Octavio Augusto, creador del Imperio Romano

El heredero de Julio César supo jugar muy bien sus cartas: se quedó con todo el poder, pero disimuló su absolutismo con el disfraz de representante del pueblo.

Jacobo Storch
Octavio Augusto
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Sobrino-nieto de Julio César, Cayo Octavio Turino fue adoptado por éste como hijo y heredero. Entonces pasó a llamarse Cayo Julio César Octaviano. Con una buena educación helenizada y dotado de gran habilidad política, supo atraerse a los amigos y colaboradores de César a su causa, entre ellos a Marco Antonio, mano derecha del dictador asesinado y con quien selló una alianza personal (casando a Antonio con su hermana, Octavia) y política, que acabaría fraguando en el llamado “segundo triunvirato”, junto a Marco Lépido, una vez derrotados los asesinos de César. Desde el año 36, Octavio era el dueño de la política en la parte occidental del Imperio, especialmente desde que Marco Antonio se instalara en Oriente, entregado a sus amores con Cleopatra. Esta situación fue aprovechada por Octavio para preparar el enfrentamiento definitivo, que se produjo en el año 31 con la batalla naval de Actium, y el apoyo de la mayor parte del ejército romano.

En el año 27, tras la devolución formal del poder al Senado, éste le concedió el título de Augusto, nombre que ya conservaría hasta su muerte. Poco a poco fue acumulando los diversos cargos con que disimulaba su poder real, basado en el imperium o mando supremo de las legiones romanas. Así, además de Augusto, sería sucesivamente imperator (generalísimo), príncipe, tribuno de la plebe, cónsul en varias ocasiones, padre de la patria y pontífice máximo, títulos concedidos por un Senado dócil.

La gloria de Roma

Después de consolidar las fronteras del Imperio con diversas expediciones, pacificó el territorio romano tras casi un siglo de guerras civiles y reorganizó las divisiones provinciales, además de crear el aparato administrativo que perduraría más de tres siglos. Además, impulsó un amplio programa de construcciones monumentales (de ahí su conocida frase “Heredé una Roma de ladrillo y dejé otra de mármol”) y de recuperación de las virtudes tradicionales, a partir del regreso a las antiguas costumbres, el apoyo al latín clásico (además de la cultura griega, de la que era buen conocedor) y la creación de un lenguaje artístico con claro sentido de la propaganda política.

Etiquetas: Emperador / emperatriz, Romanos

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