¡Que vienen los bárbaros!

La penetración de los pueblos germánicos en el Imperio Romano no fue un proceso homogéneo.

A. Alonso y L. Otero / S. M.
Carlos Martel lideró a los francos en la batalla de Poitiers (732), donde se detuvo el avance musulmán

Así, mientras que en algunas provincias se produjo una fusión más o menos pacífica, en su Carta a Geruchia, San Jerónimo describe cómo tras cruzar el Rin en 406, “innumerables pueblos feroces devastaron todo el país entre los Alpes y los Pirineos, y las ciudades quedaron despobladas por la espada y el hambre”.

Apenas tres siglos después, la invasión islámica volvió a desestabilizar parte de Europa. Los califas omeyas, con capital en Damasco, iniciaron una rápida expansión que les permitió controlar el norte de África y asaltar la península Ibérica.

Desde allí pusieron rumbo a la Galia, donde los francos, dirigidos por Carlos Martel, detuvieron su avance cerca de Poitiers en 732.

Las incursiones de otros dos pueblos impidieron dejar las armas a los europeos. A finales del siglo IX, los jinetes magiares originarios del este de los Urales penetraron en Europa occidental, donde llegaron a arrasar el Languedoc, en Francia.

Sus incursiones continuaron hasta que fueron derrotados por el emperador germánico Otón I en el río Lech (Baviera), en 955.

Precisamente, la arqueología ha demostrado que los magiares, que se asentarían en Hungría, mantuvieron un estrecho contacto con los vikingos, que desde sus bases en Escandinavia saquearon a conciencia las costas europeas.

Etiquetas: Guerras, Historia

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