El arte japonés más emblemático

La primera parte del shogunato Ashikaga destaca en el ámbito cultural en los años en torno al gobierno del tercer shogún Yoshimitsu (1358-1408), quien es conocido por ser el creador de la villa de recreo de Kitayama (Montañas del norte de Kioto), que incluirá el famoso Pabellón de Oro (Kinkaku-ji).

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En este momento es cuando comienza la llegada de gran cantidad de objetos artísticos chinos y se va perfilando el fenómeno de los encuentros estéticos entre gente de similar nivel cultural en los que se muestran estos objetos. Estas demostraciones requerían de una pompa y ornato específicos que fueron regulando lo que se conoce como “la decoración de las salas de recepción de invitados” (zashiki kazari). Es una época de exuberancia y cierto descaro en la necesidad de demostrar la posesión de bienes materiales y mercancías exóticas: en estas reuniones era normal encontrar un exquisito jarrón de cerámica china expuesto sobre pieles de tigres y acompañado de cajas lacadas en un rojo chillón; de ahí que muchos autores posteriores desdeñasen el carácter exagerado y desbordante del Pabellón de Oro y su reflejo excesivo. Sin embargo, es en estos encuentros donde poco a poco comienza a darse un proceso de refinamiento que posteriormente florecerá en la cultura del octavo shogún Yoshimasa.

 En el año 1401 se reanudaron los intercambios comerciales con la China Ming, de modo que se piensa que muchas de las obras maestras chinas que estaban en las colecciones shogunales entraron tras esa fecha, aunque sabemos que ya en la época anterior de Kamakura hay templos como el Enkaku-ji, que presentaba en el registro de su colección de objetos chinos al menos cuatro obras de grandes maestros de la dinastía Song. Es decir, la tendencia a adquirir obras artísticas del continente existía ya, pero sería a partir de ese año cuando empezara una nueva ola de importaciones.

Frente a un cierto componente de novedad ante la llegada de las producciones continentales bajo los años de Yoshimitsu, Yoshimasa se educa acostumbrado a este tipo de producciones y a contemplar una colección que ya amasaba obras maestras indiscutibles de los mejores pinceles del arte chino. Asimismo, ya se ha asimilado en los círculos del shogún la presencia de lo que podríamos denominar como los primeros comisarios y críticos de arte, los llamados dōbōshū (acompañantes) que, también estructurados en dinastías familiares, habían comenzando la tarea de documentar el patrimonio de los Ashikaga.

Remite al artículo Belleza inmutable, de Daniel Sastre en la revista Muy Historia número 71.

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Etiquetas: Historia, Japón

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