¿Por qué Enrique VIII le cortó la cabeza a Cromwell?

Lo mandó decapitar el 28 de julio de 1540, furioso con él por aconsejarle casarse con Ana de Cleves, pero ¿fue ese el único motivo?

Cromwell
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En la corte de Enrique VIII, rey de Inglaterra de 1509 a 1547, conservar la cabeza y la vida requería de notables habilidades. De todos es sabido que el famoso monarca, primero de la casa Tudor y padre de Isabel I de Inglaterra, fue muy dado a decapitar a quienes osaban oponérsele o, simplemente, eran un obstáculo en su camino: dos de sus seis esposas, Ana Bolena y Catalina Howard, y su amigo y excanciller Tomás Moro son sólo algunos ejemplos. No es de extrañar, por tanto, que Thomas Cromwell (1485-1540), que había sido su fiel servidor, confidente y secretario de Estado, siguiera la misma senda tras caer en desgracia. Pero ¿qué fue lo que precipitó esa caída?

Tradicionalmente se ha aceptado la versión de que, después de años de aconsejar exitosamente al hombre que lo había aupado al poder desde unos humildes orígenes, el ministro principal de Enrique VIII tuvo una "metedura de pata" que le costó el puesto y la vida. A saber, arreglar el cuarto matrimonio del rey -desolado tras la muerte de Jane Seymour- con la princesa alemana Ana de Cleves, boda que tenía como indisimulado objetivo hermanar a las dos ramas de la Reforma protestante: la anglicana y la luterana. Pero resultó que a Enrique le repelía físicamente su nueva esposa hasta el extremo de no poder consumar el matrimonio; tras seis meses de casados, el enlace fue anulado el 9 de julio de 1540 y la furia real cayó sobre Cromwell.

El asunto, no obstante, es algo más complejo. Thomas Cromwell había hecho numerosos (y poderosos) enemigos en sus años al servicio de la corona. En primer lugar, por su ferviente apoyo a la Reforma y la disolución de monasterios católicos, que lo había enfrentado a los sectores más tradicionalistas. Y, sobre todo, por lo que los nobles "con solera" consideraban un imperdonable arribismo: hijo de un modestísimo herrero, tras graduarse en Derecho había ido ascendiendo por la escala social gracias a su inteligencia y, también, a sus corruptelas, siendo sucesivamente parlamentario, abogado de la corte, consejero real y finalmente secretario de Estado. Pero la gota que colmó el vaso fue que se apropiara del ilustrísimo título de conde de Essex.

Así las cosas, cuando sus oponentes vieron la oportunidad de derrocarlo merced al "asunto Ana de Cleves" la aprovecharon. Thomas Howard, duque de Norfolk -uno de esos nobles de rancio abolengo que lo odiaban por advenedizo-, encabezó la trama que fabricó una serie de acusaciones contra él: traición, herejía y corrupción. Cromwell fue arrestado, encerrado en la Torre de Londres y condenado a muerte, y Enrique VIII, cegado por la ira, dio el visto bueno a los cargos y no atendió su petición de una audiencia. Más tarde -después de que, el 28 de julio de 1540, le cortaran la cabeza y la colocaran en una lanza sobre el Puente de Londres- lamentaría su decisión con esta frase: "Con el pretexto de algunas ofensas insignificantes, dejé que mataran al sirviente más fiel que tuvo el rey".

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