Catalina, emperatriz de Rusia y déspota ilustrada

Emperatriz de Rusia por matrimonio, la polaca Catalina supo quitarse de enmedio a su marido y convertir a su país de adopción en una nación potente e ilustrada.

Catalina la Grande

 

Ambiciosa, inteligente y con una personalidad arrolladora, la polaca Sophie Friederike Auguste von Anhalt-Zerbst ligó su vida a la historia de Rusia, llevando el país a una de sus mayores cotas de expansionismo y dotándolo de una vida cultural desconocida hasta aquel momento. Aunque muchos biógrafos sólo rescatan la aireada vida sexual de la zarina –que, ciertamente, la tuvo–, su paso a la biografía universal viene dado por cómo encarnó con maestría el más puro despotismo ilustrado.

Nació en Pomerania (actual Polonia) en 1729 y su madre, cuya ambición no conocía límites, la educó para que fuera capaz de subir con desparpajo todos los escalafones sociales. Los esfuerzos maternos dieron su fruto y la niña consiguió el “premio gordo”: Pedro III, sobrino de la zarina Isabel y heredero al trono ruso. Se quitó del medio pequeñas tonterías como la de renunciar al luteranismo y convertirse a la iglesia ortodoxa y se casó con Pedro en San Petersburgo, en 1745. Diecisiete años más tarde, en enero de 1762, la pareja se convertía en los nuevos emperadores de Rusia. En aquel punto, Catalina no estaba demasiado contenta con su matrimonio, ya que no había cumplido sus expectativas; ni las políticas ni las amatorias. Dado que Catalina era más proclive a la toma de decisiones drásticas que al autofustigamiento, solventó la ausencia de su marido del lecho conyugal con un largo listado de amantes. Respecto al ámbito político, la zarina se percató de que su marido no era especialmente querido por la aristocracia ni por el pueblo. Así, en julio de 1762, atajó el problema por la vía del medio: le atizó a su marido un golpe de Estado en toda regla, por el que Pedro III fue detenido, obligado a abdicar y, sospechosamente, asesinado.

 

Una gran zarina

Tan sólo seis meses después de haber sido nombrada zarina, Catalina ya reinaba en soledad, ganándose a pulso el apelativo de "La Grande". Comenzaron entonces 34 años de un mandato teñido de despotismo ilustrado. Admiradora de Diderot y Voltaire –a quienes convirtió en cercanos asesores–, aplicó las ideas ilustradas al ámbito de la cultura y a la política interior. Catalina se apoyó en los terratenientes rusos y mantuvo los privilegios de la nobleza, reforzando su poder sobre los siervos. Tomó medidas liberalizadoras como la secularización de los bienes de la Iglesia y reformó la administración, lo que unido a la práctica gratuidad de la mano de obra, llevó a un gran mejoría de la economía.

Su política exterior fue claramente expansionista y, durante sus años como zarina, logró anexionarse Lituania, Bielorrusia, Crimea y Ucrania. En el campo de la cultura y la educación, Catalina realizó una aportación ciertamente reseñable. Ejerció un permanente mecenazgo en las artes y potenció con fuerza la ópera rusa. Al fallecer Voltaire, con quien le unió una amistad de más de 15 años, compró la colección de libros del filósofo que, en vida, la llamaba “mi estrella del Norte”. Entre ilustrados andaba el juego.

Etiquetas: Emperador / emperatriz, Ilustración, Mujeres

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