El Médico: El regreso del sabio Avicena

'El Médico' rescata la figura del sabio persa Avicena.

Fernando Cohnen
médico

El gran estreno de esta Navidad, El Médico, basado en el best seller de Noah Gordon e interpretada por el actor británico Ben Kingsley y Olivier Martinez rescata la figura del sabio persa Avicena. Este personaje histórico fascinó a su tiempo por el dominio y el conocimiento que poseía en todos los campos científicos y filosóficos. Te mostramos su historia.

 

Entre los años 750 y 1258, los abasíes pusieron en pie un inmenso imperio que supuso el momento de mayor esplendor  de la cultura árabe clásica. Teólogos –Al-Ghazali, Ibn Hazm–, místicos –Al-Hallaj, Attar, Ibn Arabi–, literatos –Abu Nuwas, Omar Jayyam–, geógrafos –Al- Muqaddasi, Idrisi– y médicos –Averroes– florecieron al amparo de esa brillante dinastía. Pero entre todos ellos destacó la luminosa fi gura del persa Abu Ali ibn Sina, más conocido en el mundo occidental como Avicena (980-1037). Sus vastos conocimientos en todas las ciencias deslumbraron a los  hombres de su tiempo, ya fueran emires, mendigos o poetas, y su erudición e influencia le convirtieron en Al-Shaij al-Rais, esto es, ‘el primero de los sabios’.

 

Aunque había nacido en tierras de Persia, Avicena se expresaba en árabe y era fiel seguidor del Corán. No solo fue un filósofo de conocimientos enciclopédicos que destacó como poeta, científico y matemático, sino también uno de los principales galenos de todos los tiempos, por lo que sus alumnos y seguidores le llamaron el príncipe de los médicos. Por otra parte, su quehacer intelectual no le impidió ser un gran vividor y un epicúreo nato. Le gustaba el vino, fumaba opio, amaba a las mujeres y coqueteó con el sufismo, aunque nunca renunció al chiismo. Omar Jayam consideraba a Avicena su maestro en filosofía y en poesía. También le enseñó el camino para aprender las cosas buenas que ofrece la vida. Avicena pensaba que “el vino es amargo y útil como el consejo del filósofo, está permitido a la  gente y prohibido a los imbéciles. Empuja al estúpido hacia las tinieblas y guía al sabio hacia Dios”.

 

Aquel hedonista empedernido conoció las amarguras del destierro y la cárcel, pero también las mieles del poder cuando le hicieron gran visir –cargo equivalente a primer ministro– de Hamadán. Fue un viajero infatigable que recorrió Asia Central y Persia, lo que no le impidió escribir cientos de obras sobre diversos temas, como El canon de medicina (Al-qanun) y El libro de la curación (Al-shifa). Su influencia alcanzó todo el islam, llegó a Europa a través de al-Ándalus y se mantuvo viva varios siglos. Durante su turbulenta juventud, Persia estaba ocupada por los árabes, que llevaban allí casi tres siglos. Dos dinastías locales, los samaníes y los buyíes, se disputaban el poder en aquel  vasto territorio. Sus disensiones fueron aprovechadas por una tercera dinastía, la de los turcos gaznawíes, que dieron la puntilla a los samaníes. En ese escenario se desenvolvió Avicena, cuya vida conocemos gracias a un pequeño libro escrito por él mismo y por su discípulo Abu Obeid el-Juzjani. Nuestro protagonista nació en el año 980 en la localidad de Afsana – actual Uzbekistán–. Poco después, sus padres se trasladaron a Bujará, donde el pequeño Avicena empezó a leer el Libro Sagrado.

 

A los diez años había acabado sus estudios escolares y podía recitar de memoria el Corán. Su padre le mandó  aprender filosofía con Abu Abdallah al- Natili, quien le descubrió a Porfirio, Aristóteles, Euclides y Ptolomeo. Pronto el alumno superó al maestro. A los dieciséis, sus conocimientos de medicina eran tan completos que fue llamado a palacio para que auscultara a Nuh ibn Mansur, emir de Bujará, cuyos médicos no acertaban a diagnosticar el mal que padecía. Ante el asombro de la corte, Avicena descubrió que el emir bebía en una copa adornada con  pinturas que contenían plomo, lo que le estaba envenenado. Agradecido por su pronta recuperación, Mansur le abrió las puertas de su biblioteca, donde el joven galeno encontró una nueva y poderosa fuente para saciar su sed de  conocimiento.

 

Las ilustraciones muestran a Avicena con un aspecto imponente. En un relato le retrataban así: “Solía sentarse muy cerca del emir, cuyo rostro brillaba de placer al observar maravillado su buena apariencia e inteligencia. Y cuando hablaba, todos los presentes escuchaban atentamente, sin decir una palabra”. Durante año y medio se dedicó al estudio con ahínco. Su memoria era prodigiosa. “En ese tiempo no dormí una sola noche entera y durante el día no me ocupaba otra cosa que dominar las ciencias […]. Así llegué a ser maestro en lógica, física y matemáticas”, escribió Avicena en su biografía. Cuando se incendió la biblioteca de Bujará, la gente se consoló diciendo: “El santuario de la sabiduría no ha desaparecido, se ha  trasladado al cerebro de Ibn Sina”. Tras la muerte de su padre, el joven galeno se mudó a Gurgandj –actual Urgench–, donde el emir Ali ibn Mamun había reunido en su corte a una pléyade de sabios, entre ellos el matemático y filósofo Al-Biruni, con quien Avicena mantuvo una fructuosa relación epistolar. Con veinte años, leyó la Metafísica de Aristóteles. Y de ella dice lo siguiente en su biografía: “Sus  intenciones  eran oscuras para mí”. Ajeno al desaliento, leyó cuarenta veces el libro hasta que logró memorizarlo, aunque su esencia se le resistía. Un día que paseaba por el bazar de los libreros compró uno titulado Comentarios sobre metafísica, de Abu-Nasr al-Farabi. “Volví a mi morada y me apresuré a leerlo. En el acto se me revelaron los propósitos que perseguía Aristóteles en su obra, puesto que la conocía de memoria”.

 

En aquellos años, Gurgandj era un importante centro cultural y comercial, en cuyo bazar deslumbraban los rubíes de Yemen, las esmeraldas de Egipto, las turquesas de Nishapur, al noreste del actual Irán, o las perlas del golfo Pérsico. En los tenderetes de la medina se exhibían corales africanos, la seda que provenía del Turquestán y China, el oro de Sudán, los preciados esturiones del lago Van –en la actual Turquía– y el excelente vino persa, que tanto disfrutó Avicena. Tras nueve años en Gurgandj, el médico abandonó la ciudad coincidiendo con la invasión de la región y de un buen número de territorios persas por el emir turco Mahmud. Avicena se refugió en Gorgan, localidad situada al sureste del mar Caspio donde conoció a Abu Obeid el-Juzjani, quien iba a ser durante un cuarto de siglo su más fiel discípulo. Por entonces el galeno, que tenía 32 años, empezó a escribir su obra maestra, Canon de medicina, que fue traducida al latín por Gerardo de Cremona un siglo después de publicarse, lo que facilitó su difusión en Europa.

 

En sus cinco volúmenes, el genial persa compiló de forma ordenada los conocimientos médicos y farmacéuticos de su época. La obra fue impresa más de treinta veces entre los años 1400 y 1600, lo que da idea de la trascendencia que  Tuvo para varias generaciones de doctores en el mundo musulmán y también en Europa. Avicena fue el precursor de la traqueotomía y el primero que detalló correctamente la anatomía del ojo humano y que explicó con precisión el sistema de los ventrículos y de las válvulas del corazón. “También describió la viruela y el sarampión, enfermedades que no conocían los médicos de la Grecia antigua, e hizo un análisis de la diabetes que no difiere prácticamente del que hiciera el especialista inglés Tomas Willis ocho siglos más tarde”, afirma  Muhamed S. Asimov, que fue presidente de la Academia de Ciencias de Tayikistán. El autor del Canon salió de Gurgan con su discípulo para dirigirse a la ciudad de Raiy, donde ofreció sus servicios a quienes lo solicitaban, fueran ricos o pobres  sin recursos. En aquella época, Avicena dictó a El-Juzjani cuatro obras: Los remedios para el corazón, Compendio sobre que el ángulo formado por la tangente no tiene cantidad, La epístola del médico y Las cuestiones generales de la astronomía. Pronto fue llamado por la reina Sayyeda para que se ocupase de la enfermedad que amenazaba la vida de su hijo, Majd al-Dawla.

 

Avicena trató al príncipe y comprendió que, en buena medida, su dolencia no era otra cosa que la presión que sufría por parte de su dominante madre. Sayyeda y su hijo se odiaban cordialmente. Una vez que el galeno reforzó el  carácter del joven, la reina le ofreció la dirección del hospital de Raiy, que nada tenía que envidiar a los de Bagdad, la capital del Imperio abasí. En su interior se almacenaban los medicamentos, clasificados por orden utilitario, como el purgante ruibarbo; la nuez vómica, usada como estimulante; el bambú para curar la disentería; y el ámbar, que se prescribía para los tics faciales. Avicena se vio envuelto en el golpe de Estado que encabezó el príncipe con ayuda de los turcos contra su madre. Esta logró huir a las montañas y pidió ayuda a los kurdos, que sitiaron la ciudad. Pasó el invierno, llegó la primavera y la situación no cambió, por lo que Majd al-Dawla decidió salir de la ciudad a presentar batalla. Los kurdos tomaron la  iniciativa, y cuando parecía que el combate les era favorable aparecieron diez  elefantes turcos protegidos de corazas y armados con espolones. Se desplazaban con gran rapidez y lo barrían todo a su paso, pisoteando cadáveres y provocando el pánico entre las tropas kurdas, que finalmente huyeron en desbandada. Majd al-Dawla venció y Avicena, que había contemplado el horror de la batalla desde el carro donde había instalado su dispensario ambulante, decidió que lo mejor era cambiar de aires. En su nuevo peregrinaje por Persia, redactó el tercer libro del Canon de la medicina, escribió unas tablas astronómicas, un compendio de hechizos y talismanes y un tratado de alquimia. Por aquel entonces, un enviado de Shams al-Dawla, príncipe de Hamadán, le entregó una carta en la que este le pedía ayuda para tratarle una enfermedad. Avicena fue a verle y diagnosticó a  hams una úlcera de estómago que no habían detectado los médicos de la corte. Una vez recuperado, el príncipe nombró gran visir de Hamadán a Avicena, quien emprendió la redacción de otra de sus grandes obras, El libro de la curación. “Nuestra intención es reunir el fruto de las ciencias de los antiguos que hemos podido verificar, ciencias basadas en una  educción firme o en una inducción aceptada por los pensadores que desde hace tiempo buscan la verdad”, subrayó Avicena. La obra es una compilación que engloba todos los saberes racionales. Con ella, el autor se adelantó seis  siglos a las primeras enciclopedias modernas.

 

Aquella etapa creadora se interrumpió bruscamente con la repentina muerte de Shams al-Dawla. Su hijo Sama subió al trono, se negó a reconocer al galeno en sus funciones de gran visir y ordenó que le encarcelaran en la fortalezade Tabarek. La causa del encierro fue una inocente carta que Avicena había enviado a Ala al-Dawla, señor de la poderosa ciudad de Isfahán y enemigo del príncipe de Hamadán. La tensión creció hasta que finalmente ambos ejércitos se enzarzaron en una cruenta batalla, de la que salió victorioso Ala al-Dawla. Avicena abandonó la prisión y se trasladó a Isfahán, donde pasó la última etapa de su agitada vida. Su continuo peregrinar no le impidió seguir escribiendo, y en Isfahán concluyó El libro de la curación, culminación de su enorme legado intelectual. Cuando presintió su muerte, ordenó a su fiel discípulo que cuidara su obra y repartiera sus bienes entre los pobres.

 

El príncipe de los médicos falleció el 18 de junio de 1037 cerca de Hamadán, donde fue enterrado. En la década de los 50 del siglo pasado, se construyó un mausoleo en la ciudad para cubrir el antiguo sepulcro que contiene los restos de Al-Shaij al-Rais, ‘el primero de los sabios’.

Etiquetas: Historia, Medicina, Medievo

COMENTARIOS