Heráclito de Éfeso: "todo fluye, somos y no somos"

Este filósofo presocrático afirmaba que el fundamento de todo está en el cambio incesante.

F. Cohnen / S. M.
Heráclito representado en el fresco de Rafael Sanzio La escuela de Atenas.

El ente deviene y las cosas se transforman en un proceso continuo de nacimiento y destrucción que afecta a objetos, animales y seres humanos. “Todo fluye, somos y no somos”, era el lema básico de Heráclito de Éfeso, también conocido como Heráclito el “Oscuro”. El pensador griego creía que el mundo experimenta un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. Dentro del cambio incesante de las cosas, Heráclito postula que existe una unidad o principio eterno encarnado por el fuego. Pero esta llama crepitante es una metáfora que se refiere al movimiento y cambio constante en el que se encuentra sumido el ser humano y el mundo.

Estilo críptico. Sus ideas reproducen la ambigüedad y la confusión de la realidad. Diógenes Laercio le atribuyó un libro titulado Sobre la naturaleza, que estaba estructurado en tres partes: Cosmológica, Política y Teológica, pero apenas aporta unos fragmentos del pensamiento perdido del filósofo griego. Algunas de sus geniales sentencias han llegado a nuestros días a través de escritores griegos y romanos posteriores. ¿Realmente conocemos cuál era el mundo interior de ese personaje al que los antiguos llamaron el “Oscuro"? Al menos tenemos la esencia de su pensamiento. “Todo cambia y todo pasa”, lo que nos recuerda vagamente el famoso poema de Antonio Machado. Todo ese fluir está regido por una ley que el pensador denominaba “logos”, que no sólo rige el devenir del mundo, sino que nos indica el camino a seguir, aunque la mayoría de nosotros “no sabemos escuchar ni hablar”.

El lamento de Heráclito. Según este pensador, la mayoría de las personas vivía relegada a su propio mundo, ajena a la realidad del cambio continuo, del fluir constante de las cosas y de ellos mismos. Los hombres, sordos y ciegos, se olvidaban de su condición de mortales. Heráclito no despreciaba el uso de los sentidos. De hecho, los consideraba indispensables para comprender la realidad. Sin embargo, pensaba que con ellos no bastaba y que era necesario el uso de la inteligencia. “Se engañan los hombres sobre el conocimiento de las cosas visibles, de la misma manera que Homero, que fue considerado el más sabio de todos los griegos”, subraya Heráclito.  

Contradicción vital. La permanente movilidad que percibe Heráclito en todas las cosas se fundamenta en una estructura de contrarios. La contradicción está en el origen de todo, un pensamiento que de alguna manera entronca con la corriente filosófica más en boga a principios del siglo XXI, la del postmodernismo, encarnada, entre otros, por Deleuze, Derrida y Vattimo. Pero Heráclito de Éfeso era también un moralista: “Los ciudadanos deben luchar por la Ley, de la misma manera que luchan por defender la muralla de su ciudad”.

La sopa primordial de la filosofía

Matthew Stewart, doctor en Filosofía por la Universidad de Oxford, describe a Heráclito como el ejemplo genuino de un hombre cuya sabiduría es tan amplia que ya no puede mezclarse con la gente educada. “El desdén de este genio misantrópico por la estupidez de la especie humana le condujo a una solitaria existencia en las montañas. Allí, a solas consigo mismo, en las fogosas entrañas de su mente, comprimió las diamantinas ideas que constituyen su donativo a una humanidad desagradecida”.

Tal y como hemos visto, Heráclito afirmaba que todo es cambio. Y eso significa que “todo el mobiliario del mundo es mera vanidad”, subraya Stewart. “Sus palabras escapaban del alcance de los mortales ordinarios, quienes le consideraban un personaje enigmático y un tanto inquietante. No comprendían que la verdad no puede ser establecida, sólo indicada”, señala el filósofo británico. El pensamiento de Heráclito que ha llegado a nuestros días, los pequeños retazos de su sabiduría, constituyen la sopa primordial de la filosofía occidental.

Etiquetas: Historia, Personajes famosos

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