Las vidas de Cervantes

Miguel de Cervantes (1547-1616) sentía verdadera pasión por la lectura. Es la única explicación por la que un oscuro personaje que llevaba 20 años sin escribir una novela creara la obra más valorada de la literatura universal, convirtiéndose así en el mayor genio de las letras.

José Ángel Martos/P.L.
Miguel de Cervantes

Un recorrido por su vida juvenil no nos mostrará casi por ningún sitio rastros de brillantez, golpes de genialidad, prometedoras obras de juventud… Apenas una referencia del rector del Estudio de Humanidades de la Villa de Madrid, Juan López de Hoyos, que fue su profesor, en la que lo califica como “nuestro caro y amado discípulo” y le encarga cuatro poemas fúnebres dedicados a la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, que falleció súbitamente de parto a principios de 1568. Muy poca cosa para alguien que ya tenía veinte años.

En realidad, su vida por entonces era la de un pícaro buscavidas, como la de tantos personajes de sus novelas: siempre con escaso dinero en la bolsa, propenso a meterse en líos y dispuesto a buscar la fortuna en el ejercicio de las armas. Las aventuras (o desventuras) del joven Miguel de Cervantes lo llevaron hasta Roma, parece ser que huyendo del apresamiento que se había ordenado contra él por haber herido en duelo a un maestro de obras. Allí leyó con interés la literatura caballeresca de Ariosto –una de sus grandes influencias– y se enroló en un tercio convocado a la batalla de Lepanto.

 

El valeroso manco cautivo

Aunque estaba enfermo el día de la batalla, cuando el almirante turco Uluch Alí lanzó un impresionante ataque directo contra su nave, Cervantes se negó a permanecer por más tiempo en el camarote. Situado en la zona de proa, una de las más peligrosas, le pegaron dos arcabuzazos, uno de ellos en la mano izquierda, cuya movilidad perdería para siempre. Su valentía debió de ser mucha, pues se le dio una paga extra por sus méritos en la batalla. Luego estuvo cuatro años más en diversas naves y se dispuso a volver, con una carta de recomendación del propio Don Juan de Austria que le hubiese convertido en capitán al presentarla a la Corte.

 

Rescatado por los trinitarios

Pero, para su desgracia, cuando regresaba su nave fue interceptada por piratas argelinos que lo hicieron prisionero. Al ver la carta, los piratas pensaron que Cervantes era alguien de importancia, un noble, y pidieron a su familia un rescate desmesurado de quinientos ducados, de los que no disponían. Por ese motivo pasó cinco largos años de cautiverio en Argel, ya que sus varios intentos de fuga fracasaron. Unos frailes trinitarios acabarían por pagar el rescate.

A su regreso a España, y necesitado de dinero, la Corona le encomendó un trabajo de lo que hoy llamaríamos agente secreto en Orán, dados sus conocimientos del norte de África después de pasar tanto tiempo en cautiverio. Acabado dicho encargo, en 1582 intentó obtener un puesto en las Indias y, al no lograrlo, trató de llevar una vida estable mediante diversos trabajos que le permitieran saldar las deudas que su familia había contraído para devolverle la libertad. Pero las tareas que debía hacer eran difíciles e impopulares, como la de recaudador de impuestos atrasados en Sevilla. Este puesto le haría dar con sus huesos en la cárcel en 1594, al acusársele de haberse apropiado de dinero público. En total, Cervantes pasaría por la cárcel en media docena de ocasiones, pero este encierro sería especial, porque durante el mismo tuvo la idea de escribir El Quijote, cuya primera parte se publicó en 1605.

Al fin, el éxito literario

Tras haber pasado una vida tan difícil, Cervantes tuvo al menos el consuelo de que su obra logró un éxito instantáneo, del cual pudo disfrutar en sus últimos años. Aplaudido, traducido, copiado e imitado, la segunda y todavía más genial parte de El Quijote escrita por su autor vería la luz en 1615.

A su muerte un año después, el 22 de abril de 1616, la última voluntad de Cervantes –ser enterrado en una iglesia madrileña de los trinitarios, los mismos que lo rescataron– demuestra cuál fue la experiencia que más le marcó.

Etiquetas: El Quijote, Literatura, Miguel de Cervantes

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