La agónica muerte de Felipe II

Felipe II falleció el 13 de septiembre de 1598 en el Monasterio de El Escorial, tras 53 días de una agonía horrible para un obseso de la higiene como él.

Felipe II
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Hay datos muy conocidos en la biografía del segundo monarca de la Casa de Austria en España, Felipe II, nacido en Valladolid en 1527: su temperamento frío, su acendrada religiosidad, su vida familiar marcada por la tragedia –enviudó cuatro veces, perdió a seis hijos y vio morir a la mayoría de sus hermanos, incluido el bastardo Juan de Austria–, la fracasada expedición de su Armada Invencible contra Inglaterra o su delicada salud (padeció una posible sífilis congénita, asma, artritis, cálculos biliares, fiebres intermitentes y, desde los 36 años, gota; para evitar los terribles dolores de ésta solía ser trasladado en su famosa silla), que no obstante no impidió que fuera muy longevo para la época, ya que vivió 71 años.

Sin embargo, hay aspectos no tan del dominio público, como su personalidad obsesivo compulsiva. A juicio de varios expertos, ésta fue el fruto de tres factores: las ausencias de su padre, Carlos I de España y V de Alemania; la sobreprotección de su madre, la emperatriz Isabel, y la muy severa y estricta educación que recibió como heredero al trono. Y, entre las manifestaciones de esa personalidad obsesiva –exagerada adoración por la rutina, el orden y la puntualidad; pasión por el trabajo prolijo de carácter administrativo–, una de las más llamativas en una corte del siglo XVI fue su celo desmedido por la higiene personal. Un gentilhombre lo definió como la persona "más limpia y aseada que jamás ha habido sobre la Tierra".

Por eso, las circunstancias de su muerte tuvieron que suponer un calvario para un hombre como él. El golpe del fallecimiento de su hija Catalina Micaela lo llevó a una depresión, ya con 70 años, que complicó sus problemas de gota y de movilidad. Consciente de que su final se acercaba, ordenó que lo trasladaran a su amado Monasterio de El Escorial en el verano de 1598. Pero allí las calenturas, la hidropesía y otros males lo postraron, con lo que su cuerpo se llenó de úlceras y llagas purulentas, cuyo mal olor lo mortificaba tanto o más que los espantosos dolores que sufría. Y así transcurrieron 53 agónicos días hasta que el 13 de septiembre expiró, si bien no es cierta la leyenda de que murió infestado de piojos.

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