¿Cómo nació el tribunal del Santo Oficio en España?

Las primeras intervenciones de los inquisidores se llevaron a cabo los domingos, día de precepto, cuando la población acudía a la iglesia.

Muy Historia
Santo Oficio

Sobre el proceso inquisitorial se ha escrito mucho y mal: por ignorancia, por el difícil acceso a la documentación durante años o por el deseo de adornar la leyenda negra española con detalles escabrosos, sacados de contexto y dirigidos contra la Iglesia católica desde el mundo protestante o pagano. Es cierto que los reos sometidos a estos procesos sufrieron más que los presos comunes, pero no siempre físicamente.

En 1478, la Santa Sede concedió el privilegio de constituir tribunales inquisitoriales en Castilla y su actividad se inició en Sevilla y Córdoba, donde parecía existir mayor número de falsos conversos; con los años se extendió a otros lugares. Los inquisidores eran dominicos, como lo habían sido sus predecesores del siglo XII, pues se los consideraba los mejor formados en materia dogmática y se trataba de aclarar la doctrina de los acusados. La jerarquía era simple: en la cúspide, el Inquisidor General nombrado por los reyes, miembros de tribunales locales –casi siempre tres– elegidos por dicho Inquisidor y familiares o delatores a sueldo en cada población. Se contaba además con la ayuda de peritos legales y teólogos para determinar el grado de error de los acusados.

 

Las primeras intervenciones de los inquisidores se llevaron a cabo los domingos, día de precepto, cuando la población acudía a la iglesia. De pronto aparecían en el púlpito uno o dos frailes, dominicos por su hábito, que exponían a los fieles la realidad de que algunos vecinos, por sorprendente que les pudiese parecer, no eran católicos de pro, sino herejes. Esas intervenciones, denominadas Edictos de Gracia –más tarde, Edictos de Fe–, exhortaban a los vecinos a estar alerta ante posibles actividades judaizantes –frecuentes abluciones, ausencia de movimiento los sábados o no comer cerdo (una de las bases alimentarias más importantes de la época)– que debían denunciar, de forma anónima si lo preferían.

  

Se animaba además a los delincuentes a presentarse ante los inquisidores (autodelación); los frailes hacían especial hincapié en el peligro en que se encontraba su alma. En los primeros tiempos, las autodelaciones espontáneas fueron numerosas, e interpretadas como signo de arrepentimiento: los reos ya no eran sospechosos, habían confesado, y se los despedía con rapidez, tras imponerles penitencias espirituales propias de una confesión sacramental. A mayor voluntariedad, mayor presunción de inocencia.

 

En otros casos, los vecinos se denunciaban al advertir alguno de los síntomas referidos en el Edicto de Gracia o Fe. Al igual que las autodelaciones, en los primeros años de funcionamiento de los tribunales fueron numerosas las falsas denuncias. Todos sabían que, en un proceso penal ordinario, el denunciante podía percibir un porcentaje de los bienes del acusado. Así, y a medida que la Inquisición se extendió por Castilla, se multiplicaron las falsas delaciones por motivos económicos, venganzas personales, suspicacias sin fundamento, etc.

 

Remite al artículo Un proceso largo y tortuoso, de Rocío García Bourrellier.

 

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