Empotrado en la Legio Nona

Elena Sanz

 

 

Hace calor en las montañas de Palencia. Un grito bronco del centurión se clava en los músculos cansados de la tropa: "Agmen agite!" (¡En marcha!). Uno de los legionarios más jóvenes resopla mientras se esfuerza en volver a levantarse. El sonido que emite despierta la sonrisa de sus compañeros más próximos. El novato miles (soldado) seguro que prolongaría el descanso de buena gana, pero vuelve al camino, como ya han hecho más silenciosamente sus colegas, curtidos en mantener el gesto imperturbable tras años de servicio. La procesión va por dentro y peores marchas tuvimos que aguantar en Macedonia, piensan los veteranos.

Este periodista, menos ducho que cualquiera de ellos en las largas caminatas diarias, también lo está pasando mal, así que se solidariza plenamente con el resoplido. Llevamos ya diez millas romanas (15 kilómetros) y nos quedan otras tantas; lo acostumbrado en un ejército de ordenanzas implacables, más aún en tiempo de guerra. Faltan unas tres horas para completar el camino hasta nuestro objetivo: Vellica, un castro remoto dominado por los enemigos cántabros en el Monte Cildá (Olleros de Pisuerga).

empotrado1Caminamos durante un tórrido día de verano del año 26 a.C. en el norte de Hispania. Acompañamos a los 5.000 soldados de la Legio VIIII -léase Nona- venidos de su acuartelamiento en las Galias, convocados por Octavio Augusto para la guerra contra los bárbaros. Tras no pocas gestiones ante el legado, el máximo responsable militar y político de la unidad, nuestra revista obtuvo el permiso para empotrar un reportero entre sus legionarios y así poder explicar desde dentro del propio cuerpo expedicionario cómo transcurre su vida y cómo actúan, ofreciendo una visión más realista que la que suelen dar los poetas y cronistas oficiales. Éstos llevan tiempo cantando gestas contra los cántabros que al pueblo romano le cuesta ya creer. ¿Cómo se explica si no que la victoria ante los bárbaros de las montañas hispanas, anunciada por los versificadores a sueldo desde las ya lejanas campañas del año 29 a.C., aún no se haya producido y requiera el envío de nuevas tropas? Enfrentado a años de terca resistencia cántabra, Octavio Augusto -el sucesor de César que se deshizo de Marco Antonio y con ello dominó Roma- ha decidido que sólo cabía declarar la guerra total. Una medida grave y excepcional, rodeada de un simbolismo que Octavio ha querido cumplir meticulosa y teatralmente, acudiendo con toda su pompa al templo de Jano y procediendo al solemne acto de abrir sus puertas, que no volverán a cerrarse hasta que la guerra finalice.

A la autoridad política de Octavio le convenía en este momento una gran campaña militar. La grandeza de un máximo mandatario romano, su virtus imperatoria, necesita ser actualizada regularmente con nuevos éxitos y los más apreciados por el pueblo son las victorias militares contra enemigos exteriores; no sirven las guerras internas contra rivales de la propia Roma. Octavio todavía no acumula en su capital político ninguna Guerra de las Galias, como la que laureó de forma inmortal a César, un punto flaco que un día podrían utilizar los descontentos.

Por ello no ha reparado en medios al iniciar este conflicto contra los cántabros, que, según las fuentes próximas al emperador, no contentos con defender su independencia también querían dominar a sus vecinos, los vacceos, turmogos y autrigones, "a los que hostigaban con sus continuas incursiones". Así, Octavio ha convocado nada menos que ocho legiones a la guerra, entre ellas a la Legio VIIII, avezada tras luchar en frentes en todos los limes (límites fronterizos) del Imperio, incluida la propia Hispania, donde luchó a favor de César en la famosa batalla de Ilerda.

Con los hombres de este cuerpo ascendemos ahora por una pendiente difícil, en la que apenas existe un camino que merezca tal nombre y debemos pasar de uno en uno. Esta senda ha sido recomendada por los exploradores porque, a pesar de que significa dar un pequeño rodeo, nos permite evitar un intrincado y selvático bosquecillo, una silva (selva), que podría facilitar una acción de hostigamiento por parte de los cántabros. Aunque estos saben luchar en formación a campo abierto, prefieren ampararse en las sombras del bosque para lanzar desde ellas sus armas arrojadizas y matar a unos pocos legionarios, los suficientes para crear inseguridad en el resto. Es una forma de dar pequeñas batallas, "guerrillas" les llaman algunos aquí. Los legionarios sólo se han enfrentado a ellas en este duro territorio hispánico y les molesta sobremanera ya que, no en vano, su formación militar está orientada al combate cara a cara. "Estos sucios bárbaros ni se nos acercan, siempre actúan desde los picachos y las hondonadas", comentaba anoche un centurión enfadado por la incómoda táctica durante una reunión en la tienda de los oficiales, en la que se planificaron las próximas fases de la campaña.


Tres amigos mentalizados para la dureza de la guerra en Hispania

Tras subir la ladera, dejamos atrás el bosquecillo y recuperamos la formación de a dos. Los legionarios que marchan a nuestro lado forman parte del contubernio que se nos asignó. Un contubernio es una célula de ocho legionarios que comparten tienda, llevan sus propios víveres y se hacen su comida. Los nuestros están encuadrados en la Iª centuria, IIª cohorte.

A mi lado camina Primus Minicius Octavianus, un veterano de 49 años y 1,78 centímetros de altura, nacido en el seno de una familia de Barcino, una colonia fundada en la Hispania Citerior, junto al Mare Nostrum. Minicius ha recorrido medio mundo conocido y ha conseguido sobrevivir, lo cual ya es decir mucho. Las múltiples batallas le han dejado un gesto cansado y cierta tendencia a la socarronería. Eso le sirve para soportar su fatum, su destino: pensaba en licenciarse, a punto de cumplir ya los preceptivos 25 años de servicio activo, cuando el Emperador apareció en el sur de la Galia para sorpresa de todos. "Vamos a aniquilar a los cántabros por la gloria de los Dioses, mis legionarios". Y ahí estaba el veterano Minicius diciendo "Salve Augusto" y poco más. "El único consuelo que me queda es que cuando haya acabado la guerra estaré más cerca de casa que si el imperator me hubiera enviado a Asia a luchar contra los malditos partos, que nos tienen tomada la medida", explica en un susurro. Detrás de nosotros marchan los dos mejores amigos de este legionario. Uno es el musculoso Marcus Flavius Lupus, de 33 años, "la edad de Alejandro Magno", como a él le gusta recordar. Su robustez y aspecto gimnástico han hecho que en más de una ocasión se le elija como signifer, el portaestandarte de la legión, función que cuando llega el momento de la pelea realiza vistiendo una piel de lobo rematada con la cabeza del animal. Le confiere un aspecto feroz que intranquiliza a sus adversarios.

empotrado3Y para quien no se asuste con sus aullidos antes de la batalla, tendrá ocasión de hacerlo cuando pruebe su gladius (espada). Porque Lupus ha recibido, como todos los legionarios, una intensísima formación en esgrima, que en su caso le ha convertido en un sobresaliente espadachín. Aplica con letal eficacia la regla de oro de la esgrima romana: dar estocadas con la punta de la espada, y no con los filos, que raramente matan. Es difícil parar un golpe con la punta (el enemigo recibe el impacto de ésta antes de ver la espada) y resulta fatal apenas penetra dos pulgadas en el cuerpo. El otro amigo de Minicius es Lucius Caelius Octatus, apodado Posca en referencia a su querencia por la bebida que consumen los legionarios, agua con vinagre, mejunje que en la vida civil no resulta el más exquisito pero que en plena campaña, consumimos con mucho agrado. De 41 años y 1,75 cm. de estatura, su aspecto es más plácido que el de Lupus, pero no hay que dejarse engañar: se transforma en cuanto entra en batalla lanzando su arma preferida, el pilum (jabalina).

Tanto él como Lupus proceden del ámbito rural, al contrario que Minicius. Los mandos al cargo del reclutamiento y los tratadistas de la guerra siempre defienden que el campo produce mucho mejores reclutas que la urbs: los agricultores están en mejor forma física, se hallan acostumbrados a las fatigas o el calor y desconocen los lujos ciudadanos, por lo que no los echan de menos. Los tres soldados se encontraron por primera vez en Accio. Posca opina de aquella batalla que "Marco Antonio estaba demasiado ocupado con Cleopatra y pecó de falta de información; no sabía hasta qué punto Octavio se había granjeado el apoyo de los militares y acudía con un ejército muy superior en número".

Tras muchas batallas juntos, la última llegó la semana pasada cuando aniquilaron a los cántabros en la Peña Amaya, una elevación de terreno situada al norte del cuartel general de Augusto en Segisama (Sasamón, Burgos). No fue una victoria elegante: los enemigos evitaron en todo momento luchar en campo abierto y se ordenó a las legiones poner en práctica una táctica similar a la caza de animales. Enormes despliegues de soldados en formación cerrada fueron acorralando a los cántabros, que tenían cada vez más dificultades para encontrar un camino de escapada. Los que conseguían no ser cazados veían cómo se les reducía el terreno disponible, hasta que acabaron siendo forzados a reagruparse en la peña, donde Cayo Antistio Veto, gobernador de la Hispania Citerior y segundo en el mando tras el Emperador, ordenó su exterminio sin piedad. Muchos de ellos se suicidaron, para hurtarles a los legionarios la satisfacción de matarlos. A pesar del triunfo, en la unidad se habla con respeto de estos cántabros de Amaya. No sólo por su molesta guerra de guerrillas: también se han demostrado hábiles en la lucha a caballo, ya que es una tierra donde crecen fuertes equinos. Montados en ellos, utilizan tácticas a las que los romanos ya han puesto nombre, como el circulus cantabricus (ataque en semicírculo) o el cantabricus impetus (ataque frontal y masivo para deshacer las líneas enemigas).

Preparativos para la batalla: las armas y la construcción del campamento

Los cántabros disponen además de armas temibles, como el hacha bipennis de doble filo y la falcata, una espada corta de origen celta, extendida entre varios pueblos ibéricos y tan eficaz que las fraguas romanas ya la han empezado a copiar. Así pues, hay cierta preocupación entre los integrantes de la Legio VIIII por lo que puedan encontrarse en su próxima etapa bélica, mientras llegan a las cercanías de Vellica, una ciudad fortificada que recibe este nombre por pertenecer al clan de los Vellicum. Nos ha precedido la Legio IV, cuyos hombres también empezaron a peinar canas en Macedonia. Llevan días hostigando al enemigo, con un método extremo y poco honorable: quemar los campos enemigos para forzar la retirada y el reagrupamiento. La idea se le ocurrió a un tribuno bastante espabilado. Lo que pretende esta treta es obligar por una vez a los cántabros a presentar batalla abierta, confiando en la superior formación romana en estos casos.

Por fin termina la agotadora caminata, que ha durado unas seis horas, pero sigo viendo caras largas entre los legionarios. Y es que aún no es tiempo para el descanso. Cuando una legión llega al lugar donde establecerá su campamento, lo primero que tiene que hacer es construirlo, y las ordenanzas son muy estrictas sobre cómo hacerlo. El establecimiento de los soldados ha de estar completamente atrincherado merced a una tarea de ingeniería muy precisa que nos llevará por lo menos cuatro horas más.

Como estamos en territorio enemigo, toda la caballería y la mitad de la infantería se ha situado frente al lugar donde se emplazará el campamento para defenderlo. La otra mitad comenzará a trabajar en su construcción una vez que el gromatici, el topógrafo militar, lleve a cabo un cálculo preliminar que es fundamental: definir el ángulo de 90 grados de las dos calles que se cruzarán en el centro del campamento, la via principalis y la via praetoria, un punto en función del cual se diseñará el resto del emplazamiento y, en particular, su protección exterior: la valla. Ésta comienza con un foso de 12 pies romanos de ancho (tres metros y medio) y 9 pies de profundidad (2,66 metros). Con la tierra extraída al cavar el foso se eleva un muro de cuatro pies (1,18 metros) sobre el que se clavan estacas acabadas en punta de otros cuatro pies más. Así pues, sumando todos los elementos de la valla (foso, muro y estacas), el enemigo que pretenda atacar se topará con un obstáculo de 5 metros de altura, desde el fondo del foso.




Los soldados se visten para la batalla: toda protección es necesaria

empotrado2Por fin llegó la hora de descansar. Cada contubernio se cocina su cena, en la que abundan los cereales y escasea la carne. Mañana comienza el asedio de Vellica, para el que se han dispuesto ya torres de asalto, arietes, onagros y catapultas del modelo "Scorpio". Será un día terrible, quizás el último para algunos, así que mejor dormir. "No me hice legionario para que me enterréis entre los peñascos hispanos; antes desfilaré en Roma llevando a todos esos con cadenas", anima Lupus, el más joven de ellos.

Con las primeras luces del alba, los soldados se levantan y empiezan a vestirse para la acción. Llevan túnica roja y, sobre ella, la subarmalis, una protección acolchada a modo de subarmadura para evitar el roce del metal de que está hecha la lorica anillae, la armadura principal, una cota de malla de inspiración celta bastante ligera. El cuello se recubre con un trozo de tela llamado focale, que sirve para evitar el contacto directo con la lorica y el casco. Este último -llamado galea por haber sido adoptado de los galos- está fabricado en acero y tiene unas carrilleras muy amplias para proteger ambos lados de la cara, así como aberturas para facilitar la audición.

Lleva también refuerzos en el cráneo, para salvaguardarlo mejor, y una extensión en la nuca para evitar los golpes desde atrás, proporcionados involuntariamente más de una vez por los propios compañeros en el fragor de la batalla. En las piernas llevan grebas, espinilleras de metal, y se calzan con las populares caligae, las sandalias hechas de tiras finas hasta los tobillos. Y, por supuesto, no falta el scutum, escudo, de más de un metro de largo y bajo el cual puede esconderse prácticamente todo el cuerpo.



Minicius, Lupus y Posca entran en batalla: la suerte está echada

En cuanto a las armas, además del gladius y el pilum, llevan también un pugio, aunque es un arma más ornamental que práctica. Procede del puñal doble-globular ibérico y es una posesión muy preciada para cualquier legionario, que no duda en invertir buena parte de su soldada en su decoración ya que, en caso de necesidad, podrá venderlo a mejor precio. El pugio lo lleva colgado de su cingulum militaris, el cinturón, con faldellín y discos de metal, y tiras largas y estrechas. Es el principal factor distintivo de los legionarios: si alguien lo lleva, aunque en ese momento carezca de arma, no cabe duda de que se trata de un soldado.

Mientras acababan de vestirse ha llegado una noticia sorpresa: los cántabros están saliendo de los muros de Vellica y situándose en formación para dar la batalla en campo abierto. La treta del tribuno ha dado mejor resultado del que se podía prever. "No debían tener suficientes armas ni víveres para resistir el asedio, así que se lo juegan al todo o nada", comenta el experimentado Minicius. Octavio y el gobernador Antistio se han reunido con legados, prefectos y tribunos, y las órdenes no tardan en llegar a nuestra legión. Vamos a adoptar la formación oblicua, semejante a una A: el ala izquierda marchará retrasada, mientras que la derecha avanzará oblicuamente sobre la izquierda enemiga, a la que también tratará de rodear la caballería para caer sobre su retaguardia. Está considerada como la mejor de las siete formaciones de batalla más habituales. Los combatientes asienten con gravedad a las instrucciones de su oficial. Para subir la moral de la tropa, se suministra un refrigerio extra, que los legionarios se aprestan a tomar. Todo está preparado. A mí me han asignado un lugar junto a los reservas de la retaguardia, que acudirán a cubrir los espacios donde se produzcan bajas. En silencio, observo cómo se alejan mis acompañantes del contubernio, Minicius, Lupus y Posca. A unos pasos de distancia, Lupus se vuelve, sonríe y, señalándome con su espada desenvainada, me dice: "Explícales a tus lectores nuestra victoria".

UN AÑO DESPUÉS (25 a.C.). La Legio VIIII venció en Vellica, sí. Pero lo hizo sufriendo. Aunque nos habían dicho que los cántabros eran bárbaros, sabían luchar en formación cerrada y la mantuvieron con valentía mientras pudieron. A medida que les acosábamos con nuestras estrategias, tenían una tendencia a la indisciplina que, a la postre, resultó fatal.

El final de la historia: los romanos logran vencer a los fieros cántabros

Minicius lo había explicado una noche, sentados ante el fuego: "Una batalla es una sucesión de enfrentamientos cuerpo a cuerpo muy cortos, poco más de tres minutos porque el cuerpo no aguanta más, seguidos de grandes espacios en los que hay que atemorizar al enemigo como sea: con estratagemas, gritándole, insultándole... Al final llega un momento en que algo falla en la cabeza de los combatientes de un bando y ahí pierden la batalla". Él mismo lo experimentó en Vellica: un cántabro consiguió darle un tajo con el hacha bipennis y tuvo unos segundos de vacilación en los que se vio licenciado para toda la eternidad. Le salvó Posca que, desde lejos, ensartó al vellicense con su pilum y Minicius recuperó la concentración y finalmente acabó rematándolo.

Escribo estas líneas desde Tarraco, adonde volví con el cortejo de Augusto quien, tras dos nuevas victorias en Peña Ubiña y Aracillum, consideró que ya había guerreado bastante y se retiró. Al Imperator no le gusta la cosa bélica tanto como a César y, además, ha tenido dos percances: una enfermedad y un mal presagio, cuando cayó un rayo sobre uno de los portadores de su litera, que quedó más calcinado que Vellica tras nuestra victoria. Las malas lenguas dicen que Augusto se asustó y delegó la campaña en Antistio. Aunque oficialmente el enemigo cántabro está derrotado, siguen llegando noticias de nuevos reagrupamientos o de guerrillas. El Imperator va a volver a Roma, cerrará las puertas del templo de Jano y declarará su gran victoria. Pero, tras haber estado en primera línea del frente, este corresponsal se va con la sensación de que los cántabros aún no han dicho su última palabra.

 

José Ángel Martos

Etiquetas: Historia de España

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