La Duquesa de Alba y Goya

La reina María Luisa de Parma la envidió siempre. La leyenda dice que la envenenó, aunque no parece probable.

L. Martín / S. M.
Así pintó Goya en 1805 a la bella y célebre duquesa.
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La Duquesa se mete en mi estudio a que le pinte la cara”. Esta frase es el colmo cuando el que lo cuenta es uno de los mayores pintores de todos los tiempos: Francisco de Goya. Tal era el poderío de la bella Teresa, que pedía al más grande artista que le maquillara el lunar del rostro. Muy apegada a su abuelo, decimosegundo Duque de Alba, Teresa Cayetana no se privaba de nada: belleza, gracia, dinero, y un chorro de títulos nobiliarios. También se debía a ello: la casaron con 14 años para que el apellido Álvarez de Toledo no dejara el primer lugar en el linaje más aristocrático de España, y tal vez del mundo. De nada les valió, porque la duquesa no tuvo hijos.

El elegido para aportar apellido fue su primo José María y parece que ella acabó por amarle, como atestigua una carta de Carlos Pignatelli, su hermanastro, al Duque de Granada cuando murió José Álvarez de Toledo, en la que la Duquesa escribe la postdata: “Querido primo y amigo: el dolor que despedaza mi corazón no me permite el escribir pero sí espero que en mi reunirás la confianza y amista que tenías con mi nunca bien ponderado Pepe. Compadéceme y manda cuanto quieras a la mas desgraciada de cuantas han nacido.”

Esta es una de las razones que la conservadora del museo del Prado Manuela Mena aporta para desmentir la relación de Cayetana con Goya cuando murió su marido: ella no fue una viuda alegre, sino una casada alegre. Era el Madrid Borbón, eran los majos, eran las fiestas aristocráticas, era la reina María Luisa de Parma rivalizando con Teresa por los amantes. Era el poder de Godoy, un guardia de corps venido a más, y era un Carlos IV blandengue y estúpido y un príncipe de Asturias, Fernando VII, cruel y traicionero. Pero también era el Madrid de Goya y de Moratín, del Jovellanos ilustrado y del liberal Meléndez Valdés.

El pintor aragonés nos dejó tanto a los personajes aristocráticos y corteses como los horrores de la miseria y la guerra. Y también nos la dejó a ella: vestida de blanco, con un enorme lazo rojo en el pelo y su perrita, o jugando y bromeando con su ama en las maravillosas obras que hizo Goya cuando ella se lo llevó a vivir a su finca de Sanlúcar, o chula y vestida de negro con fajín rojo encendido y señalando en el suelo una inscripción que pone: “Sólo Goya”.

¿Pudieron ser amantes? Sí pudieron, pero según parece no lo fueron. La conservadora Manuela Mena ha aportado varios datos: él era mucho mayor y estaba ya enfermo; el hecho de que la Duquesa mencionara al hijo de Goya en su testamento no significaba nada, ya que también citaba a otros servidores. Ya se desmintió que la Duquesa posara desnuda y vestida de maja. Era Pepita Tudó, la amante de Godoy, la dueña de ese cuerpo. Pero lo que sí hubo seguro era admiración y cariño mutuo.

La reina siempre la envidió por ésta y otras cosas, y la leyenda dice que la envenenó, aunque es posible que Teresa muriera de fiebres a los 40 años. Parece cierto que arrampló con sus joyas a su muerte, y el Príncipe de la Paz, Godoy, se hizo nada menos que con el cuadro La Venus del Espejo de Velázquez que adornaba las paredes del palacio de Buenavista. ¿Aparecía Teresa Cayetana en el aguafuerte goyesco Volaverunt, vestida de petimetra? ¿Lo dibujó él cuando ella le rechazó? Si no fue cierta esa historia de amor, merecería serlo. ¡Y que se fastidie la reina María Luisa!

 “Yo a las cabañas bajé...”

De joven, Teresa vivía en un palacio en Lavapiés, y allí mismo podía encontrar a manolos y manolas o ir al de Maravillas (Malasaña) a tratar con majos y majas. Imitaba su atavío, que con tanto detalle pintó Goya, y a su vez practicaba la moda importada de Francia de dejarse cortejar por uno o varios petimetres.

Como explicó Carmen Martín Gaite en Usos amorosos del XVIII en España, las mujeres casadas solían tener al lado a un tipo vestido a la última, que chapurreaba francés, despreciaba el trabajo y sabía bailar el minué. Atildado y moderno, acompañaba a la señora, a veces hasta su alcoba pero otras no, mientras el marido atendía los negocios o aficiones (el duque de Alba se pirraba por la música de Haydn) o sus conspiraciones políticas.

El majo era de clase baja, pero las señoras de alcurnia a menudo le imitaban en atuendo y costumbres. Teresa lo hacía, y hasta el barón de Maldá la describió como “petimetra a lo último”, porque esta princesa sin reino se lo podía permitir; no tenía que representar al Estado ni como consorte, y su belleza, riqueza y abolengo era tal, que eclipsaba a la mismísima reina o a la duquesa de Osuna sin que se le cayera un solo lazo del negro y rizado cabello. La duquesa era tan castiza como el que más, iba a los toros, hacía teatro, paseaba en coche abierto y trataba y beneficiaba con dinero al pueblo de Madrid.

Etiquetas: Historia, Mujeres

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