El maestro de inquisidores: Tomás de Torquemada

En el seno de la orden de predicadores, los dominicos habían ocupado los puestos de inquisidores desde la Edad Media, compartiendo ese mérito con los franciscanos.

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Tomás de Torquemada

Gracias a sus cualidades humanas y religiosas, Tomás de Torquemada se labró una fulgurante carrera en los dominicos, siendo nombrado en poco tiempo prior del convento de Santa Cruz la Real de Segovia, el primero de la orden fundado en España. Los Reyes Católicos siempre mantuvieron una estrecha relación con esta abadía castellana, convirtiéndose en sus patronos y protectores, lo que se tradujo en la concesión de notables privilegios regios al monasterio.

Este vínculo entre los monarcas y Santa Cruz la Real quedó reflejado incluso en la decoración exterior de la iglesia conventual, donde aparece en la fachada grabada la leyenda Tanto Monta, alusiva a los acuerdos alcanzados tras la fusión de los dos reinos. Fue en el convento segoviano donde la reina Isabel conoció a fray Tomás. Impresionada por su prudencia, rectitud y santidad, lo eligió como uno de los tres confesores del matrimonio regio, cargo que tradicionalmente servía a los escogidos como trampolín en sus carreras eclesiásticas hacia puestos más elevados.

 

Introducido en el círculo de máxima confianza de los monarcas, hacia 1478 Tomás de Torquemada participó en la redacción de un informe remitido por el cardenal Mendoza, arzobispo de Sevilla, a la reina Isabel. En sus páginas se denunciaban las costumbres judaizantes que mantenían clandestinamente los conversos sevillanos. El documento tuvo una amplia repercusión, llegando hasta Roma, donde el papa Sixto IV se mostró preocupado ante los testimonios que el fraile dominico presentaba en su detallado informe.

 

Partidario de la misma ortodoxia militante que defendía Torquemada, el pontífice publicó el 1 de noviembre de ese mismo año la bula Exigit sincerae devotionis affectus, en la que cedió el control de la Inquisición a los Reyes Católicos, cumpliendo así con una aspiración manifestada por los monarcas. Aunque el tribunal religioso llevaba implantado en el Reino de Aragón desde 1249, fue durante el reinado de Isabel y Fernando cuando su jurisdicción se extendió por toda la Península. Controlada desde la corona, la Inquisición no tardó en convertirse en un instrumento de poder desde el que se ejerció la represión contra la disidencia religiosa.

 

Desde un primer momento estuvo claro el nombre del candidato idóneo para dirigirla. En 1482, Torquemada fue nombrado inquisidor por Sixto IV. Apenas un año más tarde fue designado Inquisidor General de Castilla y Aragón, Valencia y Cataluña. Con su elección también se mantenía una vieja tradición no escrita instaurada desde los primeros tiempos de funcionamiento del Santo Oficio.

 

En el seno de la orden de predicadores, los dominicos habían ocupado los puestos de inquisidores desde la Edad Media, compartiendo ese mérito con los franciscanos. La preparación y formación teológica de estos religiosos hizo que las autoridades eclesiásticas los eligieran para desempeñar esa responsabilidad, preferencia que se acabó decantando por los primeros.

 

En este sentido, se llegó a decir que el nombre de los dominicos no procedía realmente de Santo Domingo de Guzmán, el religioso español fundador de la orden, sino de la contracción de dos términos latinos, Dominus (“Señor”) y Canis (“perro”), formando una palabra compuesta que podría traducirse por “Los perros del Señor”, con la que se hacía referencia directa al cometido que se les había encomendado, que no era otro que el de perseguir herejes como auténticos animales de presa. Teniendo en cuenta estos precedentes, no cabe duda de que Torquemada reunía los requisitos necesarios para cumplir con éxito su misión.

 

Remite al artículo El temido brazo ejecutor, de José Luis Hernández Garvi.

 

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Etiquetas: Historia, Inquisición, Religión

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