El primer suicida y otras curiosidades

Elena Sanz

curiosidades-historia3El primer suicidio de la Historia

El primer suicida al que la Historia dedica unas líneas es Periandro (siglo VI a.C.), uno de los Siete Sabios griegos. Diógenes Laercio contó cómo el tirano corintio quería evitar que sus enemigos descuartizaran su cuerpo cuando se quitara la vida, por lo que elaboró un plan digno de Norman Bates. El monarca eligió un lugar apartado en el bosque y encargó a dos jóvenes militares que le asesinaran y enterraran allí mismo. Pero las órdenes del maquiavélico Periandro no acababan ahí: había encargado a otros dos hombres que siguieran a sus asesinos por encargo, les mataran y sepultaran un poco más lejos. A su vez, otros dos hombres debían acabar con los anteriores y enterrarlos algunos metros después, así hasta un número desconocido de muertos. En realidad, el plan para que el cadáver del sabio no fuera descubierto era brillante, pero en lugar de un suicidio tenía visos de masacre colectiva.

Ricardo Corazón de León, ¿un rey en el armario?

Ricardo Plantagenet, rey de Inglaterra, debe su apodo "Corazón de León" a su larga y ondulada cabellera rubia. Desde niño fue el favorito de su madre, Leonor de Aquitania, con quien compartía el amor por la música, la poesía juglaresca y, según algunas lenguas, el amor por los hombres jóvenes. Quizá para acallar los rumores sobre su homosexualidad, su madre le casó con la princesa Berenguela de Navarra, con quien no tuvo hijos.

Algunas muertes estúpidas...

Las hay míticas, las hay memorables y las hay estúpidas. Lo malo de la muerte es que, una vez que llega ya no puede repetirse y hay algunos personajes históricos cuyo final no ha sido demasiado decoroso. Ahí está Allan Pinkerton (1819-1884), creador de la primera agencia de detectives del mundo. El escocés se resbaló un día, se mordió la lengua, que se infectó y le llevó a la tumba. Tampoco se salva nuestro producto interior bruto. Antonio Gaudí (1852-1926) falleció a los 74 años cuando al cruzar la Gran Vía barcelonesa fue arrollado por un tranvía. El genial dramaturgo Tennessee Williams (1911-1983) murió en su baño cuando, tratando de abrir con la boca un bote de pastillas, el tapón finalmente salió disparado hacia su garganta y lo asfixió. Quizás la muerte más estúpida de la Historia es la de François Vatel (1631-1671), cocinero de Luis XIV. Horas antes de que comenzara una cena para 2.000 personas, el inventor de la crema chantilly se atravesó el corazón con una espada. ¿La causa? No pudo afrontar que el marisco llegara a su cocina con retraso.

Ana Ormaechea


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