Saladino: El caballero de Oriente Próximo

El líder musulmán unificó el mundo islámico, conquistó Jerusalén y provocó la mítica Tercera Cruzada.

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Saladino: El caballero de Oriente PróximoSaladino (1138- 1193) ha sido retratado casi siempre como paradigma de la lealtad y la caballerosidad medieval. Para otros, sólo fue un político hábil y despiadado. El líder musulmán unificó el mundo islámico, conquistó Jerusalén y provocó la mítica Tercera Cruzada.

Al-Näsir Saläh ad-Dïn Yüsuf ibn Ayyüb, conocido en Occidente como Saladino, nació en 1138 en Tikrit (Irak). De familia kurda, su padre se puso al servicio de Zengi, señor de Mosul, que le nombró gobernador de Baalbek y fue el primer dirigente musulmán que articuló un plan para expulsar a los cruzados de Tierra Santa, con el que llegó a apoderarse del condado de Edesa. Cuando Zengi fue asesinado se inició un período de guerra civil que concluiría con el triunfo de su hijo Nur al-Din. La familia de Saladino se sumó a este y fue recompensada. Mientras el padre recibía el gobierno de Damasco, su tío Shirkuh se hizo con el mando del ejército.

Por esa época, los cruzados amenazaban el califato fatimí de Egipto, que pidió ayuda a Nur al-Din. A su socorro fue enviado Shirkuh, que llevó con él a su sobrino Saladino. En 1169 los cruzados habían dejado de ser una amenaza para Egipto, y los fatimíes fueron sustituidos en el poder real ?no formal? por Nur al- Din. Éste nombró a Shirkuh gobernador de Egipto, y cuando murió, lo sustituyó por Saladino. El joven demostró una notable capacidad organizativa y, cuando en 1171 falleció el califa fatimí, se convirtió en el señor del país del Nilo. Reconocía la autoridad de Nur al-Din, pero de manera meramente formal.

Tres años después Nur al-Din falleció, dejando como heredero a su hijo As-Salih Ismail al-Malik. El hecho de que fuese un niño excitó la codicia de las potencias vecinas y la de Saladino. Con el pretexto de defender los intereses del heredero legítimo, ocupó Damasco y la Siria del sur y, paso a paso, fue privando de posesiones a As- Salih, que se vio obligado a refugiarse en Alepo.

Incursiones y asaltos contra los estados cruzados


A esas alturas, nadie dudaba de que Saladino aspiraba al poder absoluto, pero iba a chocar con enemigos de peso. Aparte del heredero de Nur al-Din, estaba la secta de los asesinos, que lo veía como un pretendiente ilegítimo e intentó atentar contra él. Por su parte, el ahora señor de Egipto y Siria decidió lanzarse contra las posiciones cruzadas. ¿Un intento de obtener legitimidad, una herencia de Zengi...? Posiblemente, se trataba de una mezcla de realpolitik -política de la realidad- y convicción. En 1177 intentó invadir los territorios cruzados desde el sur, pero fue derrotado en la batalla de Montgisard. En 1179 venció en la batalla del vado de Jacob, impidiendo que los cruzados levantaran una fortaleza en la orilla del río Jordán. Se trató de un triunfo menor, pero le proporcionó una enorme popularidad. Cuando en 1181 el heredero de Nur al-Din murió sin descendencia, Saladino fue nombrado sultán de Siria y Egipto.

Arrebató a los cristianos la simbólica


Así se convertía de manera formal en lo que materialmente era desde hacía años, pero era consciente de la nula legitimidad en la que se sustentaban sus ambiciones. La dinastía Zengida -que gobernaba en Mesopotamia- podía reclamar el poder. Para evitarlo, se embarcó en una guerra que concluyó con la aniquilación o la sumisión de sus posibles rivales e instrumentalizó la yihad como aglutinante de sus súbditos.

En 1187 lanzó una nueva expedición contra los dominios cruzados. La aplastante superioridad numérica musulmana no era garantía de victoria, ya que los cruzados habían creado un sistema defensivo impresionante y contaban con una excepcional capacidad para el combate. La derrota cruzada se precipitó cuando, empeñados en rescatar a una dama que se defendía en su fortaleza, los cruzados eligieron el terreno escogido por su enemigo. La victoria de Saladino se produjo en 1187 junto a unas colinas llamadas los cuernos de Hattin, y le permitió apoderarse de los principales dirigentes cruzados y degollar a todos los caballeros templarios y hospitalarios que cayeron en sus manos. Era consciente de su valor como fuerza de choque y ordenó su muerte a menos que se convirtieran al islam. Ni uno solo aceptó.

Conquistó Galilea y Samaria y se dirigió hacia Jerusalén. La capitulación de la ciudad provocó en Occidente la convocatoria de una nueva cruzada. Por suerte para Saladino, los reyes que respondieron no formaron un frente unido. Federico I Barbarroja murió al cruzar el torrente Salef, y Ricardo Corazón de León y Felipe Augusto de Francia discutieron, lo que provocó el regreso de este último a su patria. Los cruzados lograron recuperar Acre y Jafa pero, al final, Ricardo tuvo que retirarse ante las noticias inquietantes que le llegaban de Inglaterra. La paz concluida con Saladino aseguraba a los cruzados una parte de la costa, pero no la ansiada devolución de Jerusalén.

En 1193, un Saladino admirado en todo el orbe islámico fallecía en Damasco. Le sucedería su hijo Al-Afdal, dando inicio a la dinastía ayubí. El gran legado del guerrero sería el mito de un conquistador musulmán capaz de unificar a los pueblos islámicos.

La conquista de la Ciudad Santa
Originalmente, la intención de Saladino era la de ejecutar a todos los cristianos de Jerusalén. Ante la posibilidad de que éstos arrasaran la ciudad y murieran entre sus ruinas, aceptó que algunos pudieran comprar su libertad, y convirtió a los demás en esclavos. Además, en un gesto humillante para los católicos transformó en mezquitas no pocas iglesias, y otras las entregó a sacerdotes ortodoxos.

Claro que no faltó alguna conducta que contribuiría a su leyenda. Por ejemplo, Saladino perdonó a los ancianos, pero no por generosidad sino porque difícilmente hubieran resultado útiles como esclavos.

Etiquetas: Cristianismo, Edad Media, Islam, Medievo

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