Huellas del pasado. Los viejos americanos

América atesora un patrimonio histórico de una riqueza sólo comparable a la del Antiguo Egipto.

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Al otro lado del Atlántico, ocultas tras el velo de un temido e insalvable océano, una miríada de civilizaciones seguía un camino a la vez paralelo e independiente a las del Viejo Mundo. Y es que mientras Europa se debatía en los vaivenes de la Edad Media, los pueblos indígenas del continente americano llevaban siglos conformando culturas muy avanzadas y distintas entre sí. Entre aquellos pueblos, recién nacidos a los ojos de los conquistadores, algunos habían alcanzado un impresionante desarrollo técnico y social. Eran, por derecho propio, maestros del urbanismo, la arquitectura, la astronomía, las matemáticas o la ingeniería agrícola. Sin embargo, en muchos casos, ni los restos de sus ciudades, ni de su escultura, ni de su simbología, nos han servido para entender las causas por las que se desvanecieron.


Huellas del pasado. Los viejos americanosAnasazi. La cultura perdida. Principios de la era cristiana - 1300 aprox.
El pueblo anasazi se hizo fuerte en la región de Four Corners, un agreste cruce de caminos donde confluyen Arizona, Nuevo México, Colorado y Utah, durante 1.300 años. Pero entre los siglos XII y XIII, en apenas unas generaciones, esta civilización, que vivía su momento de mayor esplendor, se esfumó. De ella sólo nos han llegado los restos de sus impresionantes edificios de piedra, la certeza de que sus gentes fueron hábiles confeccionadores de canastos y luego esforzados agricultores; pero también numerosas incógnitas.

Y es que, a pesar de décadas de excavaciones, hay más sombras que luces alrededor de los anasazi. De hecho, desconocemos incluso cómo se llamaban a sí mismos. Porque anasazi es un nombre prestado; es el término con el que la tribu de los navajos los nombraban, una palabra que algunos traducen como "ancestros" y otros como "antiguos enemigos".

Aunque los anasazi no dejaron documentos escritos, las ruinas de sus construcciones sugieren que supieron apañárselas bastante bien en un territorio hostil, al menos hasta bien entrado el siglo XII. Los investigadores sospechan que un brusco cambio en las condiciones ambientales, seguido por fuertes sequías y heladas, acabó con los cultivos y llevó el hambre a la región. El caos social que siguió a esta situación debió de ser terrible.

El doctor Brian R. Billman, de la Universidad de Carolina del Norte, ha identificado 18 episodios de canibalismo ocurridos entre 1150 y 1200. Aunque es dudoso que todo el pueblo anasazi se viera obligado a esta práctica, en un estudio publicado en Nature, Billman indica que el análisis de las heces halladas en el interior de algunas construcciones reveló la presencia de mioglobina, una proteína humana procedente de los músculos de las víctimas. El descubrimiento de unas marcas muy características en diversos huesos -incluidos cráneos- y de herramientas con restos de sangre humana parece confirmar esta suposición. Según Billman, al menos en un caso toda una comunidad debió de extinguirse en un único episodio de violencia. Pero aunque la hipótesis del canibalismo aún es estudiada con cierta cautela, lo cierto es que tras aquel convulso periodo los recursos se agotaron por completo y los anasazi, o la sombra de ellos, abandonaron aquellas tierras.


Huellas del pasado. Los viejos americanosLos olmecas. Palabras de piedra. 1500 a. de C. - 300
Decía el antropólogo francés Jacques Soustelle que "los olmecas son a América lo que los sumerios al Viejo Mundo: durante largo tiempo fueron desconocidos, como ellos; precursores, como ellos; permanecieron hundidos bajo los escombros de los milenios, como ellos; y se mantuvieron ocultos a nuestros ojos por los vestigios de los pueblos que les sucedieron".

El rastro de la civilización olmeca nos lleva al sur del golfo de México, a las espesuras próximas a la sierra de San Martín, entre los estados mexicanos de Veracruz y Tabasco. En aquella región, que mucho después los aztecas llamarían Olmán o País del Hule, se asentó hace unos 3.500 años un pueblo que forjó la que hasta hoy es considerada la cultura más añeja de Mesoamérica.

El manto de misterio que envuelve sus orígenes contrasta con los restos que conservamos de esta civilización. Entre 1500 a. de C. y el siglo IV de nuestra era, los antiguos olmecas erigieron pirámides y templos, alzaron colosales cabezas pétreas de decenas de toneladas de peso con rocas extraídas a más de 100 kilómetros de distancia, aprendieron a manipular el jade y el caolín y se convirtieron en maestros de la escultura. Sin embargo, quizá su logro más sobresaliente fue el desarrollo de una primitiva forma de escritura, la más antigua hallada hasta el momento en el Nuevo Mundo. Así lo pone de manifiesto una reciente investigación de la Universidad del Estado de Florida (EE UU), publicada en la revista Science, en la que la antropóloga Mary Pohl afirma que las inscripciones halladas en un cilindro olmeca revelan que esta cultura ya utilizaba un sistema de escritura hace más de 2.500 años.

Los escasos fragmentos que han podido interpretarse, muchos de ellos procedentes del estudio de la estela de La Mojarra -un bloque basáltico de 4 toneladas hallado en 1986 en el río Acula- y de la estatuilla de Tuxtla -un ídolo de jade descubierto en 1902 que representa un chamán con una asombrosa máscara en forma de pico de pato-, nos han dado pistas sobre sus festividades, en las que participaban enanos y acróbatas, y sobre sus rituales, que seguramente incluían víctimas humanas. De todo ello, los investigadores infieren que los cultos mágicos, que se centraban en torno a una especie de divinidad encarnada en un jaguar, eran dictados por hechiceros muy influyentes en la sociedad a los que se atribuía la facultad de convertirse en diversos animales. Eso sí, los expertos aún no se ponen de acuerdo sobre la existencia de un verdadero estado olmeca. Lo único cierto es que hacia el año 300, tras una rápida decadencia, esta cultura dio paso a las civilizaciones maya, zapoteca y teotihucana y su recuerdo fue perdiéndose entre la vegetación.


Huellas del pasado. Los viejos americanosEl ocaso maya. Un imperio sediento. Siglos IV - X
Cuando en 1517 los españoles llegaron al país de los mayas, hacía siglos que su civilización había entrado en decadencia. El florecimiento de esta cultura había tenido lugar en la segunda mitad del siglo VII, cuando sus impresionantes construcciones, su escultura y su refinada cerámica se extendían por el actual sur de México, Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador. Aunque cada región conservaba sus instituciones y costumbres, en todo el territorio existía una cierta unidad religiosa, lingüística e incluso política. Hacia el siglo X, sin embargo, la cultura maya fue presa de un vertiginoso declive que puso punto final a su particular "periodo clásico". Los expertos han barajado varias causas que expliquen este deterioro que paralizó, casi de súbito, la construcción de los grandes edificios públicos y de sus magníficas estelas de piedra, desde el agotamiento de las tierras, hasta una devastadora pandemia o incluso una revolución. Sin embargo, el profesor de Geología de la Universidad de Florida David Hodell sostiene que el ocaso maya coincide sospechosamente con un periodo de gran luminosidad solar que pudo tener un efecto directo sobre el clima de la región. En un estudio publicado en Science, Hodell indica que la sequedad que siguió al fenómeno fue determinante para la supervivencia de esta cultura. Este experto, que ha estudiado a fondo los sedimentos de los lagos de la zona, sugiere que los mayas tuvieron que hacer frente a una devastadora sequía de más de 150 años. Un equipo de investigadores de la Universidad de Amsterdam parece apostar por esta misma hipótesis. El análisis de los granos de polen del área demuestra, en su opinión, que las lluvias descendieron sensiblemente en todo el área entre los siglos X y XI.

Pero pese a que las pirámides y templos se perdieron en el corazón de los bosques, el rastro de los mayas pervive hoy en los habitantes de algunos pueblos de Yucatán, Chiapas y Guatemala, cuyos rasgos morfológicos se asemejan a los de los relieves dejados por sus antecesores. Éstos desconocían la rueda, el arado, la bóveda de cañón o las herramientas metálicas, pero forjaron una cultura en algunos aspectos muy avanzada. Así, fueron excelentes astrónomos, midieron los años con más precisión que sus contemporáneos europeos, alzaron construcciones con sillares tan finamente encajados que apenas se distingue el mortero de unión y usaron el cero mucho antes que este concepto fuera introducido en Europa.


Huellas del pasado. Los viejos americanosMachu Picchu. El último hijo del Sol. Siglos XIV - XVI
Más de 1.000 personas visitan cada día las ruinas de Machu Picchu, la impresionante ciudad fortificada erigida por los incas en un lugar recóndito del valle de Tampu -a 100 kilómetros de Cuzco (Perú)-, a salvo de la ambición de los conquistadores españoles. El imponente conjunto monumental, que data del siglo XIV, no sólo sirvió como refugio para la aristocracia de este imperio precolombino, sino que es un verdadero homenaje en piedra a la planificación. Sus barrios, organizados en terrazas dispuestas en distintos niveles, están salpicados de escalinatas, canales, palacios y templos. En uno de ellos, llamado de las Tres Ventanas, los sacerdotes observaban las estrellas, la Luna y, sobre todo, a Inti, el Sol, divinidad protectora de la casa real a la que ofrendaban víctimas humanas. En 2002, un equipo del Instituto Nacional peruano de Cultura descubrió el cadáver momificado de una joven aclla, esto es, una doncella consagrada al sacrificio. El hallazgo de "Rosita", como fue bautizada, parece confirmar que en Machu Picchu, al igual que en otros lugares sagrados incas, también se realizaban estas prácticas. No es, sin embargo, el único resto humano que ha revelado el enclave. En otro sector de la ciudad aparecieron más de 170 enterramientos donde fueron sepultados, en su mayor parte, cuerpos femeninos.

Se desconoce qué ocurrió exactamente con los últimos moradores de la ciudad, pero su localización secreta y la impenetrable espesura han mantenido relativamente intactos los grandes bloques de roca que la conforman. Aunque este hecho ha favorecido la investigación, Machu Picchu, la Vieja Montaña en lengua quechua, está hoy amenazada. Desde la UNESCO, que la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1983, se advierte que el exceso de tránsito de personas tiene el mismo efecto sobre ella que un pequeño terremoto. Además, la zona sobre la que se alza, limpia de la vegetación que la protegía cuando fue descubierta en 1911 por el arqueólogo estadounidense Hiram Bingham, sufre el constante azote de las lluvias. Para complicar las cosas, un estudio del Instituto de Prevención de Desastres de la Universidad japonesa de Kioto publicado en New Scientist ha puesto de manifiesto que la tierra sobre la que se asienta Machu Picchu se desliza un centímetro al mes sobre la pronunciada superficie de la montaña. El peligro de derrumbe, según estos expertos, es real.


Huellas del pasado. Los viejos americanosAntigua. Parada en la historia. 1543 - 1773
El tiempo se detuvo en la Antigua Guatemala el 29 de julio de 1773, durante la festividad de Santa Marta. Aquel día, un seísmo destruyó hasta tal punto la ciudad, que las autoridades se vieron obligadas a trasladarla al Valle de la Ermita, un lugar más seguro, donde tomó el nombre de Guatemala de la Asunción, actual capital del país. Y es que la historia de Antigua, la otrora Santiago de los caballeros de Guatemala, está ligada a los caprichos de los volcanes de Agua, Fuego y Acatenango bajo los que fue erigida. De hecho, una serie de desastres naturales obligó a cambiar su emplazamiento desde su fundación en 1524 hasta su asentamiento en el valle de Panchoy, a 1.530 metros de altitud, en 1543. Desde entonces, y durante dos siglos, fue la capital del Reino de Guatemala.

Hacia 1773, la ciudad contaba con una catedral -inaugurada en 1680-, iglesias barrocas, decenas de capillas, conventos y monasterios, una Universidad -fundada en 1676-, 5 hospitales, varias imprentas -la primera fundada en 1660- y un avanzado sistema de alcantarillado. Con 60.000 habitantes, sólo México y Lima la sobrepasaban en población. Hoy, restaurada en parte y declarada Ciudad Monumental de las Américas, aún conserva su antiguo esplendor colonial.

Jacobo Storch y Abraham Alonso


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