Buscadores de lo inexistente

Los conquistadores de América se dejaron salud y fortunas en busca de quimeras, nunca supieron que habían perseguido falsas leyendas.

M. Mañueco / S.M.
El paisaje de Nuevo México donde se creyó ver una ciudad de oro.

Buen chasco ha de ser llegar a saber que el objetivo de la dura expedición en realidad no existía. Por eso, no dejaron de lanzarse a estas aventuras descabelladas que elucubraban su obsesión por el oro.

Las partidas en busca de El Dorado no cesaron aunque todas acabaran mal, como la comandada por Pedro de Ursúa, en la que fue asesinado junto a su amante, Inés de Atienza, por varios conspiradores, entre ellos el célebre Lope de Aguirre, quien ahí inició su enloquecida rebelión contra la Corona.

Otra quimera del oro fue el País de Omagua que, entre otros, buscó Philip von Hutten, uno de los alemanes que participaron en la conquista de Venezuela.

Casi muere en la calamitosa búsqueda de este país de ciudades doradas colgadas de las montañas andinas, que por supuesto no existía. Como tampoco era verdad la leyenda de El Meta, edén de riquezas que buscó inútilmente Diego de Ordás en el Orinoco.

Ni la Casa del Sol que persiguió Gonzalo Jiménez de Quesada, ni las Siete Ciudades de Cibola que buscó Francisco Vázquez Coronado, ni la Sierra de la Plata por la que se afanó Domingo Martínez de Irala.

Tampoco dio con las Minas del Rey Salomón Álvaro de Mendaña en el Pacífico, aunque sí le dio el nombre del bíblico monarca a las islas a las que arribó; ni halló Gonzalo de Pizarro el País de la Canela, sino un área pantanosa e improductiva; y fueron envejecedoras adversidades lo que se encontró Ponce de León cuando buscó la Fuente de la Eterna Juventud en la Florida.

El anhelo de creer en otros mundos posibles, dentro de éste, arrastró la ensoñación de los paraísos perdidos a través de los tiempos.

Y así es como todavía había quien los buscaba a principios del siglo XX: el explorador y arqueólogo inglés Percy Fawcett y su hijo se perdieron para siempre jamás en tierras brasileñas cuando buscaban una supuesta ciudad mítica oculta en las selvas amazónicas más inexploradas.

Hasta años recientes han durado las ganas de toparse con la Atlántida, esa tierra de perfecciones simétricas que Platón puso en el imaginario colectivo y que teóricos y elucubradores han situado en distintos puntos del planeta y la Historia: Creta, sur de España (Tartesos), Malta, las islas Azores, las Canarias, el mar de Azov… La buscó y creyó hallar sus pistas el explorador César Luis de Montalbán a principios del siglo XX. La dio prácticamente por cierta el descubridor de Troya, Heinrich Schliemann, basándose en unos objetos encontrados en su famosa excavación, en los que jeroglíficos fenicios aludían a un tal rey Cronos de la Atlántida.

El gran misterio del continente perdido sigue seduciendo y ni en nuestros días cesan las prospecciones. En 2001, el investigador Jim Allen exploró los Andes y expuso, en un programa del Discovery Channel, los restos que allí halló y que aseguró que sólo podían ser de la Atlántida.

El mismo origen dio Charles Berlitz a los cimientos sumergidos que fotografió en el golfo de México. Más encaminado hacia la descripción de Platón, que describía una gran isla más allá de las Columnas de Hércules, el historiador Jacques Collin-Girard se afanó infructuosamente en 2004 en las aguas oceánicas cercanas a Gibraltar.

En una reciente intentona, un equipo de buzos, dirigido por el arqueólogo John van Auken, se sumergió en aguas de las Bahamas, donde hace 80 años el psíquico Edgar Cayce, muy venerado por los más adictos a la New Age, predijo que aparecerían vestigios de la Atlántida. Y es que la fe mueve montañas y mares.

Etiquetas: Descubridores, Historia

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