidente del Partido Comunista y líder simbólico del régimen. Se optó por una política reformista, de cambios paulatinos. Pero, no fue definitiva la relegación de Mao.

Todavía llevó a cabo otra experiencia histórica. En 1966 lanzó la Revolución Cultural. Adujo que impediría el retorno del capitalismo y proseguiría así el camino de la revolución, pero también tenía quizás el propósito de recuperar la primacía política. Llamó a los jóvenes comunistas, los guardias rojos, a un nuevo movimiento revolucionario en el que debían denunciar a quienes tachaban de burgueses o de enemigos del socialismo. Toda China se vio convulsionada por los desmanes. En sus últimos años, Mao padeció Parkinson y problemas pulmonares y cardíacos, y apenas intervino en las luchas por su sucesión. Sí intervino, por contra, en la apertura de relaciones con Estados Unidos, que venía a reconocer a China como una gran potencia, una de sus obsesiones. Mao murió en septiembre de 1971. De su legado sobrevivió la estructura de poder comunista, pero no las tensiones permanentes que él animara. También subsistió el culto a Mao como fundador del régimen y del Estado.

Manu Montero

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