Confabulación en el Senado romano, así mataron a Julio César

Julio César se había impuesto a sus rivales en las guerras civiles y el Senado romano lo nombró dictador en el año 46 a.C.

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Julio césar
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Sus conquistas habían proporcionado enormes riquezas al Estado y, en base a éstas, pretendía acometer importantes reformas sociales que limitasen el gran poder político y económico de las viejas familias patricias, con el fin de favorecer a los campesinos, a los veteranos de guerra y a la gente de las provincias. También planeaba importantes obras públicas en una política de pleno empleo, así como nuevas expediciones a territorios lejanos.

Sin embargo, aunque victorioso de las guerras intestinas, las familias y los seguidores de los vencidos seguían conspirando contra él. Lo acusaban de querer convertirse en un rey tirano, una figura que los romanos odiaban porque les recordaba al poder absoluto de los antiguos etruscos. Nunca se pudo probar, ni hay testimonios que apunten a que César tuviese esta pretensión, pero todo parece indicar que sí buscaba instaurar un poder cada vez más autónomo del Senado pues, efectivamente, había limitado sus atribuciones en favor de sectores más populares. Por este motivo, los tradicionales representantes de las familias patricias, que lo único que buscaban era no perder sus lujos y privilegios, decían que quería acabar con la República tradicional, contaminándola de influencias extranjeras.

Falsas acusaciones. Sin duda, los amoríos del conquistador de las Galias con Cleopatra fueron aprovechados para desprestigiarlo. Sus enemigos le atribuyeron falsamente la intención de trasladar la capital a Alejandría para legar luego el poder al hijo que había tenido con la reina egipcia, Cesarión. Por su parte, César contestaba despreciando cada vez más al Senado, al tiempo que lo seguía despojando de atribuciones y lo convertía en una cámara con una función meramente consultiva.

Mientras era acusado de aspirar a convertirse en tirano, fue viendo como las conspiraciones crecían a su alrededor. Pero las conjuras y las críticas le divertían, pues creía que jamás se concretarían en una amenaza real. Su carácter indulgente y nada sanguinario le llevó a no actuar contra los que sabía que maquinaban a su espalda, despreciando el peligro. Este exceso de confianza fue aprovechado por sus enemigos, que penetraron en su círculo más cercano, llegando hasta su misma familia y colaboradores. Como argumento para refrendar la conjura se utilizó la defensa de la República y sus instituciones representativas ante la amenaza de la tiranía que suponía César. Así se orquestó una campaña en Roma que advertía de que el dictador, de modo inminente, iba a tomar el poder mediante un golpe de Estado.

A principios del año 44 a.C., se incitó con hábiles gestos y cebos a la población para que lo proclamase rey, o para que él mismo aceptase la corona, y así tener una excusa para actuar. Pero César siempre rechazó indignado estos guiños, que sabía que eran una trampa para desprestigiarlo y dar argumentos a sus enemigos. A pesar de ello, se fue extendiendo el rumor de que el 15 de marzo, en la sesión del Senado, Lucio Cotta, que era tío y un fiel ayudante del dictador, propondría a Julio César como rey. Ante esta amenaza inminente, y antes de que fuese demasiado tarde, sus enemigos consideraron que sólo quedaba actuar mediante el tiranicidio.


Maniobra decidida

La red de conspiradores se activó y, animándose unos a otros, decidieron pasar a la acción. Dado que César tenía mucho apoyo popular y aún más en el ejército, era impensable reclutar a un piquete de soldados o asesinos para que lo matase, pues con toda seguridad habría filtraciones y el plan acabaría abortado. La única solución era que los inductores directos, los mismos senadores y altos cargos políticos, empuñasen las dagas y se manchasen sus propias manos. Obviamente, el lugar más seguro donde actuar para ellos era el Senado, sin importarles el hecho de que llevar armas consigo y consumar allí el crimen constituía un grave sacrilegio.

Lo que pasó a continuación fue un hecho muy sencillo: en los Idus de marzo César, al entrar confiadamente en el Senado, fue atacado por varios hombres a la vez y cosido a puñaladas. El único que podía defenderlo y que lo acompañaba, Marco Antonio, había sido distraído en la entrada de la cámara.

El dramaturgo inglés Shakespeare y la leyenda han adornado esta conjura hasta el infinito, legándonos una historia de presagios, de sueños premonitorios de su esposa Calpurnia, de avisos que por azar no llegaron momentos antes... También la convirtieron en un relato cargado de súbitos y violentos gestos y diálogos que quizá, en aquellos trágicos instantes, se pudieron producir. De todas las frases, la más famosa es la que, al parecer, dijo la sorprendida víctima al descubrir que Bruto, su hijo adoptivo, también estaba entre los conjurados y que Shakespeare popularizó: “¡Tú también, Bruto, hijo mío!”.
De todas formas, es posible que todo transcurriese en medio de un opresivo silencio. Al parecer, los senadores y altos cargos allí presentes y el resto de los participantes en la muerte sumaban unas 60 personas, que infligieron 23 puñaladas a César, aunque sólo una fue mortal.

El asesinato dejó aterrados a sus mismos autores, que huyeron dejando el cadáver tirado en el suelo. Cuando Marco Antonio lo vio, quedó anonadado y salió sin decir palabra, posiblemente temeroso de que también acabasen con él. Mientras los asesinos se atrincheraban en el Capitolio, la muchedumbre, enterada del magnicidio, se mostraba cada vez más amenazante, inmune a las palabras que los conspiradores le habían dirigido y que justificaban su acción en nombre de la libertad. Al día siguiente, en un calculado juego político, Marco Antonio, sintiéndose ya seguro, pactó con los ejecutores una amnistía a cambio de que el Senado se le sometiese.

Popular adiós

El día 20 de marzo de 44 a.C. se celebró el multitudinario funeral, en el que Marco Antonio incitó a las masas a atacar las viviendas de los conjurados, lo que los obligó a abandonar Roma. César había nombrado hijo adoptivo y heredero a su sobrino Octavio, quien se apresuró a reclamar su legado. Se avecinaba la guerra civil que llevaría al fin de la República y al advenimiento del Imperio. Si la conspiración quería impedir la llegada de un poder absoluto, consiguió lo contrario.

Etiquetas: Antigüedad, Julio César, Romanos

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