Herederos del Egipto faraónico

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Egipto posee méritos suficientes para erigirse en la sede de una sociedad plenamente mediterránea y, como tendremos ocasión de ver, puede ser considerado ni más ni menos que el lugar de origen de lo que hemos dado en llamar civilización occidental. Así, fenicios, griegos, romanos e, incluso, el pensamiento judeo-cristiano tienen una enorme deuda con la cultura egipcia; una deuda que aquellos pueblos jamás negaron (si acaso la negación ha venido de los estudiosos actuales).

Ha sido el primer Estado territorial centralizado de la Historia, y ello ya desde el cuarto milenio, adelantándose por consiguiente a Mesopotamia, Grecia y la Roma republicana que, aunque conquistaron grandes imperios, no pasaron nunca del marco político de la ciudad-estado. A pesar de que esta centralización fue alcanzada mediante el uso de la fuerza, pronto sus dirigentes sustituyeron el concepto de la simple explotación de regiones y poblaciones vencidas por el de la administración igualitaria de la totalidad de gentes y territorios.

Aquella civilización se vio obligada a levantar muy pronto una poderosa organización centralizada, capaz de administrar los enormes recursos humanos y materiales del país: esta sociedad es lo que hemos convenido en llamar Estado faraónico. Es indudable que la estructura y la situación misma de Egipto ayudaron eficazmente a los hombres en esta tarea. Por un lado, el Nilo ?"Egipto es un don del Nilo", como el viajero historiador griego Herodoto dejó dicho y escrito-, con sus crecidas anuales benéficas y sosegadas, facilitaba al Estado la organización de sus enormes recursos hidráulicos. Por otra parte, la práctica ausencia de enemigos exteriores favoreció la evolución en paz de la sociedad egipcia y de las estructuras que la encuadraban.

Con el paso del tiempo, el Estado faraónico fue mejorando de manera gradual los mecanismos de control de los recursos productivos del país, pero de forma paralela siempre explicitó los principios de reciprocidad para con sus administrados, que eran en realidad el fundamento último de su propia legitimidad. De la misma manera, el gobierno del viejo Egipto faraónico siempre sostuvo un cierto equilibrio con sus súbditos, al mantener en términos moderados sus exigencias en tributos y corveas -prestaciones obligatorias de trabajo personal no remunerado-. Todo ello explica su larga supervivencia, por encima de los innumerables avatares políticos que debió soportar. También explica que Egipto fuese el Estado más humano e incruento de la cuenca mediterránea, tanto en el trato con sus administrados como con sus propios enemigos. No en vano, el pueblo del Nilo -que no abandonó nunca su natural optimismo- estaba convencido de vivir en el mejor de los mundos posibles, y cuando imaginó un paraíso en el mundo de ultratumba lo hizo a imagen y semejanza del propio Egipto terrenal, incluso con la obligación de trabajar, pero eso sí, donde la muerte ya no existía. Sin embargo, el Estado faraónico no dejó de evolucionar a lo largo de su dilatada existencia, atravesando por sucesivas formaciones políticas y sociales.

Considero que la historia de Egipto tiene un interés primordial para los investigadores: se trata de 4.500 años de crónica continua, relativamente bien conocida, durante los cuales el país evolucionó por razones exclusivamente internas, con escasas influencias del exterior. Por ello, cabe considerar el Egipto faraónico casi como el laboratorio del que los historiadores no disponen, puesto que en él acontecieron hechos y se dieron situaciones de todo tipo. El análisis de aquella época puede ser emprendido con provecho al utilizarse para compararla con hechos y situaciones semejantes que la humanidad ha conocido posteriormente en lugares distantes, tanto en el espacio como en el tiempo. De estas comparaciones pueden deducirse, creo, enseñanzas interesantes a la hora de intentar interpretar las razones que rigen el devenir histórico. Egipto, que conoció sucesivas épocas de régimen monárquico centralizado -que corresponden a los imperios Antiguo, Medio y Nuevo- y de régimen feudal -los llamados Periodos Intermedios-, llegó también a conocer, a principios del Primer Período Intermedio, una revolución social en Menfis: "En verdad, el país gira sobre sí mismo -es decir, revoluciona- como el torno del alfarero", dice Ipuur en sus Lamentaciones, que son contemporáneas de los acontecimientos.

El resultado más visible de esta revolución social fue el acceso de la plebe egipcia a los derechos religiosos y, más concretamente, a la vida de ultratumba. Pero también quedaron, sin duda como herencia, las nociones de justicia y equidad que contribuyeron a humanizar notablemente la monarquía posterior a la revolución menfita. De hecho, ya desde el Imperio Antiguo, las "casas de vida" menfitas -es decir, las escuelas de escribas- desarrollaron un alto pensamiento humanista vinculado a la escuela teológica del dios Ptah. Dentro de estos círculos intelectuales se profesaba una alta valoración de la persona, de la cual se hace eco el primer libro de la Historia que ha llegado completo hasta nosotros: Las Enseñanzas de Ptahhotep. El libro consiste en un compendio de consejos cívicos y morales, y destaca por su carácter universal: sus consejos son y serán válidos en cualquier sociedad que se rija por principios morales. Sus principios, que no son sino una expresión de la moral natural, han de acatarse no por la esperanza de una recompensa o el temor a un castigo en el más allá, sino porque es una cuestión de justicia, entendida ésta como la razón última que justifica la existencia de la sociedad de los hombres.

En esta civilización no hay privilegios aristocráticos ni separación legal entre clases; sólo el propio individuo es responsable de sus éxitos y fracasos. La caridad y la solidaridad son, en todo caso, necesarios para neutralizar los efectos negativos del excesivo individualismo. En materia religiosa, se dan los primeros atisbos de un monoteísmo racional y no revelado. Ptahhotep nos muestra, en definitiva, la altura alcanzada por el pensamiento humanístico en los círculos literarios de Menfis, unos 2.500 años a.C. Sin embargo, Ptahhotep no es el único testimonio en este sentido, ya que otros textos contemporáneos van en la misma dirección y nos traducen la idea de una sociedad en todo seme¬jante a la que acabamos de describir. Tal vez los más llamativos sean los que nos conducen a la seria conclusión de que, durante el Imperio Antiguo, no había castigos cruentos ni, por supuesto, pena de muerte.

Conocemos asimismo, con sumo detalle, las especulaciones teológicas del clero de Ptah, que condujeron a la elaboración de una especie de monoteísmo filosófico según el cual Ptah fue el creador del mundo por el poder de su verbo. De hecho, una especie de monoteísmo filosófico y a la vez compatible con el politeísmo tradicional y oficial se mantuvo desde entonces en estado latente y circunscrito a determinados círculos intelectuales de Egipto. Será precisamente de ahí de donde tomará origen, ya en el Imperio Nuevo, el monoteísmo revelado y exclusivista de Akhenatón (final de la dinastía XVIII). En general, las diversas escuelas teológicas egipcias nos ponen de manifiesto, más allá del ropaje politeísta tradicional, la gran profundidad alcanzada desde muy pronto por el pensamiento religioso egipcio. Por un lado, nos explica la creación del mundo por medio de elaboradas concepciones cosmogónicas; por otra parte, nos induce a observar una conducta moralmente aceptable, como medio de alcanzar en último extremo el paraíso en el más allá.

Fue la egipcia una sociedad monógama, en la que hombre y mujer eran estrictamente iguales ante la ley. En Egipto no hubo ni velos ni gineceos, y la mujer circulaba libremente por calles y plazas. De hecho, las damas lucían generosamente su cuerpo, para admiración de propios y extraños -y, entre éstos, los griegos, como el propio Herodoto, que nos han dejado testimonio escrito de ello-. La ley autorizaba a las mujeres ser reyes y Egipto fue la única nación antigua que les permitió ejercer la suprema jefatura del Estado por derecho propio. En la práctica, raramente se dio este hecho, puesto que parece que sólo hubo cinco mujeres egipcias que llegaron a ser reyes de su país, antes de la época lágida. De todos modos, debemos recordar que ninguna mujer fue monarca en los estados del Próximo Oriente Asiático, ninguna fémina tuvo responsabilidades políticas de especie alguna en la democrática Grecia y no hay mujeres cónsul ni emperador en Roma.

La herencia cultural que nos ha dejado aquella antigua sociedad no es desdeñable en ninguno de sus campos. En el de la literatura, por ejemplo, debemos situar en el territorio del Nilo desde el nacimiento de los más diversos géneros literarios hasta el de los más característicos tópicos que se han mantenido hasta nuestros días, a pesar de que el rol de Egipto siga siendo obviado habitualmente en nuestras historias de la literatura universal. En el campo de la estética, nuestra deuda con aquella sociedad es más reconocida -hemos de suponer que porque es más visible y, por ello, evidente-. La herencia abarca desde el origen de la arquitectura en piedra, con las pirámides y otras grandes tumbas, hasta el modelado del cuerpo humano, como la estatuaria que conservamos.

En el terreno de las ciencias debemos a Egipto no sólo el origen sino también importantes avances en matemáticas, medicina, farmacopea o alquimia. En el de la religión no hay duda de la influencia de la teología y de la mitología del Nilo sobre el mundo de Levante -Siria y Palestina, incluido el mundo bíblico-, de Grecia y de Roma.

Cuando Roma entró en contacto con Egipto, su espíritu pragmático le llevó a aprender muy pronto cómo organizar la economía de su inmenso Imperio según el modelo egipcio de administración territorial. Más allá del simple anecdotario histórico, ésta es la enorme trascendencia de la estancia de personajes como César u Octavio Augusto en aquellas tierras africanas. Es, en definitiva, a través de Roma como se expandió por todo el Mediterráneo la mayor parte del legado de Egipto: la administración y la burocracia del Estado, la colonización del territorio, la ideología monárquica, el calendario solar, las religiones orientales con su carga moral y sus expectativas de salvación eterna... Este legado sigue, en gran parte, vigente en nuestros días.

En este punto, y muy a mi pesar, debo hablar de un contrasentido. Por un lado, en la actualidad nadie pone en duda el importante papel de Egipto en los orígenes de nuestra civilización. Sin embargo, incomprensiblemente, la egiptología como enseñanza independiente sigue marginada en la universidad española. Pero, por otra parte, tenemos un cierto número de misiones arqueológicas en el país del Nilo. La nuestra, la de la Universidad de Barcelona, es la Misión de Oxirrinco (El-Bahnasa). Lleva ya trabajando quince años y estamos finalmente recogiendo sus frutos. El descubrimiento más importante que han realizado es un templo subterráneo de Osiris, único en Egipto. También han logrado un aumento espectacular del corpus de inscripciones griegas paleocristianas y el acondicionamiento del yacimiento para abrirlo al público en un futuro próximo.

Mis palabras van a ser desarrolladas por los artículos que componen este acercamiento entusiasta al Egipto de los faraones. Ninguno os va a dejar indiferente. ¿Por qué Egipto sedujo y sigue seduciendo a tanta gente? Yo mismo no sé aún la respuesta; ni siquiera sé si hay una sola respuesta. Sin embargo, cuando en mis habituales estancias en Egipto contemplo el Nilo, o el desierto, y a sus habitantes de hoy, herederos de aquellos antiguos constructores de pirámides, siento que mi espíritu descansa, mi cuerpo se relaja y hago mías las palabras de nuestro primer egiptólogo, el diplomático Eduard Toda, escritas durante su estancia en Egipto entre 1884 y 1886: "Me atrae este desierto, me gusta, me siento bien en él, solo y cara a cara con su inmensidad. Quiero verlo frecuentemente mientras viva aquí y, más tarde, en el reposo que deseo al abrigo de los sauces de mi tierra, espero reencontrarlo en sueños como un antiguo compañero a quien se abren los brazos porque se le ha querido de corazón".

Por Josep Padró

Etiquetas: Egipto, Esfinges, Historia, Pirámides

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