El faraón más longevo

Te contamos la historia del faraón egipcio Ramsés II.

Muy Historia
Templo egipcio

La noción y el ansia de posteridad era una de las características del pensamiento egipcio y Ramsés II aplacó esa ansia con creces, porque en cuanto a actividad constructiva nadie lo aventajó en momento alguno de la Historia. Se ha llegado a decir que sus construcciones son, en conjunto, superiores en esfuerzo a las de las pirámides de Giza. Los templos que hizo erigir (un buen sistema para tener de su parte al clero) describen un rosario que va desde el delta del Nilo, en el extremo norte, hasta la Nubia profunda, en el sur. Uno de los más hermosos, aunque no el mayor, es el de Abu Simbel en Asuán, rescatado de las aguas de la enorme presa Nasser por los esfuerzos combinados de varias naciones bajo el auspicio de la UNESCO. Junto a él se encuentra otro más pequeño dedicado a la diosa Athor, pero también a la memoria de su querida Nefertari, a la que como dijimos hizo proclamar diosa mientras aún vivía.

Las grandes construcciones eran un medio de revitalizar la economía egipcia, que parece fue bastante boyante durante el mandato de Ramsés II. Además, engrandecían a Egipto, propiciaban el afecto del clero y proclamaban la gloria de su faraón. Todo resultaba muy conveniente, y también lo era el hecho de que los nuevos templos se ponían bajo el auspicio de sacerdotes afectos al faraón. Ramsés abandonó Tebas, que era territorio indiscutible de la vieja casta sacerdotal, y puso en marcha su mayor proyecto constructivo: edificar una nueva capital en el delta del Nilo, a la que –como era de esperar, habida cuenta del personaje– llamó Pi-Ramsés. Además, dio un impulso definitivo al inmenso y maravilloso templo de Amón en Tebas, donde hasta ese momento habían trabajado varias dinastías, y concluyó la titánica sala de las columnas de Karnak, una de las maravillas de la arquitectura de todos los tiempos.

Ramsés II estaba convencido de que era hijo del dios Amón. En esto se diferenciaba de muchos de sus antecesores y sucesores en el trono, que aceptaban oficialmente la idea aunque se sabían hombres como los demás. Es probable que su soberbia y su indiferencia hacia el pueblo procediesen de ese convencimiento. Si era hijo de un dios, no podía equivocarse, ¿quién podía reprocharle nada? Era el propio Amón el que dictaba cada una de sus órdenes, y también sus caprichos. Con todo lo que sabemos sobre él, nos faltan muchos detalles en relación a su carácter. Dicen que podía llegar a ser muy cruel, que disfrutaba torturando a sus enemigos y que no reconocía límites a su voluntad. No parece difícil imaginar lo que sería este hombre a los 40 años de reinado, cuando aún se sentía joven y no había nada que entorpeciera sus deseos; no existen datos que acrediten amor a su pueblo. Quienes han estudiado la economía y el bienestar de los súbditos egipcios durante su reinado no han encontrado muestras de la voluntad de Ramsés II de elevar el bienestar de las masas, aunque parece que hubo muchas familias que incrementaron su patrimonio de manera fabulosa al abrigo del favor real. La desmesura de que se rodeó toda su vida nos lo presenta en una ancianidad hastiada de todo, añorando melancólicamente su vigorosa juventud y aquellas horas en que disfrutó del amor de su querida Nefertari. Pero ni siquiera él, reuniendo todo su poder, fue capaz de hacer retroceder el tiempo.

Remite al artículo Ramsés II el Desmesurado, de Alberto Porlan, en la revista Muy Historia número 69.

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Etiquetas: Antiguo Egipto, Egipto, Historia

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