Terrorismo de Estado

La raza, la religión y la política siempre han sido terrenos abonados para el odio, muladares en los que ha florecido la persecución terrorista del Estado.

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La religión ha producido montañas de cadáveres y vidas aterrorizadas: las minorías religiosas han sufrido persecuciones en nombre de la ley, desde los cristianos del Coliseo a los hugonotes franceses o los chiitas en territorio del Isis. La Santa Inquisición es otro buen modelo de aplicación del terror religioso a la disidencia en materia de fe.
A veces, lo que se ha vivido es el terror sobre una casta hasta entonces privilegiada. Entre 1792 y 1793, la Revolución Francesa atravesó una etapa siniestra a la que se conoce, simplemente, como el Terror. Así, por antonomasia. Medio millón de seres humanos fueron a parar a las llamadas Colonias Infernales y a las cárceles revolucionarias; de ellos, unos 100.000 fueron ejecutados por medio del fusilamiento o del espectacular y macabro invento falsamente atribuido al doctor Guillotin, que terminó probando el propio Robespierre.

La otra gran revolución que conoció el mundo fue la bolchevique. La situación de la Rusia presoviética entre 1917 y 1922 era una verdadera pesadilla y, cuando Lenin resultó herido en un atentado, la reacción del partido fue fulminante. Se conserva una orden firmada por el propio Lenin en la que instaba literalmente a imponer de inmediato el terror de masas en el seno de la sociedad rusa para purgarla de contrarrevolucionarios y saboteadores emboscados. De esa tarea se encargó una comisión especial conocida por sus iniciales, “Ch. K.”, y lo hizo a conciencia: sólo durante el período de la guerra civil rusa, se calcula que la Cheka eliminó a una cifra muy difícil de precisar que oscila entre 50.000 y 200.000 personas. Claro que luego se convirtió en la tétrica NKVD y en la GPU de las grandes purgas estalinistas, como la de 1937 –llamada ahora el Gran Terror por la historiografía rusa–, en la que resultaron culpables y condenados en torno a 800.000 reos, de los cuales fueron ejecutados 330.000 y el resto enviados a prisiones y gulags, donde la mayoría murieron en medio de grandes penalidades. Finalmente, la antigua Cheka se transformó en el poderoso KGB. Uno de los antiguos funcionarios de esta última organización es actualmente el presidente de la Federación Rusa: se llama Vladímir Putin.

Los imperios, ocupantes de territorios habitados por minorías sometidas, fueron responsables de grandes episodios de terror. Pongamos por caso el genocidio armenio a cargo de los turcos otomanos en 1915, que todavía niega empecinadamente el gobierno actual de Turquía pero al que la ciencia histórica ha dado carta de naturaleza. Y no fue uno, sino varios: en 1894 eliminaron a 200.000 armenios sin ninguna explicación y en 1909 se llevaron por delante a 30.000, pero en el curso de la Primera Guerra Mundial, tras alinearse con Alemania, sintieron que su Imperio secular se desmoronaba e hicieron responsable de sus males a aquella minoría cristiana –que, con poderosos motivos, los odiaba en silencio–  y se emplearon a fondo. Las redadas de armenios en Trebisonda, Estambul y Bitlis supusieron 50.000 muertes, pero enseguida fueron superadas por las masacres y las deportaciones en masa en condiciones de "marchas de la muerte". En las zonas rurales, el terrorismo de Estado otomano contra los armenios fue inenarrable. El cómputo final, según los propios archivos turcos, rozaba el millón de víctimas. Y eso sin contar a otras minorías, como los griegos y los sirios cristianos. El genocidio armenio ha sido reconocido como tal por la mayoría de los países europeos; en España, sólo lo han hecho cuatro comunidades: Baleares, Cataluña, Euskadi y Navarra.

 

Más información sobre el tema en el artículo De la guerra sucia al genocidio, escrito por Alberto Porlan. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a Guerras secretas.

 

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Etiquetas: Dictaduras, terrorismo

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