Adam Smith, filósofo y economista

Según Smith, el ser humano debe controlar y dominar su egoísmo para que la vida en comunidad no se convierta en una guerra salvaje de todos contra todos.

F. Cohnen / S. M.
Adam Smith, filósofo y economista
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Este filósofo y economista, que basaba su ideario en el sentido común, es recordado actualmente como el teórico del liberalismo económico y del capitalismo, pero su fama comenzó con la publicación de su obra Teoría de los sentimientos morales. Frente al escepticismo de David Hume, Adam Smith defendía el acceso cotidiano e inmediato a un mundo exterior independiente de la conciencia. Este pensador escocés creía que el fundamento de la acción moral no se encuentra en normas y en ideas nacionales, sino en sentimientos.

Smith postulaba que la primera tendencia del ser humano es la del amor hacia sí mismo. De ahí que se vea obligado a controlar y dominar su egoísmo, elemento fundamental para que la vida en comunidad no se convierta en una guerra de todos contra todos. La conducta moral es posible, porque el individuo está inclinado por naturaleza a sentir empatía hacia el prójimo, aunque en este proceso también influye la necesidad del ser humano de ser aprobado por los demás. En su Teoría de los sentimientos morales, Smith explicaba el origen y funcionamiento del resentimiento, la virtud, la justicia, la venganza, la admiración y la corrupción.  

Libre competencia. En La riqueza de las naciones, Adam Smith se manifestó a favor de la libre competencia como el medio más idóneo de la economía, afirmando que las contradicciones engendradas por las leyes del mercado serían corregidas por lo que él denominó “mano invisible” del sistema.

Al fin, el egoísmo. “El hombre necesita casi constantemente la ayuda de sus semejantes, y es inútil pensar que lo atenderían solamente por benevolencia (…) No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos lleva a procurarnos nuestra comida, sino el cuidado que prestan a sus intereses”, escribe Smith.

La fuerza de la empatía. El pensador y economista escocés subraya que la mayor parte de estas necesidades se satisfacen por intercambio y por compra. En un sistema económico, postula Smith, el interés personal no es la única motivación, ya que si así fuera, toda negociación sería imposible. El ser humano es capaz también de comprender el interés personal de su compañero (empatía) y de llegar a un intercambio mutuamente beneficioso. Smith piensa que es necesaria una cierta acumulación de capital para poner en marcha la división del trabajo. Gracias a ellas se potencia el crecimiento económico, que es la clave del bienestar social.

El temor de la alienación. Pero conocía los peligros que conllevaba esa ecuación económica. Estaba convencido de que un hombre que pasa toda su vida para completar unas pocas operaciones simples cuyos efectos son siempre los mismos, no tiene tiempo para desarrollar su inteligencia ni practicar su imaginación. El resultado es la pérdida del hábito de ejercer sus facultades y la alienación del individuo. Por ello recomendó al Estado que impulsara la educación de las clases trabajadoras. De hecho, Smith criticó las vidas miserables que sufrían muchos compatriotas y alertó de que una sociedad “en la que la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables no puede ser próspera ni feliz”.

 

El teórico del capitalismo

 

Nació en Kirkcaldy (Escocia), en 1723, y estudió en las universidades de Glasgow y Oxford. En la primera llegó a ser profesor ayudante de la cátedra de Retórica y Literatura, y en la segunda trabajó como catedrático de moral.

En 1763 renunció a sus labores académicas y se convirtió en el tutor del III Duque de Buccleuch, a quien acompañó en un viaje por Francia y Suiza donde conoció al deportado Voltaire. En Francia se encontró con su amigo David Hume y contactó con los fisiócratas Françoise Quesnay y Turgot, así como con Benjamín Franklin, Diderot, D´Alembert y Necker.

Una vez regresó a Gran Bretaña, Smith se volcó en la redacción de La riqueza de las naciones. Tardó varios años en completar su obra, cuyo principal mérito no es tanto su originalidad como el uso que hace su autor del razonamiento sistemático y científico para validar sus tesis económicas. Fue nombrado director de Aduana de Edimburgo en 1788, puesto que desempeñó hasta su muerte doce años después.

Etiquetas: Historia, Personajes famosos

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