Nefertiti y Tutankamón, asuntos de familia

La vida de la famosa reina de Egipto contiene todos los ingredientes de un culebrón.

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Nefertiti significa “la bella ha llegado”, nombre acertado para la reina más hermosa de Egipto (de nuevo, con permiso de Cleopatra). ¿Exagerado calificarla de mujer perfecta? Quizá sí. Su famoso busto se realizó a partir de un núcleo de piedra caliza cubierto por capas de estuco. Un TAC del mismo reveló en el interior un rostro esculpido más imperfecto; con arrugas, pómulos menos prominentes, nariz ligeramente sobresaliente… Los cambios debieron hacerse para que se adaptase mejor a los ideales de belleza de la época.

Pero ni siquiera este photoshop arcaico, que probaría que la reina no fue tan perfecta como se creía, ha evitado que se la siga considerando una “mujer 10”. Tanto, que en 2009 Nileen Namita se gastó 320.000 euros en cirugía estética con la esperanza de parecerse a ella. Excentricidades aparte, basta contemplar su cabeza policromada para ahuyentar cualquier duda sobre su beldad.

Heroína o traidora, la vida de Nefertiti contiene todos los ingredientes de un culebrón: amor, poder, celos, traición, venganza… y quizá asesinato. Criada en un harén, hacia 1345 a.C., con entre diez y doce años, se convirtió en la Gran Esposa Real de Akenatón, hijo de Amenhotep III. Aunque sus orígenes son inciertos, se sabe que pasó a ser una poderosa reina y que ayudó a su esposo a liderar una revolución. Akenatón desafió a la conservadora sociedad egipcia al cambiar su nombre como declaración de principios de su nueva orientación religiosa y, por tanto, política. El “faraón hereje” empezó su reinado como Amenhotep IV y en el cuarto año se convirtió en Akenatón, “aquel que es eficaz en nombre de Atón”, un dios menor que elevó al rango de deidad única. Desbancado el dios principal, Amón, la pareja se propuso arrebatar el poder a sus grandes sacerdotes y, para evitar represalias, abandonó Tebas (actual Luxor), capital de Egipto durante cientos de años, para fundar en una inhóspita y lejana región una nueva: Tell el-Amarna. En aquella revolución con tintes de sacrilegio, Nefertiti jugó un papel clave; más que como reina, como corregente. ¿Pagó un terrible tributo por su autoridad e independencia y por eso, en el decimocuarto año de su reinado, desaparece de los registros? Pudo morir de peste, o despojada por un enigmático personaje: Semenejkaran. Para algunos jamás existió; para otros, fue el nombre que tomó Nefertiti al transformarse en faraón.

Nefertiti dio a Akenatón seis hijas, pero una esposa menor, Kiya, le dio un varón: el futuro Tutankamón. Kiya desapareció algo después de los registros. ¿Fue víctima de los celos de Nefertiti? Tras la muerte de Akenatón, la reina, que crió al príncipe Tut, habría concertado el matrimonio de éste con su hija Ankesenamón, asegurando así su reinado y el de sus herederos. Y regresó a Tebas con el cadáver de su esposo, para reconciliarse con los sacerdotes de Amón. Allí, la madrastra y suegra de Tut habría reinado, en la sombra, hasta su muerte. Como haría su sucesor, que, sabiendo que la única manera de salvar Egipto era seguir venerando a los antiguos dioses, cambió su nombre, Tutankatón, “viva imagen de Atón”, por el de Tutankamón, “viva imagen de Amón”.

Remite al artículo Dos rostros para la eternidad, de Laura Manzanera, en la revista Muy Historia número 69.

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Etiquetas: Antiguo Egipto, Egipto

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